Después del espectáculo, el cabaré se transformaba en un club nocturno. Una noche, cuando estaba sola en la pista de baile, bailando el black bottom para divertir a una mesa de banqueros, me percaté de que una elegante mujer ataviada con un vestido blanco adornado con un ramillete de violetas me estaba observando. De repente, me sentí atraída hacia ella como una aguja hacia un imán. La banda ralentizó el ritmo para tocar un tango, como si ella se lo hubiera ordenado con aquellos ojos hipnóticos suyos.
– Es usted bellísima -me dijo en francés, acariciándose su estilizada garganta.
La mujer me cogió con una mano y apoyó la otra en mi espalda. Era más menuda que yo, pero me dirigía en el tango con la fuerza de un hombre.
Tenía un aire de dura frialdad que me recordó a Camille, pero cuando apretó su pecho contra el mío me di cuenta de que no llevaba ropa interior y me sorprendí de la suavidad de su piel femenina apretada contra mis propios pechos. Era como abrazar a mi madre, aunque no exactamente igual.
– Eres como una pluma -me dijo-. Podría aplastarte entre mis dedos.
Aquella mujer era una bailarina hábil que interpretaba bien la música. Me parecía vagamente familiar, pero no tenía idea de dónde podía haberla visto antes.
Cuando el baile terminó, le di las gracias a aquella mujer y me escabullí de entre sus brazos, deseando secretamente que André estuviera allí para protegerme. No era común que las mujeres se me acercaran de una manera tan amenazadora. Y si la mujer en cuestión era hermosa, a veces me sentía halagada. Pero algo en aquella me hacía sentir incómoda. Noté que me clavaba la mirada en la espalda mientras yo me dirigía hacia la barra.
– Ya veo que acabas de escaparte de las garras de Marlene Dietrich -me dijo Ada, acercándose a mí sigilosamente cuando pedí un agua de Seltz. Se echó a reír estruendosamente-. Podríais hacer un maravilloso número juntas. Tu encanto y vivacidad franceses y su rubia actitud distante.
Así que había bailado un tango con la famosa Marlene Dietrich y ni siquiera lo había sabido.
– Sobre el escenario, quizá sí -contesté, mirando a mis espaldas.
Pero Marlene ya se había marchado.
El conde Kessler me llevo al Ciro's a cenar una noche, cuando André estaba en París con mademoiselle Canier por el baile benéfico que celebraba anualmente madame Blanchard. Yo disfrutaba de la compañía del conde siempre que salíamos juntos. Aunque era un aristócrata, había algo en él que me recordaba a mi padre. Quizá se trataba de la curiosidad que brillaba en su mirada, como si las maravillas del mundo nunca pudieran atenuarse a sus ojos.
Después de que hubiéramos pedido la cena, el conde se volvió hacia mí y comentó:
– Creo que André está empezando a hartarse de mademoiselle Canier, ¿no cree? Esperemos que no la traiga de vuelta con él.
El conde debió de notar mi expresión estupefacta, porque dejó escapar una risotada campechana.
– ¡Vamos! -me dijo-, admítalo. Preferiría usted pasar una semana encerrada en un compartimento de tren que una hora con mademoiselle Canier. He visto los esfuerzos que usted hace para soportarla con educación. Dios, ¡incluso he visto como el propio André hace esos mismos esfuerzos. Ella es como esos sorprendentes muebles que uno compra cuando va a un país extranjero. No tiene ninguna utilidad práctica, así que lo pone en exposición en una esquina y al cabo de un tiempo se olvida de su existencia.
– Pero él está enamorado de ella -repliqué, recordando las cariñosas miradas que André le dedicaba a mademoiselle Canier.
El conde me contempló con una expresión de divertido interés.
– ¿Usted cree? -preguntó-. Ella es la hija de una de las amigas de su madre. Mire, no es ni más ni menos cabeza hueca que el resto de las chicas de su entorno. André probablemente hizo la mejor elección que podía… en su momento.
El conde me dirigió una mirada tan penetrante que me sonrojé. Percibí que podía leerme el pensamiento y adivinar mis sentimientos por André.
– Está siendo usted muy cruel -protesté.
– ¡Ja! -Se volvió a reír-. No creo que vaya a herir tan fácilmente los sentimientos de mademoiselle Canier. André sencillamente está el primero de su lista de buenos partidos. Pasará a Antoine Marchais, a uno de los Michelin o al chico Bouchayer sin inmutarse.
Me pregunté si lo que decía el conde sería cierto. Él y André eran íntimos, así que si alguien tenía que saber cuáles eran los verdaderos sentimientos de André, ese era el conde.
– Si le pregunto algo, conde Harry, ¿lo guardará en secreto y no se reirá de mí?
– ¿Reírme de usted, mademoiselle Fleurier? -replicó el conde, fingiendo una expresión escandalizada-. ¡Eso nunca!
– Cree usted…, es decir…, sería posible… que dos…, sin la menor probabilidad…
Yo sola me había metido en camisa de once varas y ahora no encontraba el valor para terminar la frase. De repente, me di cuenta de lo ridículo que sería declarar mis sentimientos. Yo era artista de variedades. André era el hijo de una poderosa familia. No había razón alguna por la que no pudiéramos relacionarnos socialmente, pero más allá de ahí… No, cualquier otra cosa era imposible.
– ¿Mademoiselle Fleurier? -me dijo el conde, dándome un toquecito en el brazo-. No ha terminado su pregunta. Ahora me tiene en suspense. ¿Dos qué sin la menor probabilidad de qué?
Yo misma me había metido en un agujero sin salida y ahora tendría que salir de él.
– Dos…, sin la menor probabilidad…, quiero decir…, Alemania y Francia, por ejemplo. ¿Seguirán siendo siempre enemigos?
El conde pareció encontrarme extremadamente graciosa en ese momento, pero se irguió en su asiento y me contestó con mucha seriedad.
– Los franceses y los alemanes tienen más en común entre ellos que con ninguna otra nación -dijo-. Durante la Gran Guerra, los hombres en las trincheras solían tirarse comida unos a otros cuando la batalla de ese día había terminado. No, la próxima vez que Alemania decida causar un desastre internacional, será debido a una autocombustión. El enemigo más peligroso es siempre el enemigo interno.
Le observé. ¿Por qué cuando la gente hablaba del futuro en Alemania siempre se mencionaba otra guerra?
– Ahora que se ha desahuciado a las clases medias y hemos convertido en mendigos a los pequeños comerciantes, ¿quién mantendrá la estabilidad de Alemania? -preguntó el conde.
La siniestra advertencia que contenían sus palabras me provocó un escalofrío. Jugueteé con el pan de mi plato. Sabía que durante el resto de mi vida recordaría el rostro de la niña famélica. Ver de primera mano lo que los seres humanos eran capaces de hacerse unos a otros me había cambiado. ¿Pero qué podía hacer yo ante tanto sufrimiento? El problema parecía abrumador. Miré al conde de nuevo. Estaba sonriendo.
– En respuesta a su otra pregunta, mademoiselle Fleurier -prosiguió-, déjeme decirle lo siguiente. Es usted una persona excepcionalmente serena. Es raro ver a alguien así de su edad y aún más raro entre artistas. Usted sería una compañera más que recomendable para cierto joven, mejor que ninguna otra que yo conozca. De hecho, si yo fuera treinta años más joven, me casaría con usted yo mismo.