Cuquita no podía creer lo maravilloso que era encontrarse en el centro de la acción. Estaba encantadísima presenciando el asesinato de Sharon Tate. Le gustaba mucho sentir el miedo instalado en todo su cuerpo, la piel de gallina, los pelos erizados, la voz ahogada. La violencia le provocaba náusea, pero como buena masoquista la consideraba parte de la diversión. En ésas estaba cuando empezaron los comerciales. Cuquita se puso furiosa, le habían dado en la madre a su sufrimiento. Con desesperación empezó a cambiarle a todos los canales tratando de encontrar otro programa similar, cuando sus ojos fueron atrapados por el color rojo incandescente. La lava siempre había tenido un poder hipnótico sobre ella.
En ese momento estaban transmitiendo en directo desde el planeta Korma. Isabel caminaba entre los sobrevivientes de la erupción. Se encontraba en Korma junto con una misión de salvamento. Había querido que ése fuera el primer acto de su campaña a la Presidencia Mundial. Cuquita, gracias a la televirtual, de pronto se encontró en el lugar ideal de toda metiche: justo en medio de Isabel y Abel Zabludowsky, que no deja de comentar lo increíblemente bien que Isabel llevaba sus ciento cincuenta años. «¡Así quién no!», comentó Cuquita. Isabel tenía años trabajando como Embajadora Interplanetaria. En cada viaje se ahorraba cantidad de años porque la diferencia de horarios entre planeta y planeta sumaba muchos meses. Al regresar de un viaje, que para ella había sido de una semana, se encontraba con que en la Tierra ya habían pasado cinco años. Pero ni porque se veía tan joven Cuquita se hubiera cambiado por ella. Se preguntaba: «¿Cuántos sopes deja uno de saborear en esos años perdidos? ¿A cuántos bailes de quince años se deja de asistir?» Isabel empezó a repartir comida entre los damnificados de la erupción, todos los primitivos se le lanzaron en bola para obtener su parte. Los guaruras repartían golpes indiscriminadamente tratando de protegerla.
Cuquita dio un brinco en la cama y empezó a gritarle a Azucena.
– ¡Azucena, Azucena, mire!
Los guaruras de Isabel eran los supuestos trabajadores de la compañía aereofónica y Azucena, bueno, más bien Ex Azucena, porque su cuerpo lo ocupaba otra persona, Azucena abrió los ojos medio atontada y trató de ver qué sucedía. Presenció cómo los guaruras de Isabel la alejaban del grupo de hambrientos salvajes. Azucena se impresionó al ver que uno de los guaruras poseía su ex cuerpo y que al lado de él se encontraba el cuerpo del ex aerofonista. Pero casi se desmayó cuando vio a Isabel acercarse a un hombre alejado de todos los demás: ¡era el mismísimo Rodrigo! Azucena estaba soñando con él cuando Cuquita la despertó y ahora no sabía si lo que veía era parte de su fantasía o si era verdad.
Rodrigo estaba concentrado en tallar con una piedra una cuchara de madera. En cuanto vio a Isabel acercarse, se levantó. Isabel le dio una torta de tamal, pero Rodrigo, en lugar de tomarla, se acercó a Ex Azucena y le acarició la cara, tratando de reconocerla. Ex Azucena se puso nervioso. Isabel se quedó intrigada. Cuquita se escandalizó. Y Azucena se dedicó por unos breves minutos a acariciar a Rodrigo con todo su amor. No fue mucho tiempo, pero sí el suficiente para que su desesperación al verlo desvanecerse en el aire fuera inmensa. Las imágenes de todos los presentes en Korma dieron paso a las de los futbolistas en el campo de entrenamiento. En el noticiero habían pasado a la sección deportiva. Cuquita y Azucena se miraron entre sí. Azucena lloraba desesperada.
– ¡Ese era Rodrigo!
– ¿Ése?
Cuquita estaba muy sorprendida del estado lamentable en que se encontraba.
– Sí.
– ¡Y ésa era usted!
– Sí.
– ¿Y qué hace su novio en Korma?
Azucena no lo sabía. Lo único que sabía era que estaba metida en un lío gordo. Si los hombres que intentaron asesinarla y le robaron su cuerpo eran los guaruras de Isabel, Isabel tenía que ver en todo eso. Si Isabel tenía que ver en todo eso, tenía el poder de su parte. Y si tenía el poder de su parte, iba a estar cabrón enfrentársele. Azucena rápidamente empezó a imaginar cuáles eran las razones que Isabel había tenido para querer matarla. De seguro que ella había mandado matar al señor Bush. Luego, había elegido a Rodrigo como candidato ideal para ser acusado del asesinato. ¿Por qué a él? Quién sabe. Luego, se había enterado de que Rodrigo había pasado toda la noche del crimen haciendo el amor con ella, y el paso lógico fue mandar eliminar a la coartada, o sea, a ella. Bien, hasta ahí todo iba muy bien. Pero ahora ¿qué seguía? A Isabel le convenía tener a Rodrigo como el asesino. Pero ahora ¿cómo iba a hacer para que Rodrigo no declarara su inocencia ante las autoridades? A lo mejor no estaba en sus planes que declarara. A lo mejor por eso lo había llevado a Korma. A lo mejor pensaba dejarlo allá para siempre. A lo mejor… a lo mejor. Lo que no entendía era la manera en que Isabel se arriesgaba a que todo se le viniera abajo. ¿Qué tal que uno de los virtualenses que en ese momento estaba viendo el noticiero reconocía a Rodrigo y lo denunciaba? ¿Qué pasaría? ¿Quién sabe? Azucena no le veía la solución al problema en que se encontraban, pero Cuquita, tal vez por su menor capacidad analítica, sí. Sin esforzarse mucho tomó una resolución.
– Tenemos que ir por su novio y traérnoslo -ordenó.
– No podemos. Lo busca la policía. Dicen que es el cómplice del asesinato del señor Bush, pero no es cierto, él estaba conmigo esa noche.
– Me consta. Los rechinidos del colchón no me dejaron dormir.
Azucena recordó su noche de amor y aumentó la intensidad a su llanto.
– No llore. No importa que lo busque la policía, pos le cambiamos el cuerpo y ya, ¡se acabó el problema! Ya no estamos en los tiempos de mi abuelita cuando decían «¡Qué horror!, la casa caída, los trastes tirados, los niños enfermos, el papá enojado. ¡Ay qué cuidado!» No, ahora al mal tiempo hay que darle buena cara. Seqúese las lágrimas, ¡y a toarmas!
Azucena dejó de llorar y se rindió mansamente ante la voluntad de Cuquita. Ya no podía más. Había recibido demasiadas heridas en muy poco tiempo. En el transcurso de sólo una semana había perdido a su alma gemela, había estado a punto de ser asesinada, se había visto forzada a realizar un trasplante de alma, había descubierto el crimen de un gran amigo, había visto cómo su querido cuerpo era ocupado por un asesino y, por último, había encontrado a Rodrigo en condiciones lamentables, corriendo un grave peligro y en un lugar prácticamente inalcanzable para ella. ¡Qué desesperación! Se sentía profundamente violada, agredida, indefensa, frágil, agotada, incapaz de tomar cualquier decisión.
– Tenemos que irnos mañana mismo.
– ¿Pero cómo? Yo no tengo dinero. ¡Usted menos! Y ya ve que los viajes mterplanetarios son carísimos.
– Sí, no son lo que se dice una vilcoca, pero ya encontraremos la manera…
De pronto, Cuquita y Azucena se miraron a los ojos. Los ojos de Cuquita tuvieron un destello de lucidez y le transmitieron a Azucena la genial idea que se le acababa de ocurrir. Azucena la captó de inmediato y gritó al mismo tiempo que ella:
– ¡El compadre Julito!
Azucena iba desesperadísima. La nave interplanetana del compadre Julito era una vil nave guajolotera que hacía paradas en todos y cada uno de los planetas que encontraba en su camino a Korma. Cada vez que la nave se detenía Azucena sentía que el Universo entero suspendía su ritmo. Ya había hablado con el compadre Julito para ver la posibilidad de hacer un vuelo directo, pero el compadre Julito se había negado terminantemente, y de manera sutil le había recordado a Azucena que ella no estaba en posibilidades de exigir nada pues viajaba de a gratis. Por otro lado, el compadre estaba obligado a hacer las paradas, pues, aparte de llevar el Palenque a planetas muy poco evolucionados, tenía otros dos negocios que le redituaban grandes ganancias económicas: renta de nietos a domicilio y esposos de entrega inmediata. En las colonias espaciales muy alejadas había hombres o mujeres de edad avanzada que nunca habían podido casarse ni tener nietos y que caían en estados de depresión muy profunda. Entonces, al compadre Julito se le había ocurrido el negocio ideaclass="underline" alquilar nietos. Y precisamente ahora estaba en la temporada alta, pues los niños huérfanos acababan de salir de vacaciones. Otro de los negocios que tenía mucha demanda era el de esposos o esposas de entrega inmediata. Cuando hombres o mujeres jóvenes estaban en alguna misión espacial por períodos prolongados, se les alborotaban las hormonas. Como no era nada recomendable que mantuvieran relaciones sexuales con los aborígenes, sus parejas en la Tierra les mandaban un esposo o esposa sustituto, según fuera el caso, para que así pudieran satisfacer sus apetitos sexuales adecuadamente. No sólo eso, el amante sustituto se aprendía de memoria mensajes y poemas a petición expresa del cónyuge y se los recitaba a los clientes en el momento de hacerles el amor. Por lo tanto, la nave, aparte de los gallos de pelea, los mariachis, las vedettes y las cantantes del Palenque, estaba llena de niños, esposos y esposas sustitutos.