Cuatro
El departamento de Azucena recobraba el orden. Cuquita estaba en plena mudanza. Ya no había ningún problema para que regresara a su departamento a vivir tranquilamente en compañía de su abuelita. Azucena le había ofrecido que se quedara con ella unos días más, pero Cuquita se había rehusado. Azucena le había insistido e insistido sin lograr convencerla. Su obstinada propuesta no se debía tanto a que pensara extrañar mucho a su vecina, sino a que Cuquita planeaba llevarse a Rodrigo junto a ella. Cuquita, por su lado, haciendo gala de terquedad le dio a Azucena miles de razones por las que tenía que mudarse con todo y Rodrigo. La más convincente fue la de que ante todo el vecindario Rodrigo, o más bien el cuerpo que él ocupaba, era el marido de Cuquita. Nadie sabía que ese cuerpo seboso albergaba un alma buena y evolucionada. Por otro lado, a nadie le convenía que el populacho se enterara, así que para no levantar sospechas lo más conveniente era que Rodrigo se mudara a la portería.
– De veras que ni tiene por qué preocuparse, si sólo va a ser el puro block -le dijo. Claro que Cuquita decía eso de dientes para fuera, porque en el fondo no era nada tonta y quería a Rodrigo para ella sólita. Y sobre todo quería presumirle a las demás vecinas que su esposo por fin se había reivindicado.
El pobre de Rodrigo era el que, aparte de seguir viviendo en la confusión total, se veía muy perjudicado con la decisión. Le habían informado que tendría que aparentar ser el esposo de Cuquita, quien, aunque no era su esposa real, sí era la esposa del cuerpo que él ocupaba, y que le convenía simularlo lo mejor posible por su propio bien, ya que si la gente se enteraba de su verdadera personalidad su vida corría peligro. Él no había podido cuestionar nada. En su amnesia no estaba en posibilidades de imponerse. Lo único que había suplicado era que le explicaran muy bien a la abuelita de Cuquita cómo estaba la situación, pues ella seguía confundiéndolo con Ricardo Rodríguez y, en consecuencia, tratándolo de la patada. Se sentía muy incómodo. De ninguna manera le agradaba la idea de vivir al lado de esas mujeres que ni eran de su familia ni nada, y que, para colmo, se cobraban muy caro el favor que le estaban haciendo al esconderlo en su casa. Lo habían puesto a empacar todas las cosas mientras ellas gozaban de la vida. Cómo le gustaría recuperar cuanto antes la memoria para poder regresar al lado de su verdadera familia, pero para eso tenía que trabajar mucho en el campo de su subconsciente. ¡Le urgía tanto tener una sesión de astroanálisis con Azucena! Pero Azucena posponía y posponía el momento. La excusa que le daba era que él primero tenía que terminar con la mudanza para poder dedicarle todo el tiempo posible sin ninguna presión. Bueno, eso fue lo que Azucena le dijo, pero la verdadera razón era que estaba esperando que Cuquita y su abuelita se fueran para tener la sesión a solas con él, sin metiches al lado. Mientras tanto, todos intentaban sacar provecho a los últimos minutos que pasarían juntos. Cuquita se había puesto a ver la televirtual a sus anchas, la abuelita a dormir en el solecito de la terraza antes de refundirse nuevamente en el frío y húmedo departamento que habitaban, y Azucena a utilizar la Ouija cibernética antes de que se la llevara su dueña.
Había puesto una de las hojas de la violeta africana dentro del matraz con el líquido especial fabricado por Cuquita y enseguida había empezado a recibir por el fax imágenes de todo lo que la planta había presenciado en su vida. La mayoría de ellas no tenían la menor importancia. Azucena ya estaba a punto del sopor cuando apareció una foto que la hizo brincar de su asiento. En ella se veían los dedos del doctor Diez introduciendo cuidadosamente una microcomputadora dentro del oído de… ¡nada menos que ISABEL GONZÁLEZ!
Esa foto confirmaba varias cosas. En primera, que la pinche Isabel no era ninguna santa. En segunda, que el doctor Diez le había fabricado una, si no es que varias vidas falsas, dentro de esa microcomputadora. En tercera, que si ella había necesitado una vida falsa era porque tenía un pasado muy oscuro que de conocerse le impediría ser Presidenta. Y en cuarta, ¡que la violeta africana era un testigo importantísimo de la implantación del aparato! ¡No sólo eso! La violeta africana también había presenciado el asesinato del doctor. Con lujo de detalles, fueron apareciendo las fotos en que se veía a los guaruras de Isabel alterar los cables de la alarma de protección de la cabina aereofónica del consultorio del doctor Diez con el objetivo de causar su muerte. ¡Bendita Cuquita y su Ouija cibernética! Gracias a ellas había descubierto lo que parecía ser la punta de un iceberg. Tenía en las manos elementos para inculpar a Isabel. Tenía que poner las fotos en un lugar muy seguro. Pero antes tenía que ponerle agua a la violeta africana. La pobrecita se veía medio pachucha, pues durante el viaje a Korma nadie la había regado. No podía dejar que se muriera, ya que era su testigo clave. ¿Dónde había quedado? La había dejado sobre la mesa y misteriosamente había desaparecido. Azucena empezó a buscarla como una loca entre las maletas de Cuquita. Rodrigo, al ver que estaba deshaciendo su trabajo de toda la mañana, se enfureció con ella y se enfrascaron en tremenda discusión, que terminó cuando él finalmente confesó que la había puesto en el baño. Azucena corrió a rescatarla y dejó a Rodrigo hablando solo.
En ese preciso instante la puerta del aerófono se abrió y aparecieron Teo y Citlali. Rodrigo se quedó mudo al ver a Citlali. Puso en el rostro la misma expresión que cuando la vio por primera vez. A veces, realmente es una ventaja enorme no tener memoria, pues al no recordar las cosas malas que otras personas le han hecho a uno, se las puede ver sin ningún prejuicio. De otra manera, el recuerdo se convierte en una barrera tremenda para la comunicación. Al ver a una persona que anteriormente nos lastimó, uno dice: «Esta persona es mala porque me hizo esto o aquello.» Uno tiene que ignorar el pasado para establecer vínculos sanos y dar oportunidad a que las relaciones crezcan hasta donde tienen que crecer. Al no tener memoria, no existen los prejuicios. Los juicios, en definitiva, nos acercan o nos alejan de los otros, y hay que saber hacerlos a un lado para poder captar la verdadera esencia de cualquier persona. Esto suena muy fácil, pero no lo es. La mayoría de las personas fabrican juicios constantemente para disimular su incapacidad para captar este tipo de energía tan sutil. Que si es muy alto, que si pertenece al partido de oposición, que si es extranjero, todo ello se convierte en una barrera infranqueable y la intolerancia nos domina. En cuanto conocemos a una persona, le echamos por delante nuestros juicios para ver cómo reacciona; si los comparte, lo aceptamos; si no, nos dedicamos a tratar de destruir sus juicios para imponer los nuestros, convencidísimos de que el otro pobre está muy mal al pensar diferente de nosotros. Es sectario quien sólo acepta gentes que piensan como él. Es inquisidor quien, en nombre de la verdad, mata a quien no coincide con sus ideas. Uno debería amar y respetar el pensamiento de todos aunque no estén de acuerdo con los nuestros, pues las ideas son cambiantes. De un día para otro nuestro mundo de creencias puede cambiar, y nos damos cuenta de la cantidad de tiempo que perdimos discutiendo y peleándonos a muerte con alguien que, curiosamente, pensaba como ahora pensamos nosotros. Lo único inmutable es el Amor, pues es sólo uno y es eterno. La vida sería tan fácil y llevadera si fuéramos capaces de vernos a los ojos con la misma entrega e inocencia con que Citlali y Rodrigo se veían.
Azucena se enceló muchísimo cuando regresó con la violeta africana en la mano. Casi se le salieron las lágrimas de los ojos al darse cuenta de que ella, que era el alma gemela de Rodrigo, no había sido capaz, hasta ese momento, de inspirar una mirada tan perfecta.
Teo, poseedor de una sensibilidad extrema, se dio cuenta de todo y, tratando de alivianar la situación, inició las presentaciones formales entre Rodrigo, Citlati y Azucena. Acto seguido le explicó a Azucena que, tal y como se lo había prometido, había hablado con Citlati y ésta había aceptado prestar su cuchara para que fuera analizada. No acababa Citlali de darle a Azucena la cuchara, cuando Cuquita entró en la sala dando de alaridos. La abuelita interrumpió un largo ronquido, Rodrigo y Citlali volvieron a la realidad y Teo y Azucena pusieron cara de ¿qué onda? Cuquita les pidió a todos que la acompañaran a la recámara, donde se llevaron la sorpresa de su vida.