Ahora que el tío Gerome no estaba, Bernard podría ocuparse de la finca él solo más o menos durante una semana. Les di un beso de despedida a mi madre y a tía Yvette antes de montarme en el coche con Bernard. Los rostros de ambas mujeres mostraban una expresión pétrea, pero sus ojos brillaban con fuerzas renovadas. Me di cuenta de que se sentían orgullosas de mí.
Aspiré los aromas a lavanda, romero y glicinia que impregnaban el aire. «No -pensé-, adoro la finca, pero jamás podré volver a vivir aquí». París me había cambiado.
Cuando Paris Qui Danse llegó al final de su temporada en febrero de 1929, grabé un disco con varias canciones del espectáculo antes de que André y yo zarpáramos hacia Nueva York en el Íle de France. El famoso empresario teatral de Broadway Florenz Ziegfeld me había invitado a actuar en su musical Show Girl. Yo no tendría el papel protagonista, pues lo ocuparía Ruby Keeler. Representaría el papel de estrella invitada en una escena titulada Un americano en París. Sin embargo, íbamos a aprovechar la oportunidad para ir a Estados Unidos y establecer contactos allí para el futuro y también para hacer una pequeña gira por Brasil y Argentina después.
Cuando llegamos a El Havre, exhalé un grito al ver el tamaño del barco.
– ¡Nunca había visto algo tan grande en toda mi vida! -le dije a André-. ¡Es más grande que el Louvre o el Hotel de Ville!
– Es el barco más hermoso del océano -comentó-, y no solo es el más grande o el más rápido, sino también el más lujoso. Ya lo verás cuando entremos.
Di una conferencia de prensa en el muelle, con los flashes de las cámaras iluminándome, y anuncié que, aunque me emocionaba ir a América, Francia siempre sería mi hogar. André y yo avanzamos por la pasarela de entrada, parándonos a mitad de camino y volviéndonos para saludar a la prensa y darle una oportunidad más de tomarnos otra fotografía. El capitán nos recibió cuando llegamos a bordo y me entregó un ramo de rosas de color lila antes de que el primer sobrecargo nos condujera al vestíbulo principal, donde podíamos esperar hasta que el barco estuviera preparado para zarpar.
– Ahora entiendo a lo que te referías sobre la elegancia del barco -le dije a André.
Estaba acostumbrada a los lujos, pero aquel barco era más impresionante que cualquier cosa que hubiera visto antes. El vestíbulo tenía cuatro cubiertas a diferentes alturas y se extendía casi por toda la longitud del barco. El mobiliario anguloso, las enormes columnas y las pilastras de color rojizo eran la esencia de lo más chic del estilo art decó.
– Otros barcos copian el diseño de interiores de casas solariegas o de palacios moriscos -me explicó André-. Pero el Íle de France es único. El decorado imita el océano.
– Me siento más en un complejo turístico que dentro de un barco -comenté.
– Por eso lo he elegido -contestó André, deslizando la mano por mi espalda hasta apoyarla en la zona lumbar y manteniéndola allí. La calidez de su piel me abrasó a través de la tela del vestido.
– Has olvidado lo que me dijiste en Alemania -le recordé, pasando el peso del cuerpo de un pie a otro.
¿Eran imaginaciones mías o estaba dibujando círculos sobre mi piel con la punta del dedo? André me había tocado cientos de veces anteriormente: una mano en el hombro, castos besos en las mejillas… Pero aquello era otra cosa.
André arqueó las cejas y negó con la cabeza.
– Me dijiste que me harían trabajar mucho más duro en Broadway de lo que tú me estabas haciendo trabajar en Berlín, y, dado que me llevas allí ahora, ¡quizá estas sean mis primeras y últimas vacaciones!
La sirena del barco sonó con estruendo y yo me sobresalté sorprendida. André se echó a reír y me aferró del brazo, conduciéndome a la cubierta para que nos uniéramos a los hurras, a los silbidos y a los que tiraban arroz mientras el barco abandonaba el puerto.
– Las cosas van a ser diferentes a partir de ahora, Simone -me gritó André para que le oyera por encima del alboroto-. Pero será mejor que hablemos de ello durante la cena.
Contemplé los ojos emocionados de André y percibí que algo estaba evolucionando entre nosotros. Si estaba en lo cierto, las cosas iban a cambiar para siempre.
Aquella noche André y yo descendimos la escalinata de mármol del Íle de France en dirección al comedor. Ataviada con un vestido de color rosa nacarado, me sentí como la protagonista de una película haciendo su entrada triunfal en un escenario de Hollywood. Y de hecho podría haberlo sido, con la cantidad de caballeros estadounidenses y sus esposas que estaban socializando con la élite europea. El comedor era una estancia alargada con focos cuadrados que colgaban del techo en lugar de complicadas lámparas de araña. En el menú había lucio del Loira con salsa de mantequilla junto con pato a la naranja y bombe impériale con nata montada.
– Perfecto -comentó André-. El lucio es una buena introducción de lo que quiero decirte.
Todavía me sentía aturdida por cómo me había tocado aquella tarde. ¿Habían sido solamente unas distraídas caricias o era algo más?
– ¿Qué es lo que tienes que decirme? -le pregunté, sin apartar los ojos de su rostro.
Él sonrió.
– Cuando le comenté a mi padre que íbamos a viajar en el Íle de France, me contó la historia de un amigo suyo que estuvo presente en una de las primeras travesías del barco. Como ya sabes, el Íle de France fue diseñado para mostrar lo mejor del espíritu francés. Sin embargo, los británicos y los alemanes siguen compitiendo entre ellos para ver quién consigue construir el barco que alcance mayor velocidad. En cualquier caso, en aquel viaje, el amigo de mi padre estaba saboreando su comida, que consistía en lucio del Loira, cuando un barco británico, el Mauritania, les sobrepasó. Un rato después, el camarero le trajo un mensaje de radio enviado por un amigo suyo que viajaba en el barco que acababa de adelantarles. «¿Queréis que os remolquemos?», decía el mensaje.
Le escuché atentamente, tratando de descifrar cuál era el significado de la historia para André y para mí. Pero era un misterio.
André continuó con su relato.
– El francés amigo de mi padre cogió su copa y paladeó un poco de vino, después tomó otro bocado de lucio antes de darle al camarero su respuesta. «Por favor, envíele la siguiente respuesta -le dijo al camarero-: "¿Por qué tienes tanta prisa? ¿Acaso te estás muriendo de hambre?"».
– No deberíamos reírnos -le dije a André, dedicándole una gran sonrisa-. Mira cómo trabajamos tú y yo: no parecemos franceses.
– Pues eso es precisamente lo que quiero cambiar -replicó él.
– ¿Cómo?
– Quiero que te cases conmigo.
Dejé caer el tenedor. Provocó un ruido estrepitoso al chocar contra el suelo. Había anhelado con todas mis fuerzas que André anunciara que comenzaba a encontrarme atractiva. Lo que no esperaba era que me pidiera en matrimonio. Le contemplé y parpadeé, sin saber qué decir. Por el rabillo del ojo vi que el sumiller se estaba acercando a nuestra mesa. Le dediqué una mirada. Lo bueno de los camareros franceses era que tenían un sexto sentido para saber si debían interrumpir una conversación. El sumiller se dio media vuelta y se dispuso a dar un rodeo más por la estancia.
– ¿Tan sorprendida estás? -preguntó André, alargando la mano y tocándome la mía-. Te he amado desde el primer momento en que te vi en el Café des Singes.
Deseaba decirle que había estado soñando con él durante años, pero no podía pronunciar palabra. ¿Qué sentido tenía todo aquello? Si me había amado desde el primer momento en que me vio, ¿por qué había traído a mademoiselle Canier a Berlín? ¿Por qué nunca había respondido a mis insinuaciones?