– La avisaré con tiempo suficiente -me aseguró-. Ahora, trate de descansar todo lo que pueda. La gente paga mucho dinero por ver mis espectáculos y no desean ver a ninguna de nuestras damas con aspecto cansado.
– Algo pasa con el guionista -me aclaró André, tras hacer unas cuantas pesquisas-. Los Gershwin se están quejando de que McGuire parece esperar que las canciones de ellos lo inspiren. El único problema es que ellos no saben qué componer hasta que no vean el guión.
– Pero si la historia está inspirada en un libro -repliqué-. Es sobre una chica de Brooklyn que quiere llegar a ser corista de Ziegfeld. ¿Por qué le resulta tan difícil escribir un guión sobre eso? ¿Qué necesita McGuire para «inspirarse»?
André se encogió de hombros.
– Nunca había visto nada parecido. Pensaba que Lebaron y Minot estaban locos, pero al menos al final teníamos una programación y un espectáculo.
Pasaron dos semanas más sin que nada sucediera. André y yo nos resignamos a que si Ziegfeld no nos llamaba para finales de la semana, tendríamos que marcharnos a Sudamérica. Al día siguiente, tras telefonear pacientemente a Ziegfeld y que le dijeran que no estaba, André sugirió que fuéramos a Brooklyn. Nos montamos en las atracciones de Coney Island y nos pasamos la tarde caminando por el paseo marítimo.
Nos sorprendió la mezcla de nacionalidades de la gente que se encontraba a nuestro alrededor. No solo eran estadounidenses, sino que había italianos, rusos, polacos, españoles y puertorriqueños.
– Si pudieras vivir en cualquier lugar del mundo, ¿dónde vivirías? -le pregunté a André.
Me atrajo hacia sí de modo que pude sentir su cálido aliento en la mejilla y apretó la palma de su mano contra mi corazón.
– Sería feliz en cualquier parte siempre que tuviera un hueco aquí.
Me rendí a su tacto. «Soy la mujer más afortunada del mundo -pensé-. No solo tengo el amor del hombre al que adoro, sino que también cuento con su respeto». Parte de mí sabía que en Nueva York, lejos de la presión social de París, André y yo estábamos viviendo en puerto seguro. No obstante, aparté de mi mente los pensamientos sobre problemas y me dejé llevar por el amor que sentía sin dudas ni precauciones.
– Tú siempre tendrás un hueco en mi corazón -le respondí, acercándome a él para besarle en los labios-. Siempre.
Regresamos al hotel con la intención de hacer el amor, pero en su lugar nos encontramos con veinte telegramas de Ziegfeld preguntando dónde estábamos. Algunos contenían varios párrafos en un inglés tan enrevesado que yo apenas podía entenderlos. «Acudan al teatro en cuanto reciban esto», decía el último.
– ¿No podía haber dejado un mensaje por teléfono? -preguntó André-. Todos estos telegramas han debido de costarle una fortuna.
Nos cambiamos de ropa y cogimos un taxi hasta la calle 54.
– Algo me dice que esto no va a ponerse fácil -comenté.
– ¿Quieres que nos retiremos del trato? -me preguntó André-. A mí me parece bien si tú quieres retirarte. Podemos devolver el dinero. No tengo ganas de que me traten como a un perro con correa.
André tenía razón, por supuesto, pero le pedí que esperáramos hasta que viéramos qué sucedía cuando llegáramos al teatro aquella tarde.
Cuando nos presentamos allí, nos encontramos con Urban y los artistas en plena tarea. Los técnicos estaban probando las luces de un decorado que representaba Montmartre de noche. La escena era tan impresionante que André y yo nos quedamos parados en seco cuando la vimos. Urban empleaba un método llamado puntillismo para crear los colores de sus escenarios. Era la misma meticulosa técnica que utilizaban los impresionistas: puntos de colores puros unos junto a otros de modo que, cuando la luz recaía directamente sobre ellos, los tonos se fundían en una sola sombra. El efecto era una imagen más vibrante y animada que lo que se habría conseguido utilizando colores llanos.
– Mister Ziegfeld quería que lo vieran -dijo Goldie, recibiéndonos junto a la puerta de su despacho-. Es el decorado en el que cantará miss Fleurier.
– ¿Está mister Ziegfeld? -preguntó André-. Le diremos lo mucho que nos gusta.
– No -respondió Goldie-. Su esposa ha llamado y se ha tenido que ir a casa. Esta noche tenía su postre favorito: mousse de chocolate con fresas.
Reuniendo toda la paciencia que pudo, André le preguntó si los ensayos comenzarían pronto.
– Las pruebas son mañana -informó Goldie-. Y usted empezará los ensayos por la tarde.
Durante la semana siguiente, nos llamaron a André y a mí todos los días para el ensayo prometido, pero al final acabamos presenciando los de otros miembros del reparto o los interminables ejercicios de las coristas. No podía entender a Ruby Keeler. Era toda una belleza, de grandes ojos y facciones coquetas. También era una bailarina excepcional, con una agilidad técnica difícil de igualar. Sin embargo, cada vez que subía al escenario, parecía nerviosa y distraída. Durante un ensayo, la invadió de tal manera el miedo escénico que se quedó congelada en la parte superior de la escalinata. Su marido, Al Jolson, que estaba sentado junto a Ziegfeld, se puso en pie y comenzó a cantar la canción para ella. Realizó los giros melódicos a la perfección.
– ¡Esto es genial! -exclamó Ziegfeld-. Le utilizaremos a usted también en el espectáculo.
Aquella fue una táctica muy hábil por parte de Ziegfeld. Al Jolson era uno de los artistas favoritos de Estados Unidos. Además, había sido el primer actor en hablar en la primera película sonora, El cantante de jazz. No obstante, la inclusión de Jolson hizo que Ruby se pusiera aún más nerviosa.
– ¿Qué le pasa a esa chica? -me preguntó André-. Ya sé que tú te pones nerviosa cuando actúas delante del público, pero no en los ensayos. Y ya que en Show Girl va a interpretar su primer papel protagonista, no entiendo por qué no está más emocionada.
Yo sí podía entender sus nervios. Yo había sido muy afortunada de poder contar durante mi primer gran estreno con Minot, André y Odette para apoyarme.
– Quizá Ziegfeld la está agobiando -contesté-, o puede que esté cansada de tener que compararse todo el rato con su marido. Las malas lenguas dicen que ha conseguido este papel solo gracias a él.
– Creo que el problema es su marido -comentó André-. No me gusta. Me parece que es demasiado mayor para ella y la domina todo el tiempo.
André no me explicó su comentario y yo no le pregunté. Ya teníamos suficientes problemas propios. En mi escena, un turista estadounidense paseaba por París, soñando con volver a casa. Yo iba a interpretar a un golfillo callejero que se transforma en una bella diosa. Junto a mí, iban a actuar la bailarina Harriet Hoctor y el cuerpo de baile de Albertina Rasch. Cuando los Gershwin finalmente me entregaron las partituras, faltaba una semana para el estreno y algunos de mis ensayos duraron entre diez y doce horas, o tuvieron lugar a altas horas de la noche y se prolongaron hasta las primeras de la mañana. Demasiado para no dejarme exhausta.
Durante el primer ensayo con vestuario, la orquesta tocó la música con un ritmo equivocado y un foco que no habían fijado correctamente se estrelló contra el suelo a unos metros de donde estaba sentado el director técnico. Pero Ziegfeld no se dio ni cuenta. Se levantó de su asiento, con los brazos cruzados al pecho y el ceño fruncido.
– ¡Que venga el diseñador del vestuario! -bramó.
– Creo que está durmiendo -puntualizó uno de los tramoyistas.
– ¡¡¡No me importa!!! -gritó Ziegfeld y su rostro se puso morado-. ¡Que venga entonces alguien de vestuario!
Un momento después, el tramoyista regresó con un joven de ojos legañosos que no parecía muy feliz.
– ¿Cuál es el problema, mister Ziegfeld? -le preguntó.