– Como una reina que despliega su magnanimidad frente a una congregación de súbditos que la aclaman -me explicó, haciéndome una demostración de una elegante reverencia con un pie ligeramente adelantado y doblándose desde las caderas, más que desde los hombros-. ¡No como una cría tambaleante que espera gustarle a todo el mundo para que no la manden a la cama sin cenar!
Después de madame Shestova, me programaron una clase con Louise Goodman, una profesora estadounidense de baile que había estudiado en la Denishawn School de Nueva York. Su estilo de baile era el que propugnaba Isadora Duncan, en el que los movimientos surgían instintivamente del cuerpo en contraposición a que los pasos de baile fueran los que lo forzaran. Su estudio era más grande que el de madame Shestova, pero apestaba a pintura porque lo compartía con dos artistas que pintaban allí por las mañanas, cuando la luz era mejor.
– No sé qué puedo enseñarle -me confesó-. Usted ya es una bailarina innata.
En realidad, me enseñó muchísimo sobre el equilibrio de los opuestos a la hora de bailar: moverse arriba y abajo, estirarse y relajarse, caer y levantarse. «El yin y el yang», como ella lo llamaba.
Sin embargo, los planes de André para mi educación no acababan ahí. Tras dejar la clase de mademoiselle Goodman, regresaba al hotel para tomarme un almuerzo ligero de pan y ensalada, que forzosamente tenía que serlo, porque sabía que no era bueno cantar, correr y saltar con el estómago lleno. Y esas tres cosas eran precisamente lo que hacía en las clases de producción de voz con el doctor Oskar Daniel, el entrenador de voz de Caruso y Marlene Dietrich.
Tras hacerme sortear unas cuantas sillas y ejecutar varias volteretas laterales seguidas, me ordenó que cantara un re agudo.
– ¡Cántelo con todas sus fuerzas! -me exigió, golpeando su bastón contra el suelo-. ¡Cántelo con tanta fuerza que puedan escucharla hasta en París!
– Te he encontrado un profesor de inglés -anunció André, llegando a mi habitación una mañana, cuando mademoiselle Canier estaba ausente en el baile de su prima.
Yo me encontraba reclinada en el sofá con Kira acurrucada sobre el regazo, recuperándome de una sesión con el doctor Daniel donde no solo había sorteado sillas y hecho volteretas laterales, sino que había tenido que cantar el re agudo mientras lo hacía.
– ¿Un profesor de inglés? -exclamé, levantando la cabeza del cojín antes de comprobar que aquel mínimo movimiento suponía demasiado esfuerzo, y dejándola caer de nuevo.
André iba ataviado con un esmoquin. Yo ni siquiera había pensado en qué me iba a poner aquella noche para acudir al Teatro Apollo.
– Para que te dé clases de pronunciación y entonación el lunes, el martes y el jueves por la tarde.
– ¿Por qué? -pregunté.
– No nos limitaremos a París, Simone -me dijo-. También están Londres y Nueva York. ¡Y no te olvides de Sudamérica!
Kira saltó de mi estómago y arrastró una de mis zapatillas de ballet por la alfombra, cogiéndola por los lazos. No era una gata destructiva, pero sentía debilidad por las cosas sedosas y brillantes. Si no los quitaba de su vista, mi ropa interior y mis pendientes siempre se perdían, y luego acababa encontrándolos en el platillo de Kira.
Dejé de prestar atención a Kira para volverme hacia André y me sorprendió descubrirle sentado en una silla con la cabeza entre las manos.
– ¿André?
Durante un minuto, quizá dos, no se movió. Era un cambio de humor tan radical que me pregunté qué habría sucedido.
– Simone -me dijo, levantando la mirada-, ¿alguna vez te has puesto nerviosa al subir al escenario?
Tenía los ojos enrojecidos y una expresión triste asomaba en ellos. Hubiera querido inclinarme, acariciarle su bello rostro y decirle que lo que le estuviera preocupando se iba a solucionar. En su lugar, respondí:
– ¿Que si me pongo nerviosa? ¿Por dónde quieres que empiece?
Se echó a reír y negó con la cabeza.
– Tú siempre pareces tan segura de ti misma… No me puedo imaginar nada que te atemorice.
¿Segura de mí misma? ¿Era eso lo que veía en mí? Jamás hubiera dicho algo así de mí.
– ¿Te preocupa algo? -le pregunté.
Bajó la mirada hacia la alfombra y asintió.
– Sí, me preocupa que no se me considere lo bastante bueno.
– ¿Que no te considere bueno quién? -le pregunté, aunque sabía que se refería a su padre.
Pensé en el resto de hombres de la clase social de André, como Antoine y François, y en lo vanidosos que eran. André no tenía nada que ver con ellos. Me acordé de que, cuando su amiga logró localizar a la niña hambrienta y a su familia, André había realizado una considerable donación a la organización benéfica en mi nombre.
Me miró directamente a los ojos durante un instante y después se puso en pie y caminó hasta la ventana.
– Yo nunca seré Laurent -confesó, inclinándose contra el marco de la ventana-. Mi hermano se habría horrorizado de pensar que vivo a su sombra, pero así es como me ve mi padre. A veces, le he sorprendido mirándome y creo que desearía que hubiera sido yo el que muriera en Verdún y no Laurent.
Seguí a André hasta la ventana.
– Seguro que no -repliqué-. Cualquier padre estaría orgulloso de tener un hijo como tú.
André negó con la cabeza y sonrió con tristeza.
– Que tú triunfes es importante para mí -me dijo-. No te estoy utilizando para impresionar a mi padre, pero desearía poder demostrarle que soy tan bueno como el hijo que perdió.
Se volvió hacia mí, a punto de añadir algo más, pero le interrumpió el timbre del teléfono. Se acercó a zancadas al escritorio y levantó el auricular.
– Es el conde -anunció-. Está esperando abajo en el vestíbulo. -Después, le echó un vistazo a su reloj y se echó a reír-. ¿Qué le sucede al tiempo cuando estoy contigo, Simone? No hay necesidad de que te apresures, me tomaré una copa con el conde. Baja cuando estés lista.
André se dirigió hacia la puerta. Antes de abrirla, me sonrió y dijo:
– ¿Sabes? Te harán trabajar más duro que yo en Nueva York, cuando actúes en Broadway.
– Me parece bien -le respondí, devolviéndole la sonrisa-, estoy deseándolo.
Mi ocupado horario hizo que el resto de 1925 pasara volando. Mientras André y mademoiselle Canier iban y volvían de París a Berlín, yo actuaba en el White Horse Cabaret en Kurfürstendamm. Era un pequeño teatro lleno de humo, pero tenía una clientela muy chic: actores y actrices, banqueros y magnates de los negocios. A medida que avanzaba la velada, las actuaciones eran cada vez más picantes y los bailes se cargaban de morbo. En París, aludíamos al sexo y bromeábamos sobre ello mediante insinuaciones; en cambio, los cantantes alemanes mencionaban descaradamente temas como la masturbación o la homosexualidad. Las canciones que yo cantaba en el White Horse contenían alguna que otra alusión ocasional a «frotar la lámpara mágica», pero Ulla Färber, la estrella del espectáculo, cantaba a pleno pulmón con su voz rota un número que se titulaba Der Orgasmus.
Si el conde no me hubiera advertido de que los berlineses estaban obsesionados con el sexo y la muerte o si no hubiera visto con mis propios ojos la crudeza de la vida en la Friedrichstrasse, me habría escandalizado de la vulgaridad de mis compañeros artistas. En lugar de eso, les estudiaba con el entusiasmo de un científico que mira por el microscopio a un protozoo que acaba de descubrir. Me di cuenta de que la voluptuosa Ada Godard, que llevaba un monóculo y una boa de plumas, dominaba a su público gracias a su ingenio, y me percaté de que las coristas agitaban sus pechos desnudos más como armas que como objetos de deseo. La capacidad que ellas tenían para escandalizar incluso a los berlineses más decadentes no funcionaba con mi estilo. Pero sí que adquirí más confianza y aprendí a envolver al público en mi red desde el momento en el que pisaba el escenario. Lo hacía bajando el tono de voz una octava y ralentizando conscientemente la velocidad de mis palabras. Aquel tenía mucho más impacto que mi método en el Casino de París, que consistía en apresurarme a entrar en el escenario y desear gustarle a todo el mundo.