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La columna de Pompeyo.

– Es nuestro objetivo -dijo Ali Bey al ver la mirada de Sarah clavada en la columna, que parecía sobresalir de un cadáver de piedra como un hueso roído.

– ¿Allí organizaron las excavaciones? -preguntó Sarah.

– No muy lejos de ese lugar -afirmó el comerciante-. ¿No me cree?

– Sí, le creo -aseguró Sarah sin dudar ni un momento, porque de repente todo parecía cobrar sentido…

Ali Bey asintió satisfecho y continuó avanzando. Hacía rato que los adoquines de las calles habían dado paso a una suma de escombros y arena, y se vieron obligados a caminar campo a través y a trepar por obstáculos de todo tipo, de lo que Friedrich Hingis se desquitaba lanzando maldiciones en voz baja.

– Qu'est-ce qui sepasse, mon ami ? – preguntó Du Gard-. ¿Ya está harto de grandes aventuras arqueológicas?

– Yo no hablaría de aventuras -musitó Hingis jadeando-, sino más bien de locuras. Y cuanto más dura esta caminata nocturna, menos confío en que nos conduzca a alguna parte. Ese Ali Bey no es más que un timador que quiere sacarnos dinero.

– No creo -replicó Sarah con determinación.

– ¿Ah, no? ¿Y qué se lo hace pensar?

– El hecho de que nos ha traído hasta aquí -explicó-. La columna de Pompeyo es uno de los lugares que más había considerado como posible localización de las excavaciones. Por eso dibujé el croquis de un mapa de la zona.

– También podría ser una casualidad.

– No -dijo Sarah meneando la cabeza-. ¿Nunca ha oído hablar de la teoría de que la columna no se erigió realmente en honor del general romano Pompeyo? ¿De que se trata de un error en el que ya cayeron los cruzados en la Edad Media?

– Por supuesto, pero…

– Hay algunos historiadores -prosiguió Sarah impasible- que sostienen también que la columna formaba parte originalmente de la perístasis* de un templo fortificado que estaba consagrado a la diosa egipcia Serapis. Por lo visto, la construyeron durante el reinado de Ptolomeo II y la reina Arsínoe.

* Columnata exterior.

– ¿Arsínoe? -preguntó Du Gard-. ¿No es esa la dama de la que habló nuestro amigo encapuchado? ¿La que estaba relacionada con aquel poder misterioso?

– Efectivamente -asintió Sarah-. Y cabe suponer que el Serapeo albergaba una parte de la Biblioteca de Alejandría. Es posible que aquí se cierre el círculo.

– Hipótesis, solo hipótesis -recriminó Hingis-. Pero no hay una sola prueba concluyente que las demuestre. Si su padre se apoya en suposiciones tan cuestionables, no le concedo muchas posibilidades en esta empresa.

– Espere y verá -lo desafió Sarah fríamente mientras subían por un terreno abrupto lleno de piedras que bien podrían formar parte de las ruinas de un edificio antaño orgulloso.

Al otro lado los esperaba Ali Bey, luciendo una alentadora sonrisa de oreja a oreja: ya faltaba poco para llegar a la columna.

El alejandrino los condujo de nuevo por una extensa superficie de arena en la que, a la pálida luz de la luna, aquí y allá destacaban sillares mellados y fragmentos de capiteles antiguos. Sarah notó que se le aceleraba el pulso. ¿Vería por fin aquello en lo que su padre había trabajado con tanto ahínco durante los últimos meses? ¿Daría con indicios que le permitirían encontrarlo?

Una parte de ella continuaba teniendo la esperanza, contraria a toda razón y a toda probabilidad, de que su padre seguiría allí, de que lo encontraría y él la estrecharía entre sus brazos. Pero, evidentemente, sabía que era una esperanza vana. Las ruinas estaban abandonadas, eran un cementerio de tiempos pretéritos. No se veía un alma por ningún sitio.

Y no solo eso.

Cuanto más se acercaban a la columna, más evidente era que allí no había ninguna excavación en marcha, ni siquiera una que hubiera sido abandonada. No se apreciaban rastros de ningún campamento, y Sarah tampoco pudo avistar ninguna fosa ni ningún otro indicio de que allí se hubieran efectuado trabajos arqueológicos o se hubieran interrumpido precipitadamente. Y, sin poder evitarlo, la asaltaron las dudas…

– ¿Qué significa esto? -inquirió lanzando una mirada escrutadora a Ali Bey-. ¿Por qué nos ha traído aquí? No veo ni rastro de una excavación.

– Paciencia -pidió el comerciante con serenidad.

– Pero la columna…

– Yo no dicho nada de la columna, lady Kincaid. Son suposiciones suyas.

Sarah no supo qué contestar. Calló y decidió darle otra oportunidad al guía, aunque no pensaba perderlo de vista un instante. Cuando aún faltaban unos cincuenta metros para llegar a la columna de Cneo Pompeyo, Ali Bey cambió de repente el rumbo de la marcha y se dirigió a un montón de ruinas que se hallaban a cierta distancia en medio de la arena.

Y entonces Sarah encontró lo que buscaba.

Las tiendas militares de color caqui apenas se veían a simple vista, ya que algunas habían sido derribadas y las lonas estaban medio tapadas por la arena. Pero era evidente que allí había habido un campamento hasta no hacía mucho, el campamento de una expedición arqueológica…

– Padre -murmuró Sarah y, aunque sabía que era absurdo, aceleró el paso y echó a correr.

– ¡No, lady Kincaid! -la advirtió Ali Bey, pero Sarah no le hizo caso.

Las ropas anchas que llevaba la estorbaban y las botas se le hundían en la arena hasta los tobillos, pero siguió corriendo imperturbable hacia los restos del campamento. Por fin conseguía una evidencia, por fin una pista que…

Lo primero que Sarah notó fue el olor que el viento de la noche arrastraba desde el campamento, un olor tan intenso que tuvo la sensación de chocar contra un obstáculo invisible.

Solo el hálito repugnante de la putrefacción podía ser el causante de aquel hedor insoportable…

Aquello la conmocionó, pero siguió corriendo; no podía parar. Llegó al campamento temiendo lo peor, y tuvo que taparse la boca y la nariz con la tela de la chilaba para que no la derribara el hedor abominable que lo invadía todo. Mirara donde mirara, únicamente veía destrucción.

Solo quedaban en pie unas pocas tiendas; la mayoría de ellas habían sido derribadas, y lo único que quedaba de las lonas eran jirones quemados. La arena estaba plagada de desechos, lo cual permitía deducir qué había pasado: astillas de una caja de madera, una pala rota, una linterna hecha añicos, un catre destrozado. Todo parecía indicar que el campamento había sido atacado y destruido por completo…

Pero… ¿dónde estaban sus moradores?

Sarah chocó con el pie contra algo que estaba medio enterrado en la arena. Se agachó, rebuscó y tocó el lomo de un libro encuadernado en piel. Tuvo que tirar con fuerza para sacarlo de la arena; luego examinó el hallazgo a la luz de la luna.

Era un cuaderno de notas del que apenas quedaba algo más que el lomo; el resto estaba calcinado y se deshizo entre las manos de Sarah. Las cenizas cayeron al suelo y Sarah vio aterrorizada una mano carbonizada que sobresalía de la arena como una garra grotesca.

Un gritó de terror salió de su garganta.

Retrocedió de espanto, dio uno, dos pasos, y volvió a topar con un obstáculo. Agitó los brazos, pero perdió el equilibrio y cayó sobre una de las pocas tiendas que seguían en pie. La lona desgastada por la arena se desgarró con su peso y Sarah se precipitó en el interior. Cayó sobre blando y rodó; intentó levantarse y entonces vio las cuencas vacías de unos ojos.

El muerto yacía boca arriba, con la cabeza girada a un lado. La ropa que llevaba no eran más que los restos de un traje tropical. En los pies y las manos quedaban restos de carne corrompida. Su rostro apenas conservaba vestigios humanos y los ojos seguramente habían sido devorados por los cuervos.