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Había puesto una de las hojas de la violeta africana dentro del matraz con el líquido especial fabricado por Cuquita y enseguida había empezado a recibir por el fax imágenes de todo lo que la planta había presenciado en su vida. La mayoría de ellas no tenían la menor importancia. Azucena ya estaba a punto del sopor cuando apareció una foto que la hizo brincar de su asiento. En ella se veían los dedos del doctor Diez introduciendo cuidadosamente una microcomputadora dentro del oído de… ¡nada menos que ISABEL GONZÁLEZ!

Esa foto confirmaba varias cosas. En primera, que la pinche Isabel no era ninguna santa. En segunda, que el doctor Diez le había fabricado una, si no es que varias vidas falsas, dentro de esa microcomputadora. En tercera, que si ella había necesitado una vida falsa era porque tenía un pasado muy oscuro que de conocerse le impediría ser Presidenta. Y en cuarta, ¡que la violeta africana era un testigo importantísimo de la implantación del aparato! ¡No sólo eso! La violeta africana también había presenciado el asesinato del doctor. Con lujo de detalles, fueron apareciendo las fotos en que se veía a los guaruras de Isabel alterar los cables de la alarma de protección de la cabina aereofónica del consultorio del doctor Diez con el objetivo de causar su muerte. ¡Bendita Cuquita y su Ouija cibernética! Gracias a ellas había descubierto lo que parecía ser la punta de un iceberg. Tenía en las manos elementos para inculpar a Isabel. Tenía que poner las fotos en un lugar muy seguro. Pero antes tenía que ponerle agua a la violeta africana. La pobrecita se veía medio pachucha, pues durante el viaje a Korma nadie la había regado. No podía dejar que se muriera, ya que era su testigo clave. ¿Dónde había quedado? La había dejado sobre la mesa y misteriosamente había desaparecido. Azucena empezó a buscarla como una loca entre las maletas de Cuquita. Rodrigo, al ver que estaba deshaciendo su trabajo de toda la mañana, se enfureció con ella y se enfrascaron en tremenda discusión, que terminó cuando él finalmente confesó que la había puesto en el baño. Azucena corrió a rescatarla y dejó a Rodrigo hablando solo.

En ese preciso instante la puerta del aerófono se abrió y aparecieron Teo y Citlali. Rodrigo se quedó mudo al ver a Citlali. Puso en el rostro la misma expresión que cuando la vio por primera vez. A veces, realmente es una ventaja enorme no tener memoria, pues al no recordar las cosas malas que otras personas le han hecho a uno, se las puede ver sin ningún prejuicio. De otra manera, el recuerdo se convierte en una barrera tremenda para la comunicación. Al ver a una persona que anteriormente nos lastimó, uno dice: «Esta persona es mala porque me hizo esto o aquello.» Uno tiene que ignorar el pasado para establecer vínculos sanos y dar oportunidad a que las relaciones crezcan hasta donde tienen que crecer. Al no tener memoria, no existen los prejuicios. Los juicios, en definitiva, nos acercan o nos alejan de los otros, y hay que saber hacerlos a un lado para poder captar la verdadera esencia de cualquier persona. Esto suena muy fácil, pero no lo es. La mayoría de las personas fabrican juicios constantemente para disimular su incapacidad para captar este tipo de energía tan sutil. Que si es muy alto, que si pertenece al partido de oposición, que si es extranjero, todo ello se convierte en una barrera infranqueable y la intolerancia nos domina. En cuanto conocemos a una persona, le echamos por delante nuestros juicios para ver cómo reacciona; si los comparte, lo aceptamos; si no, nos dedicamos a tratar de destruir sus juicios para imponer los nuestros, convencidísimos de que el otro pobre está muy mal al pensar diferente de nosotros. Es sectario quien sólo acepta gentes que piensan como él. Es inquisidor quien, en nombre de la verdad, mata a quien no coincide con sus ideas. Uno debería amar y respetar el pensamiento de todos aunque no estén de acuerdo con los nuestros, pues las ideas son cambiantes. De un día para otro nuestro mundo de creencias puede cambiar, y nos damos cuenta de la cantidad de tiempo que perdimos discutiendo y peleándonos a muerte con alguien que, curiosamente, pensaba como ahora pensamos nosotros. Lo único inmutable es el Amor, pues es sólo uno y es eterno. La vida sería tan fácil y llevadera si fuéramos capaces de vernos a los ojos con la misma entrega e inocencia con que Citlali y Rodrigo se veían.

Azucena se enceló muchísimo cuando regresó con la violeta africana en la mano. Casi se le salieron las lágrimas de los ojos al darse cuenta de que ella, que era el alma gemela de Rodrigo, no había sido capaz, hasta ese momento, de inspirar una mirada tan perfecta.

Teo, poseedor de una sensibilidad extrema, se dio cuenta de todo y, tratando de alivianar la situación, inició las presentaciones formales entre Rodrigo, Citlati y Azucena. Acto seguido le explicó a Azucena que, tal y como se lo había prometido, había hablado con Citlati y ésta había aceptado prestar su cuchara para que fuera analizada. No acababa Citlali de darle a Azucena la cuchara, cuando Cuquita entró en la sala dando de alaridos. La abuelita interrumpió un largo ronquido, Rodrigo y Citlali volvieron a la realidad y Teo y Azucena pusieron cara de ¿qué onda? Cuquita les pidió a todos que la acompañaran a la recámara, donde se llevaron la sorpresa de su vida.

En la recámara se encontraban las imágenes virtualizadas de todos ellos con motivo de ser acusados de pertenecer a un grupo de guerrilla urbana que pretendía desestabilizar la paz del Universo. La única que no aparecía televirtuada, y, curiosamente, era la culpable de todo el lío, era Azucena, que al estar en posesión de un cuerpo sin registro aún no había sido localizada.

La voz de Abel Zabludowsky estaba dando un boletín especial.

– El día de hoy, la Procuraduría General del Planeta dio a conocer los nombres de las personas pertenecientes al grupo guerrillero que ha venido asolando a la población con sus actos de violencia. -La cámara enfocó al marido de Cuquita-. De inmediato se han girado las órdenes de aprehensión en contra de Ricardo Rodríguez, alias la Iguana. -Ahora la cámara enfocó a Cuquita-. Cuquita Pérez de Rodríguez, alias la Jitomata. -Enseguida vino el clóse up a la abuelita de Cuquita-. Doña Asunción Pérez, alias la Poquianchi. -Finalmente la cámara enfocó al compadre Julito-. Y Julio Chávez, alias el Moco. El Gobierno del Planeta no puede ni debe permanecer indiferente ante este tipo de violaciones a la constitución. A fin de proteger a la población y evitar nuevos actos de violencia de este grupo guerrillero que es una amenaza contra el orden público…

Citlali no quiso escuchar más. Le arrebató a Azucena su cuchara de las manos, se disculpó diciendo que había dejado los frijoles en la lumbre e intentó salir de inmediato. Teo trató de convencerla de que se quedara argumentando a favor de los acusados. Él no pensaba que esa gente fuera culpable de nada. Azucena le agradeció en el alma su confianza. Cada día sentía más aprecio por ese hombre. Citlali insistió en retirarse y prometió que a nadie le iba a decir que los había conocido.

– ¿Quiénes son los asesinos? -preguntaba insistentemente la abuelita.

– Nosotros, abue -le contestó Cuquita.

– ¿Ustedes?

– Sí, y tú también.

– ¿Yo? ¡Saqúense, qué! ¿Pos cómo y a qué horas?

Ya nadie le pudo responder nada porque un bazucazo destruyó la puerta del edificio. Obviamente, ya habían llegado por ellos.

Un grupo de guaruras irrumpió en el edificio. Al frente iba Agapito. Agapito, de una patada, tiró la puerta de la portería. No encontraron a nadie dentro del departamento. Agapito dio la orden de peinar el edificio. Sus hombres empezaron a subir por las escaleras. Los vecinos que encontraban a su paso se hacían a un lado asustadísimos. Agapito y sus hombres golpeaban a todo aquel que se cruzaba en su camino. De pronto, sus golpes dejaron de dar en el blanco. No les llevó mucho tiempo darse cuenta de que un temblor de tierra era el causante de su falta de tino. No cabe duda de que la naturaleza tiene el maravilloso poder de igualar a los seres humanos. El terremoto movía a voluntad a judiciales y civiles. Los inquilinos, tratando de huir primero de los judiciales y luego del temblor, empezaron a bajar por las escaleras histéricamente. Agapito disparó al aire. Todos gritaron y se tiraron al piso. Agapito ordenó a sus hombres que ignoraran el temblor y siguieran subiendo por las escaleras.

El compadre Julito, al sentir el temblor, salió de su departamento hecho la brisa. No quería morir aplastado. En las escaleras se topó con Agapito y sus hombres. Lo primero que pensó fue que esos hombres venían en su busca. ¿Por qué? Podría ser por una y mil razones. Toda su vida había andado en actividades ilegales. Por un instante llegó a la conclusión de que era mejor entregarse. La hora de rendir cuentas le había llegado. ¡Ni modo! Dio un paso al frente y se arrepintió de inmediato. Pensándolo bien, sus delitos no eran para tanto. Además, la cantidad de armas que portaban esos guaruras era como para controlar a un ejército completo y no a un simple palenquero. Lo más probable era que estuviera reaccionando paranoicamente y esos hombres no le querían hacer daño ni nada por el estilo. Un bazucazo que pegó a centímetros de su cabeza le comprobó que estaba en lo cierto. No lo querían detener. ¡Lo querían matar!