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– ¡Sí, cómo no!

Cuquita colgó la bocina. Su imagen desapareció de la pantalla de la entrada. Azucena tocó nuevamente.

– ¿Otra vez usted? Mire, si no se va voy a llamar a la policía.

– Está bien, háblele. Yo creo que a la policía le va a interesar mucho saber dónde compra usted los virtualibros para su abuelita.

Cuquita no respondió. Se había quedado muda. ¿Quién demonios era esa mujer que sabía del asunto de los virtualibros? Efectivamente, la única que lo sabía era Azucena.

– Cuquita, por favor déjeme entrar y le platico todo. ¿Sí?

Cuquita rápidamente le permitió la entrada a Azucena.

* * *

Conforme Azucena contaba su historia, Cuquita se sentía cada vez más cerca de ella. Ya no la veía como al enemigo ni como al ser superior al que tenía que envidiar por definición. Por primera vez la veía de tú a tú, a pesar de que pertenecía a un partido político diferente: el de los evolucionados. La lucha de clases entre ellas siempre había sido una barrera. Recientemente se había agudizado a causa de la nueva norma emitida por el gobierno que indicaba que los evolucionados debían llevar una marca visible en el aura: una estrella de David a la altura de la frente. La intención era identificar de entrada al portador de la estrella para que obtuviera trato preferencial en donde fuera. Los evolucionados tenían derecho a infinidad de beneficios. Para ellos eran los mejores lugares en las naves espaciales, en los hoteles, en los centros vacacionales y, lo más importante, sólo ellos tenían acceso a puestos de confianza. Eso era lógico, a nadie se le ocurriría poner las arcas de la Nación en manos de un no evolucionado. De lo contrario, lo más probable sería que a causa de sus antecedentes criminales y su falta de luz espiritual terminara saqueando las arcas. Pero para Cuquita esa situación no era nada justa. ¿Cómo iban a dejar los no evolucionados su baja condición espiritual si nadie les daba la oportunidad de demostrar que estaban evolucionando? No era justo que porque en otra vida habían matado a un perro en esta fueran catalogados como «mataperros». Tenían que luchar por su derecho a ejercer el libre albedrío, y por eso se había creado el PRI. Cuquita era una activista muy entusiasta de su partido, y su máxima aspiración era llegar a obtener el derecho a conocer a su alma gemela al igual que su vecina, la evolucionada. ¡Cómo la había envidiado el día que se enteró que se había encontrado con Rodrigo! Pero lo que era el destino, en ese momento estaban en la misma situación de abandono, de angustia y de desesperación. Su mirada se había suavizado, y se conmovió hasta las lágrimas cuando Azucena compartió con ella su historia de amor. Las dos, abrazadas como viejas amigas, se prometieron guardar silencio. Ni Cuquita iba a soltar la información sobre la verdadera identidad de Azucena, ni Azucena iba a decirle a nadie sobre los virtualibros de la abuelita de Cuquita.

Y ya entradas en confianza, Cuquita se atrevió a preguntarle algo: ¿cómo le iba a hacer el lunes, cuando se presentara a meter sus papeles en CUVA, para que la auriografía que le habían tomado correspondiera con la de su nuevo cuerpo? Azucena se quedó boquiabierta. No había pensado en eso. Cuando a uno lo que le importa es sobrevivir pierde la perspectiva general de los problemas. ¿Cómo le iba a hacer? De pronto recordó que le habían cerrado la ventanilla antes de meter sus papeles. Eso le daba oportunidad de tomarse una auriografía con su nuevo cuerpo en cualquier lugar y sustituirla por la de CUVA, y… y súbitamente se le fue el color del rostro. ¡Tenía un nuevo cuerpo! Nunca pensó que al hacer el intercambio de almas la microcomputadora se iba a quedar dentro de su antiguo cuerpo. ¡Ése sí que era un problema mayor! Sin esa microcomputadora no podía ni acercarse al edificio de CUVA. Fotografiaban los pensamientos de todas las personas desde una cuadra a la redonda. Tenía que ir a ver al doctor Diez de inmediato. Tenía que instalarse otra microcomputadora en la cabeza.

* * *

Azucena tomó aire antes de tocar en la puerta del consultorio del doctor Diez. Había subido a pie los quince pisos. El aerófono del doctor no dejaba de sonar ocupado. Seguramente estaba descompuesto. Y como ella no podía utilizar el aerófono de su consultorio porque su nuevo cuerpo no estaba registrado en el campo electromagnético de protección, tuvo que fletarse a pie las escaleras. Cuando más o menos recuperó el aliento, tocó a la puerta de su querido vecino. La puerta estaba abierta. Azucena la empujó y descubrió la causa por la que la línea del doctor Diez sonaba ocupada: el cuerpo del doctor, al morir, había caído justo en medio de la puerta del aerófono interfiriendo con el mecanismo que la cerraba. El doctor había muerto de igual forma que el bigotón. A Azucena se le fue el aliento. ¿Qué estaba pasando? Otro crimen en menos de una semana. Empezó a temblar. Y fue ahí cuando escuchó a la violeta africana del doctor llorar quedamente. El doctor Diez tenía la misma costumbre que Azucena, dejaba conectadas sus plantas al aparato planto-parlante. Azucena tenía náusea. Se metió en el baño y vomitó. Decidió irse rápidamente. No quería que la encontraran allí. Salió corriendo no sin antes tomar a la violeta africana entre sus manos. Si la dejaba en la oficina iba a morir de tristeza.

* * *

Azucena está acostada en su cama. Se siente sola. Muy sola. La tristeza no es buena compañía. Entumece el alma. Azucena enciende la televirtual más para sentir a alguien a su lado, que para ver qué sucede. Abel Zabludowsky aparece de inmediato junto a ella. Azucena se acurruca a su lado. Abel, como imagen televirtuada que es, no siente la presencia de Azucena, pues él en verdad no se encuentra ahí sino dentro del estudio de la televirtual. El cuerpo que aparece en la recámara de Azucena es una ilusión, una quimera. Azucena, de cualquier modo, se siente acompañada.

Abel habla sobre la gran trayectoria del ex candidato a la Presidencia Mundial. El señor Bush era un hombre de color, proveniente de una de las familias más prominentes del Bronx. Su niñez la había pasado dentro de esta colonia residencial. Había asistido a las mejores escuelas. Desde niño había mostrado una inclinación natural por el servicio público. Había desempeñado infinidad de actividades de carácter humanista, etcétera, etcétera, etcétera. Pero Azucena no escuchaba nada. No le interesa lo que Abel diga en esos momentos. Lo que a ella le interesa es saber quién y por qué mató al doctor Diez. La muerte del doctor la tiene muy afectada. No sólo porque era un buen amigo sino porque sin su ayuda ella nunca podrá entrar a trabajar en CUVA, y esto significa el fin de la esperanza de encontrar a Rodrigo. ¡Rodrigo!

Se le hace tan lejano el día en que compartió esa misma cama con él. Ahora tiene que hacerlo con Abel Zabludowsky, que no es sino un patético e ilusorio sustituto. Rodrigo era tan diferente. Tenía los ojos más profundos que ella había conocido, los brazos más protectores, el tacto más delicado, los músculos más firmes y sensuales. La vez que estuvo entre los brazos de Rodrigo se sintió protegida, amada, ¡viva! El deseo inundó cada una de las células de su cuerpo, la sangre martilló sus sienes con pasión, el calor la invadió exactamente… exactamente como lo que estaba sintiendo ahora en brazos de Abel Zabludowsky. Azucena abrió los ojos alarmada. ¡No podía ser que estuviera tan cachonda! ¿Qué le pasaba? Lo que sucedía era que, efectivamente, estaba acurrucada sobre el cuerpo de Rodrigo, y Abel Zabludowsky había desaparecido. Sólo se escuchaba su voz alertando a la población.

– El hombre que todos ustedes están viendo es el presunto cómplice del asesino del señor Bush y es buscado por la policía.

En la pantalla apareció un número aerofónico para que todo aquel que lo identificara se comunicara de inmediato con la Procuraduría General del Planeta.

Azucena brincó. ¡No era posible! Eso era una mentira, ¡una vil mentira! Rodrigo estuvo con ella el día del asesinato. Él no tuvo nada que ver en ese crimen. De cualquier manera estaba muy agradecida de que lo hubieran confundido con el criminal en cuestión pues de esa forma pudo gozar de su presencia. Con mucha delicadeza empezó a acariciarle el cuerpo, pero le duró muy poco el gusto pues la querida imagen de Rodrigo se desvaneció lentamente y en su lugar apareció la del ex compañero de fila que tuvo en la Procuraduría de Defensa del Consumidor. La ex bailarina frustrada que la había matado y que, al parecer, también había asesinado al doctor Diez.