– Dígame, mademoiselle Fleurier, ¿no tiene alguna vez miedo escénico? Parece usted tan cómoda bajo los focos… -me preguntó madame Blanchard.
¿Cómo podía contestar a una pregunta como aquella? Se suponía que las estrellas no podían revelar sus defectos, excepto para confesar «caprichos publicitarios», como que les gustara comer fresas con nata después de cada actuación o que sintieran debilidad por fumar pipas indias.
– Siempre me siento muy emocionada antes de cada representación, madame Blanchard -le contesté.
André sonrió, cubriéndose la boca con el puño, pero no me miró.
«Emocionada» era el eufemismo que André y yo habíamos acuñado para los temblores, los sudores fríos, los ojos llorosos y las innumerables visitas al aseo que me sobrevenían antes de que comenzara el primer número del espectáculo. La noche del estreno había sido la peor, pero la respiración se me cortaba todas las noches cuando me montaba en el coche para ir al teatro. Tenía por costumbre llevarme a Kira al camerino, aunque nos había traído problemas alguna que otra vez, como cuando la ayudante de vestuario dejó mi vestido fuera y Kira, con su atracción por las cosas brillantes, mordió todas las lentejuelas.
Parte del ritual para calmar mis nervios consistía en no vestirme hasta el último minuto. Cuando me llamaban a escena, abría el medallón que contenía la fotografía de boda de mis padres y lo dejaba así, abierto en el camerino, hasta después de salir a saludar. Durante los descansos, encendía una vela que llevaba escrito en el lateral el deseo de lograr hacer una buena interpretación, algo que mi madre me había sugerido. Sin embargo, los rituales y las tazas de manzanilla no lograban calmar mis nervios. La sensación de mareo y el estómago revuelto solamente me abandonaban cuando salía al escenario y cantaba la primera nota. Entonces, como por arte de magia, se me despejaba la cabeza y mi cuerpo se tranquilizaba, como un barco que acabara de salir de una tormenta a la calma chicha. Después, todo iba bien.
– He oído que mademoiselle Fleurier es la artista más tranquila de París -comentó monsieur Blanchard-. La mayoría no logra salir a escena sin empinar el codo antes.
– Mademoiselle Fleurier nunca bebe antes del espectáculo -replicó André, orgulloso-. No deja que nada afecte a su actuación.
– Todos empiezan así -comentó despectivamente Guillemette. Su tono me recordó al de un cura dando un sermón, avisando a la congregación sobre un desastre inminente-. Pero la falta de sueño y el estar constantemente en el punto de mira de la opinión pública acaba con ellos. Nadie tiene la compostura para vivir así de deprisa durante demasiado tiempo.
– Gracias por tu lúgubre predicción, Guillemette -replicó madame Blanchard, sonriéndome.
– Pues no ha ido tan mal, ¿no? -comentó André al día siguiente cuando regresábamos a París.
«Está de broma», pensé. Después de haber crecido con tío Gerome y el agobio de vivir endeudados con él, no podía decir precisamente que proviniera de la más feliz de las familias. No obstante, mis padres y tía Yvette siempre me habían querido. Al pobre André lo adoraban su madre y Veronique, pero cualquier calidez de ellas dos se veía contrarrestada por la frialdad del resto de los Blanchard.
– Creo que no le gusto a tu hermana -le dije.
– A Guillemette no le gusta nadie -replicó André-. En todo caso, es la opinión de mi padre la que cuenta. Y creo que le has causado una buena impresión.
Yo también creía haberle gustado a monsieur Blanchard, pero entonces me acordé de cómo me había mirado los pechos y de cómo me había guiñado el ojo y me sentí incómoda.
En junio recibí un telegrama en el que me comunicaban que tío Gerome había fallecido. Lebaron suspendió dos representaciones para que pudiera regresar a casa a tiempo para el funeral.
– Murió mientras dormía -me contó Bernard de camino a la finca desde la estación de Carpentras-. Fue lo mejor que pudo pasar. Su salud había empezado a deteriorarse de nuevo.
Todo el pueblo acudió al cementerio. Había también gente de Sault y de Carpentras, además de docenas de rostros a los que no había visto nunca. Incluso había un fotógrafo de la prensa de Marsella. Dada la impopularidad de tío Gerome, estaba claro que habían venido a mirarme embobados. Me sentí avergonzada por estar allí junto a la tumba ataviada con un vestido de seda ligera mientras mi madre y mi tía llevaban los mismos vestidos de algodón negro que se habían puesto durante años.
En el funeral, monsieur Poulet se puso en pie y dio un discurso.
– Quiero expresar lo orgullosos que estamos de Simone Fleurier, y espero que cuando se case, vuelva a la iglesia de su aldea y a nuestro pequeño ayuntamiento para celebrar la ceremonia.
Resultaba agradable que me recibieran con tanta calidez, pero pensé que era de bastante mal gusto dedicarme un brindis a mí en mitad del funeral de tío Gerome.
A la mañana siguiente abrí los postigos de las ventanas y vi a mi madre trayendo cubos de agua al interior de la casa. Corrí escaleras abajo para ayudarla con aquella tarea agotadora y me senté con ella en la cocina mientras hervía una olla en el fuego para hacer café. Le habían salido mechones grisáceos por todo el cabello y una vena de aspecto doloroso se le enroscaba alrededor del tobillo. Pensé en Mistinguett. Por su edad, podría ser mi abuela, pero comparándola con el aspecto de mi madre ambas podrían haberse intercambiado la edad.
– ¿Y si os compro una casa en Carpentras o Sault, o incluso Marsella? -le pregunté a Bernard mientras aseaba al burro y le quitaba los arneses del carro-. La vida sería más fácil para todos vosotros.
– Sí, sería más fácil, pero no sería vida -replicó-. No para nosotros. Nos gusta estar aquí. Pero te prometo que utilizaré el dinero que me has mandado para hacerles la vida más cómoda a tu madre y a tu tía.
La verdad era que el ritmo de vida de la finca, incluso a la hora de hacer el café de la mañana, era tan lento que me daba tiempo a pensar. Y al hacerlo, me pregunté si era realmente feliz. La muerte de tío Gerome demostraba lo terrible que era vivir con remordimientos. Yo había creído que convertirme en una estrella sería glamuroso y emocionante, pero, una vez que había pasado la precipitación inicial, me di cuenta de que resultaba agotador. Sentía un profundo afecto por André, pero debía contener mis sentimientos y, además, su familia no me tenía verdadero cariño. Por otra parte, su patrocinio alimentaba toda una serie de cotilleos que eran la razón de ser de las revistas parisinas de baja estofa.
Simone Fleurier debe de ser tan buena en su alcoba como sobre el escenario, a juzgar por la calidad de los hombres que la visitan en su camerino tras el espectáculo… ¿Cómo ha llegado esta muchacha flacucha a ser la sensación de París? Quizá haya que mirarle entre… ¿líneas? para saberlo.
¿Aquella era realmente la vida que deseaba llevar? Las cosas resultaban mucho más sencillas en la finca. Los cotilleos corrían por la aldea, pero no solían contener maldad. Las palabras de Guillemette se me habían quedado grabadas: «El estar constantemente en el punto de mira de la opinión pública acaba con ellos. Nadie tiene la compostura para vivir así de deprisa durante demasiado tiempo». ¿Acaso no lo había aprendido en Berlín? Los alemanes vivían más rápido que nadie, y en la misma época de nuestro primer estreno en el Adriana, Ada Godard se desmayó sobre el escenario y murió a causa de una hemorragia cerebral a los veintidós años de edad. Puede que yo no bebiera en exceso ni tomara drogas, pero había días en los que la presión hacía que me palpitara el corazón.
Tuve que abandonar la finca al día siguiente para regresar al espectáculo.
– Prometedme que vendréis a visitarme a París -les pedí a mi madre y a tía Yvette.