Выбрать главу

– Tenía previsto poder mudarme aquí yo mismo -me confesó André-, pero es un hermoso apartamento para una mujer y yo puedo encontrar otro sitio. Cuando seas una estrella, la prensa querrá venir y fotografiarte aquí.

Los sofás y sillones estaban cubiertos de cojines orientales y mantones de piel. El decorado era elegante con toques de originalidad: todo lo que André había planificado que yo debía llegar a ser.

Se desplazó hasta la esquina de la habitación y abrió la persiana para revelar una ventana circular que hacía esquina y que tenía vistas al parque y a la calle. A pesar del tiempo encapotado, la luz entró a raudales a través del cristal.

– Puedes sentarte aquí cuando quieras leer o aprenderte tu guión -me aclaró André.

Le seguí hasta el dormitorio, que estaba decorado con la misma mezcla de tonos beis, rojizos y negros que el resto del apartamento. André tocó un interruptor y la luz brilló desde unos apliques de cristal que había en las paredes.

– Me gusta mucho -le dije.

Pensé que el apartamento era muy bello, pero no me sentí tan sobrecogida como lo hubiera estado hacía unos años. Me había acostumbrado al lujo en el Adlon y a que André se ocupara de cubrir mis necesidades. No se me había ocurrido que me estuviera convirtiendo en una consentida, pues había sucedido gradualmente.

Kira caminó detrás de nosotros, olfateando los suelos y los muebles.

– Tu sirvienta vendrá mañana -me anunció André, apoyándome las manos en los hombros-. Ahora, trata de descansar y volveré a recogerte más tarde, a las dos en punto.

«Es bueno contigo, Simone, pero no te ama», me recordé a mí misma.

Me sentía tan entumecida por los nervios que apenas noté los labios de André en las mejillas cuando me besó al despedirse. Cerré la puerta y una quemazón de bilis me subió por la garganta. Me había emocionado mucho cuando abandonamos Berlín, pero ahora que solo faltaban un par de horas para mi encuentro con Regis Lebaron me invadió el pánico. Regresé al salón y mi mirada recayó sobre el mueble bar. Abrí la puerta de un golpe y encontré una licorera de brandi. Quizá una bebida lograría calmarme. Abrí el tapón y olfateé el aroma a azúcar requemado. «No», pensé, recordando que no había sido capaz de entablar una conversación coherente con Max Reinhardt tras una copa de Feuerzangenbowle.

Me hundí en el sofá y miré fijamente el cuadro que presidía la chimenea: un jaguar que acechaba por la jungla. ¿Una sirvienta? Miré a mi alrededor las lustrosas superficies. Aquí sería necesaria una para limpiar las huellas de aquellos muebles. Recordé el tosco mobiliario de madera en la casa de la finca de mis padres y la mesa de roble de la cocina de tía Yvette. Aquella mesa la limpiábamos después de cada comida y también sacudíamos la ropa de cama, pero rara vez nos dedicábamos a abrillantar o pasar el polvo más que un par de veces al año.

Me puse en pie, me desplacé hasta el escritorio y abrí los cajones. Había hojas de papel de carta y una pluma. Me senté y comencé a escribir una carta a mi madre, a tía Yvette y a Bernard, contándoles que había regresado de Berlín y que ahora estaba residiendo en un apartamento grande, así que tenían que venir y visitarme en París porque pasaría algún tiempo hasta que pudiera escaparme a verles yo a ellos.

Miré por la ventana, hacia la calle lluviosa. Me acordé de mi madre, con su vestido de faena y con la estola de zorro plateado que yo le había regalado alrededor del cuello.

Crucé los brazos y apoyé la cabeza sobre ellos. La presión pudo conmigo y comencé a notar la sangre latiéndome en los oídos. Una soledad más fuerte que la que nunca había experimentado antes me contrajo el corazón. Me estaba cayendo por un oscuro pozo y no había nadie allí para salvarme. Todavía no lo había comprendido del todo, pero una nueva Simone estaba a punto de nacer.

Para cuando André pasó a buscarme, me encontraba en tal estado de nervios que temí vomitar en su coche. Sin embargo, me cuidé de ocultar mi ansiedad y mis recelos resultaron ser infundados cuando mi «audición» con Regis Lebaron y su director artístico, Martin Meyer, acabó por ser algo totalmente diferente a lo que había tenido lugar en el Casino de París y el Folies Bergère.

A André y a mí nos recibieron dos caballeros que llevaban trajes azul marino prácticamente idénticos, con el pelo engominado y sendas corbatas anudadas al cuello. El más alto de los dos era Regis Lebaron; le reconocí por las fotografías y por sus saltones ojos dorados y finos labios. Normalmente, solían decir de él que era parecido a una rana, pero aquella comparación no aportaba nada sobre su exuberante personalidad. Nos presentaron a Martin Meyer por su apodo, Minot, un sobrenombre que le habían puesto sus compañeros de colegio y que había conservado a lo largo de los años. Era delgado, con un hoyuelo en la barbilla, y parecía tener grandes dificultades para mantener las manos quietas. Las abrió, las cerró y las movió en todas las direcciones mientras afirmaba que se sentía emocionado por conocerme. Minot contuvo aquel movimiento nervioso durante un instante a causa de una mirada de reproche de Lebaron, tras la que se metió las manos en los bolsillos, aunque unos segundos después las dejó escapar de nuevo para hacer un gesto teatral hacia las puertas del auditorio.

– Por aquí, por favor -nos indicó, haciéndonos pasar a la sala.

El auditorio se hallaba sumido en la oscuridad a excepción del escenario, que estaba iluminado por un foco que producía un halo de luz en el centro. André cogió mi abrigo y lo dejó sobre uno de los asientos. Me percaté de que Lebaron me estaba mirando de arriba abajo y una sonrisa de satisfacción asomó en sus labios. Tras varios tratamientos de belleza, maquillaje de Helena Rubinstein y el cabello peinado en una elegante melena, esperaba que le gustara lo que tenía ante sus ojos.

Había un piano de ensayos cerca del escenario, pero el pianista no estaba. Agarré con fuerza mi carpeta de partituras, con la esperanza de que llegara pronto y pudiéramos acabar con aquel calvario. Para mi sorpresa, Minot me cogió las partituras de las manos y las hojeó.

– Oh, me encanta esta -exclamó, señalando una de las piezas de Vincent Scotto-. Cuando la cantó usted en el Casino, se me saltaron las lágrimas.

– Ha pasado mucho tiempo desde entonces -le advirtió André-. Ahora Simone logra que su voz llegue hasta donde se propone y baila sin perder el aliento.

Se abrió una puerta y entró un camarero parsimoniosamente con una botella de champán en un cubo de hielo y unas copas sobre una bandeja. Lebaron le indicó que lo dejara sobre el escenario.

– Daremos cuenta de ello en un minuto -anunció, y volviéndose hacia mí añadió-: Ya sé que tiene usted una de las mejores voces de París. La vi en el Casino y maldije mi suerte por no haberla descubierto yo primero. Allí estaban desperdiciando su talento. Lo que quiero saber es qué podemos hacer con su actuación.

– Bueno, Simone ha recibido clases de baile con dos de los mejores profesores de Berlín -le explicó André-. He traído algunos discos. ¿Quieren que se lo mostremos?

Lebaron se agarró la barbilla con la mano y miró fijamente a André.

– Ya sé que también sabe bailar. Un año más y hubieran tenido que sustituir a Rivarola por una pareja de baile mejor para ella. Olvida usted que descubrir talentos ha sido mi fuerte durante años. Lo que quiero saber es cómo vamos a hacer su presentación.

André y yo nos intercambiamos una mirada. Yo estaba a punto de decir algo cuando André levantó la mano para detenerme. Si hubiera hablado, le habría preguntado a Lebaron si es que aquello significaba que ya había decidido contratarme. Pero resultaba evidente que así era. En algún momento entre su conversación con André y el instante en el que me había conocido, debía de haber decidido asumir el riesgo. Se me encendió el corazón. Fue como si el telón de fondo hubiera cambiado y ahora me encontrara en una nueva escena. Por primera vez, no tenía que demostrar mi talento o que era lo bastante atractiva. Lebaron daba ambas cosas por hechas.