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– Buenas tardes.

– ¿Le pasa algo?

– No, es que estoy viendo mi telenovela.

Azucena se había olvidado por completo que Cuquita no atendía a nadie a la hora de su telenovela preferida: la versión moderna de El derecho de nacer.

– ¡Discúlpeme! Se me olvidó por completo… Lo que pasa es que me urge saber quién vino a arreglar mi aerófono…

– ¡Pues quién iba a ser, los de la compañía agrofónica!

– ¿Y traían una orden?

– ¡Pues claro! Yo no ando dejando entrar a nadie así como así.

– ¿Y no dijeron si iban a regresar?

– Sí, dijeron que mañana venían a terminar el trabajo… y si no tiene más preguntas me encantaría que me dejara ver mi telenovela…

– Sí, Cuquita, perdóneme. Gracias y hasta mañana.

– ¡Mjum!

El portazo de Cuquita en su cara le golpeó con la misma fuerza que la palabra «¡Peligro!» en su cerebro. Los supuestos aerofonistas suponían que ella supuestamente había muerto. Y por supuesto que esperaban recoger su cadáver al día siguiente y, supuestamente, sin ningún problema. ¡Hijos de supuesta madre! Al día siguiente regresarían, pero ¿a qué hora? Cuquita no se lo había dicho, pero si le tocaba de nuevo la puerta la mataba. Lo más probable era que esos hombres vinieran en horas hábiles, porque se estaban haciendo pasar por trabajadores de la Compañía Aereofónica. Bueno, tenía toda la noche para organizar su mente y diseñar una estrategia de defensa. Por lo pronto, había que deshacerse del bigotón. Azucena regresó rápidamente a su departamento y buscó en la bolsa del pantalón del cornudo su tarjeta de identificación personal. Después, marcó el número aereofónico que ahí aparecía, metió al bigotón en la cabina y lo mandó de regreso a su casa. ¡No cabía duda que, si ése no había sido el día de suerte para aquel hombre, sí había sido el día de las sorpresas desagradables para su esposa! ¡La cara que iba a poner cuando lo viera! Y Azucena no quería enterarse de la culpa que la iba a atacar después. ¡Bueno, pero nuevamente ella qué tenía que estarse metiendo en lo que no le importaba! Era a causa de una deformación profesional, que siempre se preocupaba por los efectos traumáticos que las tragedias tenían en los seres humanos.

Sentía mucha pena por ese hombre que había truequeado su destino con el de ella. Le estaría agradecida para siempre. La había salvado de morir. Pero ahora ¿quién la iba a salvar del peligro en que se encontraba? Si al menos ese hombre también hubiera truequeado su cuerpo con ella, le habría hecho el favor completo, pues los aerofonistas llegarían, se encontrarían con su cuerpo inerte, la darían por muerta y ella podría seguir buscando a Rodrigo aunque fuera en el cuerpo del bigotón. ¡Intercambio de cuerpos! ¡El «coyote»! ¡Lotería! Azucena sólo tenía que presentarse muy de mañana en la Procuraduría de Defensa del Consumidor y de seguro encontraría al «coyote» que ofrecía el servicio de trasplante de alma a cuerpos sin registro. Sabía que eso representaba entrar de lleno en el terreno de la ilegalidad, que se estaba arriesgando a que en la oficina de Escalafón Astral se enteraran de sus actividades ilícitas y le cancelaran su autorización para vivir al lado de su alma gemela. Pero a esas alturas a Azucena ya no le quedaba otra salida. Estaba dispuesta a todo.

* * *

Mientras estaba al acecho del «coyote», infiltrada en la cola de gente que esperaba que abrieran las oficinas de la Procuraduría de Defensa del Consumidor, Azucena no podía dejar de pensar en quién y por qué quería matarla. Ella ya había pagado todos sus karmas. No tenía enemigos ni debía ningún crimen. La única que la detestaba era Cuquita, pero no la creía tan inteligente como para preparar una muerte tan sofisticada. Si hubiera tenido intención de matarla, hacía mucho que le habría enterrado un cuchillo de cocina por la espalda. Entonces, ¿quién? La desagradable imagen del «coyote» doblando la esquina interrumpió sus cavilaciones. Azucena salió a su encuentro. En cuanto el «coyote» la vio venir, sonrió maliciosamente.

– ¿Qué? ¿Ya cambió de opinión?

– Sí.

– Sígame.

Azucena siguió al «coyote» por varias cuadras y poco a poco se adentraron en el barrio más antiguo y deteriorado de la ciudad. Penetraron en lo que en apariencia era una fábrica de ropa y bajaron al sótano por unas escaleras falsas. Azucena, horrorizada, entró en contacto con lo que era el tráfico negro de cuerpos.

Ese negocio lo había iniciado sin querer un grupo de científicos a fines del siglo XX al experimentar con la inseminación artificial en mujeres estériles. Ésta se practicaba de la siguiente manera: primero se extraía un óvulo de la mujer por medio de una operación. Este óvulo era fecundado en probeta utilizando el esperma del esposo. Y cuando el feto de probeta tenía varias semanas, se implantaba en el vientre de la mujer. Algunas veces la mujer no podía retener el producto y abortaba. Entonces había que repetir todo el proceso. Como la operación quirúrgica resultaba molesta, los científicos decidieron que en lugar de extraer un óvulo, extraerían varios a la vez. Los fecundarían todos por igual, de manera que si por alguna razón fracasaba el primer intento de implantación, contaban con un feto de repuesto, de la misma madre y del mismo padre, listo para ser introducido en el útero. Como no todas las veces era necesario utilizar un segundo y mucho menos un tercer feto, los sobrantes fueron congelados dando inicio así al banco de fetos. Con ellos se realizaron todo tipo de experimentos inhumanos, hasta el momento del gran terremoto. Desde ese tiempo el laboratorio y el banco de fetos quedaron sepultados por muchos años bajo tierra. En este siglo, al estar haciendo una remodelación en una tienda, habían descubierto los fetos congelados. Un científico sin escrúpulos los había comprado y con técnicas modernas había logrado desarrollar cada feto en un cuerpo adulto. El negocio se le presentaba ideal. El único ser capaz de implantar el alma dentro de un cuerpo humano es la madre. Estos cuerpos no la tenían, por lo tanto, no tenían alma. Tampoco tenían registro, pues no habían nacido en ningún lugar controlado por el gobierno. En otras palabras, ¡sólo esperaban que alguien les trasplantara un alma para poder existir! Y al «coyote» le encantaba realizar ese tipo de «buenas obras».

Azucena lo siguió por los tétricos pasillos. No sabía cuál cuerpo elegir. Había de todos tamaños, colores y sabores. Azucena se detuvo frente al cuerpo de una mujer que tenía unas bellas piernas. Ella siempre había soñado con tener unas piernotas. Las suyas eran muy flacas y, aunque tenía infinidad de virtudes intelectuales y espirituales para compensar ese defecto, siempre le había quedado el gusanito de tener unas piernas esculturales. Azucena dudó por un minuto, pero como no tenía mucho tiempo para gastar en indecisiones, pues los aerofonistas estaban por llegar a su casa, rápidamente señaló el cuerpo al mismo tiempo que decía «¡Ese!» En cuanto escogió el cuerpo, pidió que le hicieran el trasplante de inmediato. Eso aumentó el costo, pero ni modo. En la vida hay cosas que ni qué.

En un abrir y cerrar de ojos, Azucena ya estaba dentro del cuerpo de una mujer rubia, de ojos azules y piernotas. Se sentía muy extraña, pero no podía detenerse a reflexionar sobre su nueva condición. Pagó por su servicio y la condujeron a una cabina aereofónica secreta desde donde envió su antiguo cuerpo a su departamento. Ni siquiera pudo despedirse de él. Inmediatamente después, se trasladó a la cabina aereofónica que quedaba más cerca de su domicilio. Quería llegar más o menos al mismo tiempo que su cuerpo, pues necesitaba estar presente cuando los aerofonistas fueran a recoger su cadáver para verles las caras a sus enemigos. Había tenido el cuidado de dejar los alambres conectados tal y como los había encontrado. De esa manera, al entrar su viejo cuerpo a su casa «moriría» tal y como los asesinos lo esperaban, y así dejarían de molestarla. Azucena estaba parada en la esquina de su calle. Desde ahí podía observar perfectamente el movimiento en su edificio. Aunque ella también era objeto de observación y no dejaba de recibir piropos dirigidos a sus piernotas.