Los ojos de Joseph se llenaron de lágrimas. Era un encanto de hombre y yo estaba segura de que sería un buen marido.
– No tiene usted idea de lo feliz que me ha hecho -me dijo-. Si Odette y yo tenemos algún día una hija, la llamaremos como usted.
– Será un honor -le respondí-. Pero no le obligaré a cumplir tal cosa.
Cogí un taxi de vuelta a mi apartamento con el corazón henchido de alegría. En un primer momento había pensado que el dinero solo servía para comprar cosas, pero ahora me daba cuenta de que también podía traer la felicidad.
Hacia finales de marzo, todo el mundo trabajaba a toda máquina y llegó el sprint final de los preparativos del espectáculo. Normalmente, Lebaron y Minot tardaban entre seis y diez meses en montar cada nuevo espectáculo, pero, gracias a la ayuda de André, habían terminado este prácticamente en tres. «Prácticamente» porque, para cuando se completaron las orquestaciones finales de las canciones, fue necesario cambiar algunas de las coreografías de los bailes. También había que hacer algunas alteraciones en el vestuario y varios decorados necesitaban arreglos para que casaran con los cambios de programación. Uno de los electricistas abandonó furioso su trabajo y una costurera se desmayó por agotamiento. Odette vino a ayudar con los trajes y yo sentí aún más respeto por mi amiga después de verla un día tras otro con una aguja en la mano y el hilo entre los dientes mientras les decía a todos: «¡Calma! ¡Todo saldrá bien!».
El vestido que yo llevaría en la escena final todavía estaba inacabado sobre un maniquí en el taller de vestuario. Me ofrecí para terminarlo, pero Minot abrió horrorizado los ojos como platos.
– ¡No, no, no, mademoiselle Fleurier! Debe usted reservar energías. Es usted la estrella. El éxito de este espectáculo descansa sobre sus hombros.
Yo pretendía ocupar la mente en otras cosas para calmar los nervios. Que el éxito del espectáculo descansara sobre mis hombros era precisamente lo que me provocaba sudores nocturnos y accesos de mareo. No le dije a nadie que sufría ataques de pánico. El primero me sobrevino cuando el libreto ya estaba escrito y las partituras compuestas. Me encontraba en mi apartamento repasando la letra de una canción cuando me empezó a palpitar el corazón. Traté de concentrarme en la partitura que tenía delante, cuando comenzó a darme vueltas la cabeza y todo se volvió blanco. El único modo que tuve de deshacerme de aquellas náuseas fue escondiendo la partitura bajo un cojín. Después de aquello, solo lograba ensayar en compañía de otra persona, normalmente André o Minot.
– No consigo memorizar nada a menos que actúe para alguien -les expliqué echándome a reír, para ocultar mi terror tras una sonrisa.
Todo el mundo estaba esforzándose al máximo para preparar el mejor espectáculo de todos los tiempos, así que no podía aguarle el ánimo a nadie o hacer que dudaran de mí. Me di cuenta de que la presión que sentía en el Casino de París o en Le Chat Espiègle no eran más que «mariposas en el estómago» en comparación con esto. Ahora había mucho más en juego. Si el público no respondía, supondría el fracaso de mucha más gente aparte de mí.
No me ayudó en absoluto a preservar mi tranquilidad el hecho de que, durante la última semana de ensayos antes de la noche del estreno, Lebaron merodeara con cara de alma en pena entre bastidores mientras yo practicaba mis números. Y, para colmo de males, el último día antes del estreno se dedicó a sacudir la cabeza como si pensara que había cometido un terrible error al apostar por mí.
– Ignórelo -me susurró Minot, dándome unas palmaditas en el hombro-. Siempre se comporta así en estos momentos. Es por culpa de su superstición. Piensa que si le dice a usted lo fabulosa que es gafará todo el espectáculo.
La noche del estreno llegué al teatro a las siete y media con Kira, mi mascota de la buena suerte. André me había enviado a su chófer, pues no había podido venir él mismo a causa de un cambio de última hora en un papel secundario. Mi camerino estaba lleno de ramos de rosas y había una botella de champán metida en un cubo de hielo. Atada al cuello de la botella había una tarjeta de Minot que decía: «¡A medianoche estaremos bebiéndonosla, querida mía!». Querido Minot, qué encanto era. Había pensado en todo. Incluso había enviado una notificación a todo el mundo para que no me molestaran y para que los únicos que pudieran transmitirme cualquier mensaje fueran el director de escena o él mismo. Aprecié aquel gesto, aunque me preocupaba que aquello pudiera incluirme en la liga de mezquinos artistas tiranos a la que pertenecía Jacques Noir. Sentí la necesidad de poner en orden mis pensamientos. Kira percibió mi nerviosismo. Durante los ensayos, se había dormido sobre una manta junto al radiador o se había entretenido jugando con mis lápices de maquillaje. Pero ahora se escondió bajo el tocador y se negó a salir. No podía culparla. Si yo hubiera podido, habría hecho lo mismo.
Me temblaban las manos cuando abrí el estuche de maquillaje. Me lloraban los ojos, algo que siempre me sucedía cuando me sentía inquieta. Eché la cabeza hacia atrás y los cerré, tratando de relajarme. La noche anterior había soñado que salía al escenario y se me olvidaba toda la letra de la primera canción, cosa que era ridícula, porque se trataba de una composición muy corta.
Después de todo el caos y el ajetreo de las semanas anteriores, el teatro estaba sumido en un silencio inquietante. Me imaginé a todos en sus puestos: los ayudantes de camerino se hallarían preparando los trajes y contando las pelucas; los tramoyistas estarían comprobando el atrezo y los interruptores de las luces; y los músicos se encontrarían calentando los dedos o bebiéndose algún café de último minuto.
Mi ayudante tenía que llegar a las ocho. Justo cuando las manecillas del reloj de mi tocador dieron la hora, sonó un golpe en la puerta. La abrí y encontré en el rellano a Odette con el vestido que me tenía que poner para el primer número.
– Pensé que quizá necesitarías apoyo moral -me dijo- de alguien que todavía no se ha dejado llevar por el agobio.
– ¿Qué ha pasado? -le pregunté.
– Una de las coristas ha cogido peso y ha hecho estallar el vestido.
– ¡Pero si apenas llevan nada encima! -exclamé-. ¿Qué es lo que ha podido estallar?
– Una hilera de perlas. Pero ha sido suficiente como para que la encargada de vestuario sufriera un ataque de pánico.
Aunque no escuché ni la mitad de lo que Odette me contó sobre que Joseph había comprado una tienda de muebles y que estaban planeando casarse al año siguiente, su animada conversación me tranquilizó como el sonido de una relajante música de fondo. Y además, Odette también demostró mucha paciencia. Tuve que quitarme el traje después de que ella me hubiera abrochado todos los cierres para acudir al aseo porque los nervios me habían dado ganas de hacer pis. Hacia las ocho y media oí al botones que iba llamando a las puertas de los camerinos y, unos minutos después, a las coristas bajando en tropel por las escaleras. No armaron tanto alboroto como de costumbre y le pregunté a Odette si había algún problema.
– No -respondió-. Lo hacen por deferencia hacia ti. Monsieur Minot les ha ordenado que bajaran las escaleras en silencio.
Cuando el botones llamó a mi puerta, prácticamente me salí del traje otra vez por el salto que pegué. Odette me dio unas palmaditas en la espalda.
– Estarás maravillosa -me aseguró-. Simplemente, haz lo mismo que has estado haciendo durante los ensayos y todo irá bien.
Seguí al joven botones hasta bastidores con la misma alegría que María Antonieta debió de sentir al dirigirse hacia la guillotina. Pude oír a la sección de cuerda afinando sus instrumentos y el alboroto del público.
– ¡Buena suerte! -me susurró el muchacho.