– Olvidas que fuiste tú la que dijiste que solamente querías una relación profesional -me recordó, cuando finalmente encontré las palabras para preguntarle-. He estado enamorado de ti durante todo este tiempo. Sin embargo, todas las veces que he tratado de acercarme a ti han sido intentos fallidos.
Recordé la visita de André a mi camerino en el Casino de París y el discurso cargado de moralina que le dediqué en Maxim's y no pude evitar sonrojarme.
– ¡Pero seguro que tuviste que notar que mis sentimientos habían cambiado! -protesté.
– Sí -respondió-, pero primero tenía que resolver ciertas cosas.
Me sentía tan exaltada que pensé que podría flotar desde mi asiento y volar por toda la habitación. ¿Acaso estaba soñando? André me acababa de decir que me amaba.
– ¿Qué tenías que resolver? -le pregunté.
– Mi padre.
Mi alegría se esfumó en un instante.
– ¿Tu padre?
André apartó la mirada.
– No quería que mi padre pensara que tú eras simplemente alguien con quien estaba pasando el rato hasta que me casara con otra mujer. Te respeto demasiado como para eso.
Recordé el guiño que me había dedicado monsieur Blanchard cuando André y yo visitamos a su familia en la Dordoña. Eso era exactamente lo que pensaba que yo era.
– Entonces, ¿tu padre te ha dado permiso? -le pregunté.
– No exactamente -contestó André, volviendo a mirarme-. Pero le gustas y respeta tu trabajo, y eso es un buen comienzo. Ahora tengo veintitrés años. Si esperamos pacientemente hasta que llegue mi treinta cumpleaños para casarnos, mi padre no podrá tener ni la menor duda de que estamos hechos el uno para el otro.
Miré fijamente el plato. André sonaba convencido, pero una duda me corroyó por dentro. Entendía el poder que monsieur Blanchard ejercía, no solo sobre su propia familia, sino sobre toda Francia. Casarse sin su permiso sería prácticamente imposible.
André se inclinó sobre la mesa y me atrajo hacia él.
– No quiero esperar tanto tiempo -me susurró.
Levanté los ojos para mirarle.
– ¡André, esto es de locos! -protesté-. ¿Te das cuenta de lo absurdo que es? Nadie comienza una relación amorosa así. Nos conocemos desde hace tres años y ni siquiera nos hemos besado nunca.
– Eso no es cierto -replicó-. ¿Acaso te has olvidado de la fiesta de fin de año en Berlín?
– ¿Entonces eras tú?
– Pensaba que lo habrías adivinado.
Negué con la cabeza.
– Me cogiste por sorpresa. Además, no hubiera podido asegurar que…
El sumiller se aproximó a nosotros de nuevo. Arqueó las cejas y yo negué con la cabeza. André me besó. La suavidad de sus labios hizo que mi corazón se fundiera y que me ardiera la piel. La llama se propagó desde mis labios por la columna vertebral hasta las piernas.
Cuando el sumiller finalmente llegó hasta nuestra mesa, debió de encontrar una nota solicitándole que nos enviara el champán por medio del servicio de habitaciones. André y yo teníamos que recuperar una gran cantidad de tiempo perdido.
«Esto no puede ser real», me dije a mí misma mientras André deslizaba mi camisola por los hombros y me besaba repetidamente los pechos. Sus besos me provocaban un hormigueo que me recorría la columna vertebral y la cara interior de las pantorrillas. Le agarré del pelo y aspiré el aroma a sándalo que lo impregnaba. Levantó los ojos y nuestras miradas se cruzaron y después me besó en los labios.
La mayoría de las relaciones amorosas comienzan con un arrebato de pasión que se esfuma hasta convertirse en una amistad si los amantes tienen suerte, o se enfría y muere si no la tienen. Sin embargo, André y yo habíamos tomado el mejor camino posible. Éramos amigos antes de ser amantes. No teníamos que construir una relación de confianza porque ya estaba ahí. Cada roce, cada exploración eran únicamente una extensión de todo lo que habíamos sentido el uno por el otro durante años.
Contemplé el mural de ninfas danzarinas en la pared del camarote. Había oído las historias subidas de tono de los encuentros sexuales de las coristas y los rumores terroríficos sobre las experiencias de la primera vez. No obstante, no había nada de horroroso en estar con André. Me deshice en cuanto me tocó. Recorrí con los dedos sus anchos hombros y sus brazos musculosos, admirando su belleza masculina. Deslizó las manos por debajo de mí y dirigió la boca hacia mis caderas.
– ¿Te gusta así? -me preguntó, respirándome contra el muslo.
– Sí, es muy agradable -confirmé.
Me imaginé sentada junto a un río en un día caluroso, el agua me hacía cosquillas en la piel. El lento roce de las manos de André me excitaba.
– Te amo -susurró, levantándose sobre mí y besándome incesantemente sobre la clavícula.
Noté como empujaba su erecto miembro contra mí. Abrí los muslos aún más para dejarle que se introdujera en mí. Le había esperado tanto tiempo que no había resistencia posible. Le rodeé las caderas con las piernas. A medida que se movía dentro y fuera de mi interior, se me activaron todos y cada uno de los nervios del cuerpo. Me sentía llena de luz. Me recorrió una sensación abrasadora por todo el pecho y un dolor placentero palpitó entre mis muslos, haciéndome jadear y arquear la espalda. André comenzó a moverse más deprisa y su propia respiración también se aceleró. Alargué la mano y agarré una almohada, incluso llegué a rasgar la tela con las uñas. La luz fue adquiriendo cada vez más intensidad antes de explotar en miles de estrellas y alejarse flotando.
Aparte de cenar en el restaurante del barco y de sacar a Kira a pasear por la cubierta, André y yo nos pasamos el resto de la travesía en la cama. Acordamos que tendríamos cuidado de que yo no me quedara embarazada hasta que nos casáramos, y André se vanagloriaba de haber comprado todas las existencias de capotes anglaises de la farmacia del barco.
– Todos los demás van a tener que aguantar las ganas o hacerse un nudo -comentó, echándose a reír.
La noche que yo iba a cantar para el capitán del barco y los pasajeros de primera clase, André y yo nos despertamos a las ocho de la tarde y nos bañamos y vestimos a toda prisa antes de mi actuación a las nueve en punto. Estaba acostumbrada a hacer rápidos cambios de vestuario, pero mi problema era el enorme enredo que se me había formado en la parte posterior de la cabeza tras una larga tarde de retozos amorosos.
– Tendrás que cortártelo -me dijo André, sosteniendo el revoltijo de pelo enredado mientras trataba de introducir un peine en él.
– ¡No! -repliqué-. No quiero tener una calva en la parte posterior de la cabeza.
– ¿Quizá podamos ponerle algo encima, un pañuelo, por ejemplo?
– Ninguno de ellos pega con lo que me voy a poner.
Tratamos de suavizarlo con el aceite capilar de André, pero lo único que conseguimos fue que mi pelo se quedara lacio.
– ¿Quizá podríamos pedir que nos trajeran clara de huevo de la cocina? -sugirió André, aunque solamente nos quedaba media hora antes de bajar al comedor.
Finalmente, decidimos lavarme la cabeza en el lavabo. Tras secarme el pelo con una toalla, saqué la cabeza por el ojo de buey para que lo acabara de secar la intensa brisa marina. El resultado fue un peinado ondulado que ocultó el enredo y no quedó demasiado mal después de que lográramos controlar el encrespamiento con un poco de crema.
Canté cuatro canciones y triunfé con el público. También causé sensación en el salón de belleza al día siguiente, donde una legión de mujeres asedió a las peluqueras pidiéndoles «el nuevo peinado de Simone Fleurier».
– En realidad es bastante fácil -le aseguró André a una mujer que se nos acercó para pedirme un autógrafo-. Pero tendrá que dedicarle toda la tarde si quiere conseguir uno igual que el de Simone.