– Oiga, oiga, pero todavía no nos ha dicho por qué lo quieren matar -interrumpió Cuquita.
– Pues porque cuando me dijo que ya no me quería ver más por ahí, pues yo me sentí muy mal, ¿no?, ¡me estaba corriendo la muy perra! Y yo pues no me aguanté y que me puse a pensar en cómo me encantaría que la pinche vieja se convirtiera en rata leprosa y que le cayera encima una nave espacial y que la apachurrara todita, y en eso que entra uno de los analistas de mente que estaba fotografiando nuestros pensamientos y que le dice lo que estaba apareciendo en la pantalla, y ya sabrán cómo se puso…
– Y luego, ¿por qué no lo mataron? -preguntó Cuquita medio decepcionada de que lo hubieran dejado vivo.
– Pues porque mi compadre Agapito no se atrevió. El le dijo que sí, que me había desintegrado, pero no era cierto. Me escondió en su cuarto hasta que llegamos a la Tierra porque… pues… porque yo le gustaba, y pues como que quería conmigo… Y luego pues me dejó aquí para que le pidiera ayuda a la Virgen de Guadalupe, porque él ya no iba a poder hacer nada por mí, pero ya ven, ni tiempo me dio de pedirle el milagro…
– Oiga, pero yo tengo una duda. ¿Cómo fue que la cámara fotomental le tomó sus verdaderos pensamientos? -le preguntó Azucena.
– Pues como los toma siempre…
– No puede ser. Mi cuerpo, digo, su cuerpo tiene integrada una microcomputadora que emite pensamientos positivos. Con esa computadora era imposible que le hubieran fotografiado sus verdaderos pensamientos…
– ¿Ah, sí? Pues a lo mejor falló la computadora esa que traigo en la cabeza… O enloqueció o vaya usted a saber, pero el caso es que Isabel se super encabronó…
Azucena recordó que el doctor le había dicho que su aparato aún estaba en etapa de experimentación y se entusiasmó mucho. Eso significaba que la computadora que Isabel traía instalada en la cabeza le podía dar graves problemas durante el debate que se iba a realizar dentro de unas pocas horas. Lo que se pretendía en dicho debate era hurgar en las vidas pasadas de los candidatos a la Presidencia para ver cuál de los dos tenía un pasado más limpio. Cada uno por separado se tenía que someter a una regresión inducida por medio de la música. Por supuesto que se elegían para la ocasión melodías que provocaran en el subconsciente una conexión directa con asuntos oscuros y macabros. ¡Ojalá que el aparato del doctor Diez le fallara a Isabel tal y como le había fallado a Ex Azucena! A los ojos de todo el mundo quedaría como una farsante.
¡Tenían que ir a ver el debate! No se lo podían perder, pero primero era necesario encontrar al compadre Julito, que se les había quedado olvidado entre la multitud. Finalmente lo encontraron vendiendo entradas para purificarse en el Pocito. Antes de salir de la vecindad Azucena se detuvo en la puerta para invitar a Ex Azucena a escapar junto con ellos. Ex Azucena se lo agradeció muchísimo.
– No me lo agradezcas. No lo hago por buena gente sino porque quiero estar cerca del hombre que va a dar a luz a mi hijo.
– ¡Jesús mil veces! -exclamó Ex Azucena. No podía creer que dentro del cuerpo de esa ancianita estuviera el alma de Azucena.
– Sí, soy yo. Ya puedes quitar esa cara de pendejo. No me mataste, pero no se me olvida lo que intentaste, cabrón.
Justo cuando Ex Azucena iba a darle a Azucena una disculpa por haberla matado, escucharon unas carreras que los hicieron esconderse nuevamente en la penumbra. En silencio vieron cómo Rodrigo y Citlali se introducían en la vecindad. Citlali estaba aterrorizada. Por toda la ciudad habían pósters pegados con su auriografía. Estaba acusada junto con Rodrigo, o más bien con el cuerpo que Rodrigo ocupaba, de ser coautores intelectuales del atentado en contra del señor Bush. En cuanto Citlali descubrió a Azucena, a Teo y a Cuquita corrió a su encuentro, los abrazó llena de emoción y les pidió ayuda.
– 'Ora sí, ¿verdat? ¿Pero qué tal cuando nosotras necesitábamos que usté fuera solitaria con nosotros? -le reclamó Cuquita.
Azucena impidió que se iniciara una serie de reclamaciones mutuas. Les dio la bienvenida a Rodrigo y a Citlali con enorme gusto y bendijo a los difamadores que los habían obligado a regresar con ellos.
La casa de Teo parecía una sucursal de la Villa. Se había convertido en el refugio obligado de todo el mundo. Azucena, Rodrigo, Cuquita y el compadre Julito ni de chiste podían regresar a su edificio, la casa de Citlali había sido allanada, la de Ex Azucena, aparte de que estaba vigilada, había quedado muy dañada por el temblor; por lo tanto, a nadie le quedaba otra alternativa que aceptar el amable ofrecimiento de Teo. Vivía en un pequeño departamento de Tlatelolco. Tlatelolco había sido su «lugar» en varias reencarnaciones, así que vivía ahí mejor que en cualquier parte.
En ese momento se encontraban todos sentados frente al televisor presenciando el debate entre los dos candidatos a la Presidencia Mundial del Planeta. Teo, al igual que Cuquita, sólo tenía una televisión de tercera dimensión, pero nadie protestó. Lo único que les interesaba era ver el momento en que Isabel iba a quedar en ridículo. Azucena se sentía muy desesperada de no poder ver. Como Teo estaba preparando la cena para todos, Cuquita era la encargada de narrarle al oído lo que estaba pasando, lo cual era una verdadera desgracia para Azucena. Cuquita no podía mascar chicle y caminar al mismo tiempo. Nunca había podido ejecutar dos acciones simultáneas: o veía el televisor o narraba lo que pasaba. Se dejaba atrapar por los sucesos interesantes y congelaba la lengua para poder concentrarse en las imágenes. Azucena tenía que estarla interrogando segundo a segundo. Lo peor era que no tenía una mejor alternativa. Rodrigo y Citlali aprovechaban la menor oportunidad para estarse besuqueando y no tenían tiempo para nadie aparte de ellos. Ex Azucena era un desastre: narraba más de lo que veía y no había manera de pararle la boca en cuanto empezaba a hablar. El compadre Julito ya estaba medio tomado y decía puras sandeces, así que su única opción era Cuquita, y eso era desesperante. No sólo porque de repente se callaba, sino porque se dormía en las partes aburridas y Azucena entonces ya no sabía si lo que pasaba era demasiado interesante o demasiado ahuevante. En ese momento era realmente ahuevante. Las últimas diez vidas del candidato europeo habían sido de lo más aburridas que alguien se puede imaginar. Cuquita se había quedado tan dormida que ni siquiera roncaba. El silencio no le gustaba para nada a Azucena, la dejaba en la total oscuridad. Ella necesitaba una voz para poder permanecer amarrada al presente, de lo contrario su sentido del oído quedaba a expensas de las melodías que los candidatos a la Presidencia estaban escuchando y se ponía a divagar. Se perdía en la negrura a que estaba condenada y viajaba a sus vidas pasadas. Eso no tenía nada de malo, pero no era lo deseable. Ella quería ser la primera en saber si la computadora de Isabel la cagaba o no. Cuando le tocó el turno a Isabel, el silencio creció en la sala. Todo mundo tenía los dedos cruzados pidiendo que se le descompusiera el aparato. Las primeras tres vidas transcurrieron sin problema. El lío comenzó cuando llegaron a su vida como la Madre Teresa. Al principio todo iba muy bien. Las imágenes de su vida como «santa» empezaron a aparecer en la pantalla con gran nitidez. Se le vio cargando a un niño desnutrido en Etiopía, repartiendo comida entre leprosos, pero de pronto, ¡la microcomputadora por fin falló!
PRESENTACION 5:
Tre Sbirri, Una Carrozza
Tosca – Puccini
SEXTA PARTE