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– Oiga, señorita, ¿y qué no habría manera de que nos arregláramos entre nosotras para que me dejen conocer a mi alma gemela?

– ¡No, señora, no la hay! Y mire, hay mucha gente en el mismo caso que usted. Todos quieren tener belleza, dinero, salud y fama sin haber hecho méritos. Ahora que si usted verdaderamente quiere a su alma gemela sin habérsela ganado, le podemos tramitar un crédito, siempre y cuando se comprometa a pagar los intereses.

– ¿De cuánto estamos hablando?

– Si usted firma este papel la ponemos en contacto con su alma gemela en menos de un mes, pero se tiene que comprometer a pasar diez vidas más al lado de su actual esposo sufriendo golpes, humillaciones, o lo que sea. Si usted está dispuesta a aguantar, ahorita mismo lo hacemos.

– No. Por supuesto que no estoy dispuesta.

– Si así es la cosa, son muy buenos para pedir, pero no para pagar. Por eso hay que pensar muy bien lo que se quiere.

Azucena se sintió apenada de haber escuchado los reclamos de Cuquita. Aunque le caía mal, no era nada agradable verla padecer. Lo peor era que Azucena sabía muy bien que Cuquita no tenía el menor chance de obtener una autorización para conocer a su alma gemela. Pobre. Quién sabe cuántas vidas más tenía que esperar. Bueno, Azucena a esas alturas estaba llegando a la conclusión de que el amor y la espera eran una misma cosa. El uno no existía sin el otro. Amar era esperar, pero paradójicamente era lo único que la impulsaba a actuar. O sea, la espera la había mantenido activa. Gracias al amor que Azucena le tenía a Rodrigo había hecho infinidad de colas, había adelgazado, había purificado su cuerpo y su alma. Pero a raíz de su desaparición no podía pensar en otra cosa que no fuera saber su paradero. Su arreglo personal era deplorable. Ya no le importaba peinarse. Ya no le importaba lavarse los dientes. Ya no le importaba tener un aura luminosa. Ya no le importaba nada de lo que pasara en el mundo a menos que estuviera relacionado con Rodrigo. El compañero de fila que estaba atrás de Azucena ya le había platicado setenta y cinco vidas pasadas y ella no le había prestado la menor atención. Su conversación le resultaba soporífera, pero su amigo fortuito no lo había notado, pues Azucena mantenía una expresión neutra en el rostro. Nadie, al verla, podría presumir que estaba empezando a sentir sueño. Ese hombre parecía ser la cura perfecta para el insomnio galopante que la traía atormentada desde la desaparición de Rodrigo. Había tratado de todo para remediarlo, desde té de tila o leche con miel, hasta su método infalible, que consistía en recordar todas las cosas que había hecho en la vida. El chiste era contar en cuenta regresiva una por una a las personas que habían sido atendidas primero que ella en la ventanilla. Hasta antes de perder a Rodrigo ese método nunca le había fallado. Pero ya no le funcionaba más. Cada vez que pensaba en una fila, se acordaba de la ilusión con que la había hecho, esperando ser besada, acariciada, apretujada… Y, entonces, el sueño se le espantaba, salía huyendo por la ventana y no había manera de alcanzarlo. Ahora, quién sabe si a causa de la combinación del calor aunada a la plática de su compañero de fila, pero la verdad era que estaba a punto de cerrar los ojos. Ese hombre fácilmente podría dormir a un batallón completo con sus historias. Escucharlo era de hueva infinita.

– ¿Y ya le platiqué mi vida de bailarina?

– No.

– ¿Noooo? Bueno, en esa vida… ¡Fíjese cómo serán las cosas! Yo no quería ser bailarina, quería ser músico, pero como en otra vida había sido rockero y había dejado sordos a muchos con mi escandalero, pues no me dejaron tener buen oído para la música, así que no me quedó otra que ser bailarina… ¡Ay, y no me arrepiento, oiga! ¡Lo adoré! Lo único horrible, de veras, eran los juanetes que me sacaron las zapatillas, pero de ahí en fuera ¡me encantaba bailar de pumitas! Era algo así como flotar y flotar en el aire… como… ¡Ay no sé cómo explicarme…! Lo malo es que me mataron a los veinte años, ¿usted cree? ¡Ay, fue horrible! Yo iba saliendo del teatro y unos hombres me quisieron violar, como yo me resistí, uno de ellos me mató…

Azucena se enterneció al ver llorar como un niño chiquito a ese hombre tan grande, fornido y horroroso. Sacó un pañuelo y se lo dio. Mientras él se secaba las lágrimas, Azucena trató de imaginárselo bailando de puntitas, pero no le fue posible.

– Fue algo bien injusto, porque yo estaba embarazada… y nunca pude ver a mi hijito…

El hombre había pronunciado las palabras clave para llamar la atención de Azucena: «Nunca pude ver a mi hijito.»

Si de algo sabía Azucena era del dolor de la ausencia. De inmediato se identificó con la pena de ese pobre hombre que nunca pudo ver a esa persona tan amada y esperada. Sin embargo, no se le ocurrió cómo consolarlo y se limitó, pues, a verlo con una mirada de conmiseración.

– Por eso vine a reclamar. En esta vida me tocaba un cuerpo de mujer para terminar con mi aprendizaje de la otra vida, y por una equivocación nací dentro de este cuerpo tan horroroso. ¿A poco no está feo?

Azucena trató de animarlo pero no se le ocurrió ni un solo piropo. El hombre realmente era feo como pegarle a Dios.

– ¡Ay! No sabe lo que diera por tener uno así como el suyo. Odio tener cuerpo de hombre… Como no me gustan las mujeres, pues tengo que tener relaciones homosexuales, pero la mayoría de los hombres, ¡son unos bruscos! No saben cómo ser tiernos conmigo… y lo que yo necesito es ternura… ¡ Ay!, si yo tuviera un cuerpo fino y delicado, me tratarían delicadamente…

– ¿Y no ha pedido un trasplante de alma?

– ¡Uy, que si no! Llevo diez años haciendo cola, pero cada vez que hay un cuerpo disponible, se lo dan a otro y no a mí. Estoy desesperado…

– Bueno, espero que pronto se lo den.

– Yo también.

El hombre regresó a Azucena el pañuelo que le prestó. Azucena lo tomó de una puntita porque estaba lleno de mocos y finalmente decidió regalárselo al hombre en lugar de guardarlo en su bolsa. Él se lo agradeció mucho y se despidieron apresuradamente, pues a Azucena ya le tocaba el turno de ser atendida.

– Ya le toca, gracias y hasta luego. Que tenga suerte.

– Usted también.

– El que sigue.

Azucena se acercó a la ventanilla.

– ¿Asunto?

– Mire, señorita, yo metí mis documentos en la oficina de escalafón astral hace mucho.

– Los asuntos de escalafón son en la otra cola. El que sigue.

– ¡Oiga, déjeme terminar…! Ahí me dijeron que ya estaba en condiciones de conocer a mi alma gemela, me pusieron en contacto con él y nos vimos.

– Si ya se encontró con él, ¿a qué viene? Su asunto ya está resuelto. El que sigue…

– ¡Espérese! No he acabado. El problema es que desapareció de un día para otro y no lo encuentro. ¿Me podría dar su dirección?

– ¿Cómo? ¿Se encontró con él y no sabe la dirección?

– No, porque sólo me dieron su número aereofónico. Ahí le dejé un mensaje y él fue a mi casa.

– Pues llámele de nuevo. El que sigue…

– Oiga, de veras usted cree que soy imbécil, ¿verdad? Lo he llamado día y noche y no me contesta. Y no puedo ir a su casa porque no estoy registrada en su aerófono. ¿Me hace el favor de darme su dirección o quiere que arme un escándalo? Porque, óigame bien, ¡yo no me voy a ir de aquí sin la dirección! ¡Usted dice si me la va a dar por la buena o por la mala!

Los gritos de Azucena iban acompañados de una mirada marca chamuco que logró aterrorizar a la señorita burócrata. Con gran docilidad tomó el papel que Azucena le extendió con los datos de Rodrigo y diligentemente buscó la información en la computadora.

– Ese señor no existe.

– ¿Cómo que no existe?

– No existe. Ya lo busqué en los encarnados y en los desencarnados y no aparece en ningún registro.

– No es posible, tiene que estar, señorita.

– Le digo que no existe.