– Estaba nervioso -me confesó mientras tomaba una curva cerrada de la carretera-, no sabía qué pensaría mi padre de mi incursión en el negocio del espectáculo. Pero tu talento lo ha conquistado. No tiene más que palabras de admiración hacia ti.
– Mi éxito tiene tanto que ver contigo como conmigo -le respondí.
André se echó a reír y su risa resonó por encima del traqueteo del motor del automóvil.
– Creo que podrías haberlo hecho perfectamente sin mí, Simone. Pero ha sido divertido presenciar tu transformación.
El château de los Blanchard estaba rodeado de treinta hectáreas de tierras ajardinadas y dominaba el valle del Dordoña, un paisaje de verdes praderas y robles, con un tranquilo río serpenteando entre ellos. Llegamos a la mansión cubierta de hiedra justo a la hora del almuerzo y un mayordomo nos condujo hasta la terraza. El ambiente olía a hierba recién cortada y a jazmín. Veronique estaba lanzándole un palo a su perro en el jardín. Sus palabras al cachorrillo y los alegres ladridos de este resonaban en el aire estival. Madame Blanchard estaba sentada en un banco junto a una mujer con aspecto de matrona y a un hombre calvo. Sin embargo, fue monsieur Blanchard el que primero se aproximó hacia nosotros.
– Bonjour! -nos saludó, haciéndonos también un gesto con la mano.
Tenía el vozarrón de un capitán de la marina, profundo y acostumbrado a dar órdenes. No obstante, una amistosa sonrisa se dibujó en sus labios y le hizo parecer menos intimidante de lo que yo había esperado.
Agarró a André del hombro y André le devolvió el saludo. Me había imaginado que se saludarían, pero sin abrazarse. Su relación no era tan fría como yo había anticipado, pero aun así seguía habiendo algo formal en la manera en la que se aproximaron el uno al otro. Pensé en el tío Gerome y mi padre. Tío Gerome podía querer a su hermano, pero nunca pareció ser capaz de resolver cómo demostrarlo. Un profundo dolor había destruido el afecto natural entre ellos. Me dio la sensación de que quizá así era como monsieur Blanchard se sentía con respecto a André.
– Ahora, cuénteme, mademoiselle Fleurier -me dijo monsieur Blanchard, cogiéndome del brazo y dirigiéndome hacia los demás-, ¿cómo es que mi hijo, que tiene un oído enfrente del otro, ha podido descubrir a la mejor cantante de París?
Tenía los mismos ojos negros que André, pero mientras que su hijo me trataba con los modales de un caballero, monsieur Blanchard fijó su mirada en mis pechos. Tuve la incómoda sensación de que me estaba imaginando desnuda.
– André no tiene exactamente un oído enfrente del otro -repliqué y me eché a reír, más para enmascarar mi incomodidad que porque pensara que lo que había dicho era gracioso-. Sencillamente, él fue la primera persona, aparte de mi agente, en creer en mí.
– ¡Vamos!, llegamos tarde al almuerzo -nos llamó madame Blanchard, haciéndonos un gesto desde la mesa-. Tendremos problemas con la cocinera si se estropea la ensalada.
– ¿Acaso nos vamos a saltar las presentaciones? -preguntó monsieur Blanchard, conduciéndonos hacia una mesa puesta con una vajilla de porcelana blanca y ramilletes de flores silvestres.
Madame Blanchard se ruborizó pero no miró a su marido. Me presentó a la mujer y al hombre que la acompañaban: la hermana de André, Guillemette, y su marido, Félix. Les saludé, pero ninguno de los dos me sonrió. Guillemette no había heredado la atractiva apariencia física de sus padres, ni tampoco su dignidad ni su compostura. Si André no me hubiera dicho que su hermana acababa de cumplir los treinta, habría pensado que tenía al menos diez años más.
Guillemette y yo estábamos sentadas en diagonal y Félix se sentó frente a mí, pero descubrí que conversar con ellos era francamente difícil. Mirar a Félix a los ojos era imposible: cuando no se dedicaba a picotear su comida, observaba fijamente algo por encima de mi coronilla. Guillemette, por su parte, me estudiaba atentamente.
– André me ha contado que le apasiona montar a caballo -comenté, tratando de entablar conversación con ella-. ¿Es cierto que monta por el Bois de Boulogne todas las mañanas?
– Sí. -Fue su monosilábica contestación.
Por su tono, parecía casi como si yo le hubiera pedido dinero. Percibí un trasfondo de resentimiento, aunque no tenía ni la menor idea de cuál podía ser la causa.
André estaba discutiendo un asunto de negocios con su padre, así que me volví hacia Veronique con la intención de aligerar un poco la situación, pero la muchacha estaba totalmente dominada por la presencia de su hermana mayor. Más tarde, cuando sirvieron el primer plato, Veronique se acercó sigilosamente a André para susurrarle algo al oído, pero se paró en seco por la expresión de censura que le estaba dedicando su hermana.
– Si tienes algo que decir, Veronique, dilo en alto para que lo oiga todo el mundo -le espetó.
Los ojos de Veronique se llenaron de lágrimas y le temblaron los labios. Aquella no era la alegre niña que había conocido en la salita de madame Blanchard cuando André y yo las visitamos antes del estreno del espectáculo. Guillemette tenía la habilidad de cargar el ambiente de un relajado almuerzo al aire libre en un día de verano para convertirlo en un auténtico rancho militar. Tenía curiosidad por ver cuál era la relación que mantenía con su padre, pero monsieur Blanchard solo le dirigía la palabra a Félix.
– ¿Cómo va el hotel de Londres? -le preguntó monsieur Blanchard a su yerno.
Félix se frotó la cabeza, que era tan lisa y lampiña que le confería el aspecto de una salamandra.
– Necesitaré ayuda para organizarlo -contestó, lanzándole una significativa mirada a André.
– Pues tendrás que buscarte a otro -replicó André bondadosamente-. Yo me voy a llevar de gira a mademoiselle Fleurier.
Guillemette me fulminó con la mirada desde el otro lado de la mesa.
– ¿Y qué pasa con los negocios serios? -preguntó, volviéndose hacia André-. Parece que ahora ya no te ocupas de los hoteles.
André me había contado que, cuando entrara a trabajar con su padre, todos los hoteles pasarían a estar dirigidos por Félix. Me imaginé que era por eso por lo que Guillemette parecía tan preocupada por ellos.
– Vamos, vamos -dijo monsieur Blanchard, secándose los labios con una servilleta-. Habrá tiempo para todo eso cuando André cumpla treinta años. Le he prometido que hasta entonces puede divertirse como le apetezca.
Monsieur Blanchard me sonrió y guiñó un ojo. Hice lo que pude por no contestarle con una mueca. Miré de reojo a André, pero no pareció notar el comportamiento de su padre. Me sorprendió ver cómo era André con su familia. Cuando yo estaba con él a solas, me parecía alegre y buen conversador. Pero en medio de los suyos, se retraía a su mundo interior.
Madame Blanchard, que no le había dirigido la palabra directamente a su marido en ningún momento de la comida, cambió de tema para hablar de cosas menos trascendentes. Charló sobre un pueblo fortificado que visitaríamos esa misma tarde y sobre sus labores benéficas con los huérfanos. Sentí que ella, André y Veronique eran los integrantes amables de la familia Blanchard, mientras que los demás rayaban en la hostilidad. Me sentía tan incómoda en compañía de la hermana y el cuñado de André que si madame Blanchard no hubiera hecho un gran esfuerzo por incluirme en la conversación seguramente me hubiera pasado el resto del tiempo en silencio.