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André y mademoiselle Canier paseaban delante de nosotros. El conde caminaba a mi ritmo.

– ¿No cree usted que mademoiselle Canier tarda muchísimo en prepararse? -me susurró-. Pensé que no íbamos a comer hasta medianoche. Las he cronometrado a las dos con mi reloj. Usted bajó en solo veinte minutos.

– Me he acostumbrado a cambiarme con rapidez en el teatro -le confesé.

El conde sonrió y nos detuvimos a mirar a un artista callejero medio desnudo que se estaba poniendo cabeza abajo. Llegamos a verle parte del vello púbico cuando el hombre se enderezó para volver a ponerse en pie.

– Me da la sensación de que ya ha tenido suficiente, mademoiselle Fleurier -me dijo el conde-. Realmente, a mí tampoco me emocionan estos espectáculos. Pero a muchos turistas les gustan, y por lo menos ya podrá usted decir que ha visto la Friedrichstrasse.

El conde avisó a André, se bajó del bordillo y llamó a un taxi.

– Llevemos a las damas a algún lugar más divertido. Algún sitio en el que mademoiselle Fleurier pueda aprender un par de cosas.

El taxi nos condujo Unter den Linden abajo, hacia el barrio de Schöneberg, y se detuvo en la esquina entre Motzstrasse y Kalckreuthstrasse. Levanté la mirada hacia las luces art decó de un club, Eldorado, y el cartel que había debajo, que rezaba: «¡Ya lo ha encontrado!».

– Aquí jugaremos a algo especial -anunció el conde mientras su boca se curvaba para formar una sonrisa-. Pero todavía no les diré qué es.

Dejamos los abrigos a la chica del guardarropa y me fijé especialmente en su piel lechosa y su boca color rubí. Era extraordinariamente hermosa, incluso más despampanante que mademoiselle Canier o Camille, y demasiado exótica como para ser solamente la encargada del guardarropa.

– Buenas noches -nos saludó la encargada-. ¿Desean una mesa junto al escenario?

El conde asintió y la encargada nos condujo hacia el interior de la estancia cargada de humo. Andaba deslizándose de manera majestuosa. «Sería maravillosa sobre el escenario», pensé. Cuando nos hubimos sentado, miré a mi alrededor, la iluminación rosada y la barra de cristal que no parecía casar demasiado con las mesas redondas y los estridentes saleros y pimenteros. La banda se subió al escenario: una pianista, una trombonista, una clarinetista y otra mujer que tocaba el banyo. Todas ellas eran mujeres, y tan glamurosas como la chica del guardarropa o la encargada.

– Creía que las mujeres que habíamos visto por Berlín hoy eran hermosas, pero las empleadas de este club son asombrosas -le dije al conde-. ¿Esa es la razón por la que le gusta tanto a usted este sitio?

– Creo que vienen de Baviera especialmente por su belleza -contestó el conde, volviéndose para hacerle un gesto a una de las camareras-. ¿Pedimos cerveza o champán?

– Probemos la cerveza alemana -propuso André, tosiendo contra un pañuelo.

Le di un golpecito en la espalda, lo cual provocó que mademoiselle Canier frunciera el ceño.

– Hay mucho humo aquí dentro -comenté.

André asintió y se secó los ojos llenos de lágrimas.

– Sí -admitió el conde-, es sorprendente que alguien que fuma pueda ser tan sensible al humo.

André dejó escapar lo que sonaba como uno de sus accesos de risa, pero degeneró en un violento ataque de tos, tapado por el pañuelo.

La camarera era muy alta, incluso tratándose de una alemana, y cuando regresó de la barra para servirnos nuestras bebidas, no pude apartar la mirada de sus enormes manos y la cuidadosa manicura que lucían.

– Pensaba que las bávaras eran como las austríacas -le susurré a André-. Más bien de complexión menuda.

Antes de que pudiera contestarme, volvió a sufrir otro violento ataque de tos y rápidamente bebió un sorbo de cerveza. Mademoiselle Canier me dedicó una mirada recelosa antes de sacar su estuche de maquillaje compacto y retocarse la nariz.

– Mire allí -le comentó el conde a André, señalando con la cabeza hacia la puerta-. Está herr Egermann, el banquero, hablando con herr Stroheim, del Reichstag. Se lo prometo, hoy en día cualquiera que tenga un nombre viene a Eldorado.

«Debe de ser por las hermosas mujeres», pensé. Estaba segura de que había sitios más elegantes en Berlín. Un chico joven pasó rozándome y la seda del chaqué de su esmoquin me hizo cosquillas en la piel. Levanté la mirada y me encontré con la de él. Llevaba el pelo alisado y tenía hombros y manos esbeltos. Lo contemplé mientras se unía a un grupo de jóvenes vestidos de manera similar que se apoyaban sobre la barra del bar.

– ¿Ya está lista para jugar, mademoiselle Fleurier? -me preguntó el conde.

Asentí.

– Muy bien -dijo, frotándose la barbilla-, mire a su alrededor y dígame quiénes son verdaderos hombres y quiénes verdaderas mujeres.

Me percaté de la sonrisa burlona en el rostro de André. No había estado tosiendo, sino que se estaba riendo.

– ¡Ninguno de ellos puede ser hombre! -exclamé.

– Estúdielos con más detenimiento -replicó el conde.

– Bueno, la chica del guardarropa puede que lo sea -reconocí, pensando en sus facciones angulosas-. Y la camarera tiene las manos muy grandes. Pero no habría notado nada si no me lo hubiera dicho.

Le sonreí a mademoiselle Canier. Era como tenderle una rama de olivo, para ver si podía unirse a la diversión. Pero tenía el mismo aspecto indiferente de siempre. Si los travestís de Eldorado no la divertían, ¿qué otra cosa podía hacerlo?

– ¿Cómo puede uno adivinarlo? -le preguntó André al conde-. He oído que a muchos de ellos los han castrado y por eso tienen esa piel tan tersa y esas figuras tan curvilíneas.

El conde negó con la cabeza.

– No tiene nada que ver con su piel o su nuez de Adán o lo que les cuelga entre las piernas. Lo que realmente les delata es que son más femeninos que la muchacha más hermosa. Solo los maricas saben el secreto para ser mujeres realmente eróticas.

– Creo que es una buena lección para un artista -comentó André volviéndose hacia mí-. El arte de lo ilusorio. Si puedes convencerte de que eres algo, los demás se lo creerán también.

Mademoiselle Canier pescó una cajetilla plateada de su bolso y sacó un cigarrillo sin ofrecer a nadie más.

– Una mujer es una mujer -sentenció, insertándose el cigarrillo entre los labios y esperando a que André se lo encendiera-. Solo una mujer erótica puede llegar a ser realmente erótica.

– ¡Cuánta sabiduría! -comentó el conde. Su tono era cortés, pero vi el tinte irónico bailando en sus retinas. Señaló con la cabeza hacia la barra-. ¿Y qué pasa con aquellos chicos de allí? -me preguntó-. ¿Son lo que parecen?

Me giré para ver a los hombres alineados en la barra. El que se había chocado conmigo me guiñó un ojo. Volví a mirar al conde.

– Ahora veo que son mujeres -le contesté-. No son tan convincentes como los hombres.

– No están tratando de serlo -replicó André-. El suyo es el arte de la sugestión, no el de la transformación. Y de alguna manera su atuendo las hace parecer más femeninas.

– Tengo que decir que encuentro muy atractivas a las mujeres vestidas de esmoquin -confesó el conde, pidiendo otra ronda de cerveza.

El espectáculo comenzó y el maestro de ceremonias, que se había pintado la cara de blanco, presentó a las coristas en alemán, francés e inglés:

– ¡Las incomparables! ¡Las fabulosas! ¡No hay nada como ellas en el mundo! ¡Las fráuleins de Eldorado!