En un fluido movimiento Jimmy tiró la mesa al suelo, abrió la puerta de una patada y agarró el microondas con ambas manos, preparado para estampárselo en la cabeza a quien estuviera allí fuera.
Fue recibido con un aullido de pavor que se interrumpió de golpe.
– ¡Joder, Jimmy! -bramó Colin, antes de romper a llorar de nuevo-. ¡Me has dado un susto de muerte! Creía que eras el puto pervertido que venía a joderme.
La reputación de ladrón que se había granjeado Colin era tal que lo primero que pensó Jimmy era que estaba saqueando la casa, hasta que vio el cubo a los pies del chico. Jimmy dejó el microondas en el suelo y se acercó con sigilo al cuarto trasero y a la escalera para echar un vistazo, como ya había hecho antes Colin. Desde donde estaba vio con claridad la estancia que daba a la calle, los estragos causados por los ladrillos, la ventana rota y la gente que esperaba fuera.
– ¿Qué pasa aquí? -inquirió tras agarrar al chico por los hombros para estrecharlo entre sus brazos.
– Todo el mundo se ha vuelto majara -dijo Colin entre sollozos-. La puta puerta está ardiendo pero la tetera no sirve de nada. -Se enjugó las lágrimas con la manga-. Mel está al otro lado, intentando impedir que empeoren las cosas, pero ha tenío que apartarse de la casa por el calor. Yo iba a abrir la puerta para echar agua a las llamas, pero tengo miedo de que Wesley me lance una bomba. Kev ya se ha pegao fuego como una puta antorcha… y se le ha quemao medio cuerpo.
Jimmy sacó en claro lo que pudo de aquella explicación.
– ¿Cómo has entrado?
– Por la ventana.
– Vale. -No perdió el tiempo con más explicaciones-. Los de fuera ya habrían incendiado el salón si hubieran querido -señaló-. Tú abre la puerta. Ya me encargaré yo del cubo de agua. ¿Estás preparado?
– Sí.
Jimmy agarró el asa del cubo.
– Una cosa… no la abras demasiado -advirtió- o acabaremos friéndonos. ¿Listo? Venga.
En cuanto la puerta empezó a abrirse y las llamas treparon por la jamba, Jimmy supo que el fuego era demasiado intenso para un solo cubo de agua. Volvió a cerrarla de una patada y lanzó el agua por el resquicio que quedaba entre la puerta y la jamba.
– Es demasiado tarde -dijo-. No podemos apagarlo desde aquí.
Colin empezó a sollozar de nuevo.
– ¡Hostia puta! ¿Y qué vamos a hacer ahora? Si arde esta casa, también arderá la de Mel… y Rosie y Ben están dentro. Por eso está intentando Mel que los muy capullos dejen de tirar bombas.
Jimmy pensó con rapidez y, acto seguido, se dirigió hacia la puerta del salón.
– Vuelve a salir y yo te iré pasando cubos de agua por la ventana. Que Mel y los de la fila te echen una mano. Cuando el fuego esté apagado, diles que se pongan delante de la puerta y de la ventana y que no se marchen hasta que yo te dé la señal. -Jimmy le puso la mano en la nuca y se la apretó para darle ánimos-. ¿Podrás hacerlo, colega?
– Claro. -Colin sentía tal alivio de que Jimmy se hubiera hecho cargo de la situación que no se le ocurrió preguntarle qué hacía allí o cómo sabía que Melanie había formado un cordón de gente delante de la casa del pervertido.
Centro de mando. Filmación desde el helicóptero de la policía
No era posible reconocer los rostros desde el aire, pero sí el pelo y la ropa. Los vándalos que habían saqueado los comercios tuvieron el acierto de ponerse gorra y de deshacerse de su atuendo en cuanto finalizaron los disturbios. Los de las barricadas llevaban pasamontañas y bufandas, e hicieron lo propio. Nunca se logró identificar a ninguno de ellos.
La grabación en vídeo de lo que ocurrió en Humbert Street era otra historia. Pocos pensaban que la vigilancia parapolicial fuera un delito, y al ver el helicóptero que planeaba sobre sus cabezas la gente volvía la cara hacia arriba y hacía gestos de rebeldía, como diciendo: así debería impartirse la justicia. Fuera los pervertidos. Las mismas reglas para Acid Row que para Portisfield. Ojo por ojo. Diente por diente. Miedo por miedo. Pese a su empeño en negar con posterioridad su presencia en el lugar, su participación o su incitación al asesinato, se identificó a más de un centenar de personas a partir de los fotogramas de la grabación en vídeo. Fue un largo y minucioso proceso que tardó más de dos años en finalizarse, pero que acabó en nada cuando el jurado no reconoció al primer acusado sometido a juicio en la máscara de odio en blanco y negro y granulada que se les presentó. Según su veredicto, no había parecido alguno entre el joven de dieciocho años sonriente, aseado y bien vestido que estaba sentado en el banquillo de los acusados y el adolescente de aspecto feroz de la fotografía. Tras aquel primer juicio los demás casos fueron retirados.
Al final, las únicas personas que reconocieron su participación en lo sucedido fueron el puñado de valientes que integraban el cordón protector de Melanie Patterson. Todas sus acciones fueron captadas por la cámara del helicóptero, desde la maniobra de contención de los jóvenes que lanzaban cócteles molotov hasta los esfuerzos por apagar el fuego y el intento de frenar el ataque cuando finalmente se desencadenó. Pero ninguna de aquellas personas acusó a nadie en concreto de instigación. Las intimidaba demasiado la cultura de la represalia contra los soplones que regía en el hampa de Acid Row.
La única excepción fue Wesley Barber.
Todo el mundo mencionó su nombre.
Capítulo 23
Sábado, 28 de julio de 2001.
Interior del nº 23 de Humbert Street
Jimmy aguzaba el oído cada vez que iba a la cocina para llenar el cubo y los demás recipientes. Una vez, oyó un golpazo sordo, como si la cabeza de alguien se hubiera estampado contra el suelo; en otra ocasión, creyó oír voces. En el piso de abajo no había nadie, de eso no cabía duda. Al ir de la cocina al salón, Jimmy había abierto la puerta del cuarto trasero de golpe y echado un vistazo para comprobar que se encontraba vacío. De gente.
Estaba repleto de otras cosas. Una cueva de Aladino llena de instrumentos y equipos sonoros. Ordenadores. Sintetizadores. Mesas de mezclas. Amplificadores. Teclado. Guitarras. Batería. Incluso un saxofón. Para un hombre como Jimmy, era una fuerte tentación. Un pobre estudio de grabación. Todo lo que necesitaba para enmendarse. Desde el momento en que lo vio, aquello determinó sus pensamientos. No quería conseguirlo por medio del pillaje o el robo. Lo quería conseguir por sus propios medios.
La tercera vez que pasó por delante del cuarto, revisó la cerradura y encontró una llave en la parte interior de la puerta. En cuestión de medio segundo la echó y se la guardó en el bolsillo cerrado con cremallera del pantalón. No serviría de mucho para disuadir a los atacantes si los muy imbéciles se empeñaban en derribar la puerta, pero podría aguantar lo suficiente para que le diera tiempo a volver y recuperar el botín.
Más tarde, naturalmente, Jimmy lamentó haber cerrado con llave la puerta, pues con ello eliminó el único escondite que había en la horrible casa.
Pero es fácil acertar a toro pasado…
La audacia de Sophie había ido en aumento a medida que avanzaba la tarde. Si Franek volvía a ponerle la mano encima, se había dicho, le sacaría un ojo, le atizaría un rodillazo en los testículos, le mordería, le arañaría y lo dejaría lisiado. Desde luego, no se rendiría. Prefería luchar hasta el final a hacerle pensar que una mujer podía conseguirse así como así. Valientes ideas. Sacadas de la ficción, no de la vida real. Concebidas para reafirmar la confianza en sí misma cuando aún se encontraba en pie y asía un arma. Imposibles de poner en práctica mientras yacía en el suelo boca arriba.
Estaba inmovilizada como una mariposa clavada a una tabla, incapaz de liberarse. Franek la aplastaba con el peso de su cuerpo, al tiempo que le sujetaba las manos pegadas al suelo por encima de la cabeza y le tapaba la boca y la nariz con su pecho rollizo y sus rizos negros y abundantes, impidiéndole gritar. El anciano apestaba a mugre y sudor, y Sophie notó cómo le subía por la garganta una arcada de asco y derrota que amenazaba con asfixiarla. No sabía si era el miedo o la fuerza del hombre lo que le había robado las energías. Lo único que sabía era que, si no quería que le pegara de nuevo, lo más sensato era permanecer callada y no provocarle.