La perspectiva de que quizá pronto daría con Gardiner Kincaid la henchía de temerosa alegría. Sarah estaba inmóvil en la torreta y se agarraba con tanta fuerza al puntal que los nudillos se le pusieron blancos. No dejaba de mirar a Du Gard, a quien los cabellos le caían en mechones empapados de sudor y que parecía haber envejecido años, ¿o era tan solo una ilusión debida a la escasa luz y a las arrugas causadas por el esfuerzo, que se le habían formado en el semblante pálido?
Luego, en algún momento, las palabras de alivio.
– Hemos llegado.
De los labios de Du Gard tan solo salió la sombra de un susurro. El francés se dio la vuelta, abrió los ojos y le dedicó una sonrisa reconfortante a Sarah antes de desplomarse agotado. Sarah se acercó enseguida a él para atenderlo, mientras Hulot daba la orden de emerger.
Silenciosamente y a una velocidad mínima, el Astarte subió a la superficie. Se oyó un profundo gorgoteo y la luz cambió en el puente. La penumbra verdosa dejó paso a un crepúsculo grisáceo cuando la torreta del submarino atravesó el extenso mar.
Por los ojos de buey chorreaba agua y al principio no pudieron ver nada. Sin embargo, luego aparecieron formas sólidas tras la húmeda cortina, que brillaban con los primeros rayos de la mañana: los muelles y los malecones del puerto oriental, con sus almacenes y agencias, delante de los cuales se distinguían los perfiles de unos pocos barcos. Detrás se extendía borroso el océano de casas de Alejandría, con un sinfín de torres, cúpulas y minaretes.
Du Gard, que se había desmayado unos instantes, recobró el conocimiento en brazos de Sarah.
– ¿He… hemos…?
– Lo hemos conseguido -confirmó Sarah sonriendo, y lo besó en la frente-. Estamos en Alejandría.
LIBRO TERCERO ALEJANDRÍA
1
Diario de viaje de Sarah Kincaid
La audaz empresa ha salido bien.
Con ayuda de las habilidades de Maurice du Gard, en las que ya no tengo más remedio que creer, hemos conseguido pasar por debajo de los buques de guerra británicos y llegar al Puerto Viejo.
Escribo estas líneas con mucha prisa antes de dejar al cuidado del capitán Hulot y de sus hombres la crónica de este viaje y el equipaje que no necesito.
Si no regresamos de la expedición, me gustaría que quien encuentre este relato sepa que hemos obrado con las mejores intenciones. Nuestro objetivo es encontrar a mi padre y ayudarlo a desentrañar el enigma de la Biblioteca de Alejandría. Si no lo logramos, querría que las generaciones venideras descifren el misterio, probablemente el más grande de toda la Antigüedad, y quizá estas anotaciones puedan ser útiles.
Fdo. Sarah, lady Kincaid 10 de julio de 1882
El puerto de Alejandría parecía abandonado.
Unas nubes deshilachadas, a las que el alba prestaba el color del hierro oxidado, se extendían por encima del inabarcable horizonte que perfilaba la ciudad y que se iba desprendiendo de la oscuridad a cada instante que pasaba.
En el muelle solo quedaban fondeados los restos desolados de unas instalaciones portuarias antes orgullosas. Al abrirse el canal de Suez hacía más de trece años, Alejandría había cobrado de golpe una gran importancia como eje del comercio internacional. No solo atracaban allí barcos de grandes sociedades comerciales, sino también innumerables pequeños armadores. En los muelles se encontraban banderas de todo el mundo y la actividad era frenética a todas horas del día y de la noche. Pero todo había cambiado con el sangriento alzamiento del pacha Urabi contra el jedive y con los brutales ataques contra los extranjeros.
Era evidente que quien había tenido la oportunidad de irse de Alejandría lo había hecho. Apenas quedaban barcos amarrados en el puerto, y donde normalmente se agolpaban buques mercantes y goletas, solo cabeceaban algunas barcas sin jarcias. No se veía un alma por ninguna parte ni había luz artificial en ningún sitio. No se divisaba ni una lumbre más allá de los muros del muelle, ni siquiera un destello rojo de algún hogar encendido. Por temor a un inminente ataque de los británicos, los habitantes de Alejandría mantenían a oscuras la ciudad, haciendo que pareciera quieta y sin vida: una ciudad fantasma, pensó Sarah con un escalofrío.
Había abordado la plataforma de la torreta acompañada de Hingis, Du Gard y el capitán Hulot; desde allí se abarcaba con la vista el viejo puerto oriental, desde los almacenes hasta los edificios de administración y las torres de Fort Atta y Quaitbey.
La visión de la ciudad aparentemente deshabitada no provocó malestar solo a Sarah; Du Gard también parecía inquieto.
– La desgracia flota en el aire -le susurró-. Una tormenta de destrucción se cierne sobre la ciudad…
Sarah se dio cuenta de que las manos empezaban a temblarle, pero se obligó a permanecer serena. No había recorrido un largo trayecto y había asumido tantos riesgos para rendirse en el último momento. Se trataba de la vida de su padre y de un misterio antiquísimo y, desde el punto de vista de Sarah, cualquiera de esos motivos merecía que lo arriesgara todo.
– ¿Están preparados? – preguntó Hulot en un susurro-. Si quieren bajar a tierra, tendrán que darse prisa. El sol saldrá dentro de poco y entonces…
– Sí, sí -lo interrumpió Sarah, y lanzó una mirada a cubierta, donde unos marineros ya habían inflado el bote del Astarte.
– Mis hombres los llevaran a tierra -anunció Hulot-. Después tendrán que arreglárselas solos.
– De acuerdo -dijo Sarah-. ¿Y usted estará en su puesto para recogernos?
– Por supuesto -afirmó Hulot, y le tendió la mano-. Lady Kincaid, le deseo éxito en la empresa que le espera y mucha suerte; la necesitará, créame.
– Se lo agradezco.
– Ha sido un honor tenerla a bordo.
– Gracias -contestó Sarah sonriendo, mientras encajaba la mano y se la estrechaba cordialmente-. De hecho, no tengo inconveniente en que me conceda ese honor otra vez.
– Así lo espero -aseguró el capitán.
Bajaron de la torreta y se apresuraron a alcanzar la cubierta de proa, desde donde los marineros ya habían lanzado el bote al agua. Sostenida por sacos llenos de aire, la barca flotaba como un corcho y no se hundió cuando Sarah, Du Gard y Hingis tomaron asiento con sus bártulos, seguidos por dos marineros que remaron con energía hacia tierra.
El submarino había emergido no muy lejos de una pasarela que se adentraba en el agua, de modo que la travesía duró muy poco. Protegidos por la penumbra del crepúsculo matutino, Sarah y sus dos acompañantes llegaron a la pasarela y se encaramaron por una escalerilla de madera podrida. Los marineros regresaron con el bote, y Sarah y su gente se quedaron solos.
– Y ahora, ¿qué? -preguntó Du Gard a Sarah en un susurro, una vez se hubieron refugiado detrás de unos toneles que se apilaban a lo largo de la pasarela.
– Pronto clareará -contestó Sarah-. Tenemos que buscar un escondite y esperar a que se haga de día.
– ¿Y luego? -inquirió Hingis.
– Nos disfrazaremos de beduinos, nos mezclaremos con la población y comenzaremos a buscar a mi padre. -Sarah lanzó una mirada irónica de reojo al suizo-. El caftán y la chilaba le quedarán muy bien, doctor, estoy segura.
– Me gustaría tener su seguridad -resopló Hingis-. ¿Sabe qué pasará si nos descubren?