A Sarah le habría gustado contradecirlo, pero no cabía duda de que el suizo tenía razón. El soldado les hablaba en su idioma y eso solo podía significar que conocía su identidad. La pregunta era cómo…
– Silencio -advirtió Ali Bey en un susurro-. Mantengan la calma, a lo mejor se van.- Pero los soldados no pensaban hacerlo.
– Sabemos que ahí bajo -ladró el portavoz en mal inglés-. Fuera con manos arriba o nosotros abajo.
– Ven, cobarde -masculló Sarah entre dientes, y sacó el arma.
– ¿Te parece sensato? -preguntó Du Gard.
– Probablemente, no -admitió-, pero no tengo ganas de acabar como los pobres diablos de ahí arriba.
– Con un puñado de balas no podrás impedirlo -vaticinó el francés, y Sarah tampoco fue capaz de contradecirlo.
Pero no podía hacer otra cosa más que sujetar la culata de nácar del revólver de la Marina Real mientras la asaltaba el mal presentimiento de que había cometido una serie de errores graves, quizá incluso fatídicos. El error de salir de Londres.
El error de no haber hecho caso de las advertencias y de querer buscar a su padre por su cuenta.
El error de confiar en los demás…
Una luz trémula penetró de repente en el pasadizo. Habían bajado una linterna colgada de una cuerda que asomó balanceándose por la entrada de la galería. Al cabo de un momento se oyó que alguien descendía los peldaños de la escalera.
Sonó un clic cuando Sarah quitó el seguro del revólver.
Sujetándolo con ambas manos apuntó al pozo, donde ya podían verse dos piernas ceñidas en unos pantalones de uniforme blancos y cubiertos con polainas hasta las rodillas.
– Dispare -le dijo Friedrich Hingis en voz baja-. Si piensa hacer algo para salvarnos, que sea ahora…
– Non -lo contradijo Du Gard-, sería absurdo. Quizá podamos hacer tratos con ellos…
– Ojalá -gruñó Sarah, y presionó ligeramente el índice sobre el gatillo.
El soldado soltó una maldición en árabe cuando saltó dentro de la gruta apuntando con el fusil. Sarah supo que aquel era el momento en que tenía que disparar si quería salvar su vida y la de sus compañeros con el poder de las armas… Pero no lo hizo.
Porque la luz de la linterna que penetraba en la galería le permitió descubrir algo que estaba oculto en la oscuridad más profunda y que atrajo tanto su atención que el peligro que los amenazaba perdió de golpe toda importancia.
Eran cinco signos.
Cinco letras del alfabeto griego que habían sido labradas en el techo de la galería en tiempos inmemoriales y que demostraban a todas luces que Sarah seguía la pista correcta y que aquel era realmente el lugar donde su padre había estado trabajando.
– El sello de Alejandro -murmuró Sarah.
Un instante después ya era demasiado tarde para defenderse. Llegaron tres soldados más a la gruta y los apuntaron con sus armas, de manera que cualquier movimiento sospechoso habría significado una muerte segura.
– ¡Fuera armas o todos muertos! -gritó uno de ellos con voz ronca, y Sarah se descubrió soltando el revólver, que cayó en el lodo y se hundió en él.
Fuerte Quaitbey,
Alejandría Noche del 11 de julio de 1882
El fuerte Quaitbey debía su nombre al sultán que lo mandó construir a finales del siglo XIV en la lengua de tierra que dividía el puerto en dos partes, la occidental y la oriental, y cuyo extremo había sido una isla en la época clásica. Sarah nunca había visto el interior de la fortaleza, que en el transcurso de su larga y ajetreada historia había servido de cuartel, primero a los soberanos mamelucos, luego a los conquistadores otomanos, a los franceses en tiempos de Napoleón y, finalmente, a las tropas de Muhammad Ali.
Aquella noche tampoco pudo hacerse más que una idea vaga del aspecto que tenía el interior de los adustos muros dotados de torres de defensa puesto que, encerrada en un carro de transporte de prisioneros, solo consiguió atisbar fusiles listos para disparar y soldados con uniformes blancos que parecían ocupar la fortaleza a cientos.
Desde el lugar adonde llevaron luego a Sarah y a sus acompañantes no se veía el exterior. El carro se metió en una casamata subterránea, donde obligaron a los prisioneros a apearse encañonándolos con las armas. A Sarah y a los demás no les quedó más remedio que obedecer. Se habían entregado y estaban a merced de la voluntad de los esbirros.
Y, con todo, aún podían hablar de suerte.
En un primer momento, Sarah había pensado que los soldados abrirían fuego y los matarían sin más ceremonia, pero no lo habían hecho. Se habían limitado a capturarlos y a meterlos en el carro que los esperaba junto al yacimiento; otro indicio de que los soldados tenían información… Pero ¿quién se la había dado?
– ¿Adonde nos llevan? -le preguntó Hingis en voz baja mientras bajaban por la empinada escalera que conducía a una hondura insondable, apenas iluminada por unas antorchas.
– No lo sé -reconoció Sarah con franqueza.
– Tendría que haber disparado cuando tuvo ocasión.
– Entonces estaríamos todos muertos.
Una risa amarga surgió de la garganta de Hingis.
– Lo estamos de todos modos, ¿no cree?
Sarah no replicó. Ella tampoco sabía qué destino les esperaba, pero parecía bastante lúgubre. Desde que habían llegado a Alejandría, nada había ido como había planeado. Habían caído en manos del enemigo y aún no habían averiguado qué le había ocurrido a su padre.
Sarah reconoció con pesar que aquella expedición había sido un fracaso desde el principio. Debería haber atendido las señales del momento y haber regresado cuando aún tenía la posibilidad de hacerlo. Había recibido suficientes avisos y bastante claros, primero en Montmartre, después en la siniestra gruta de Fifia y, finalmente, a bordo del submarino.
Pero Sarah no había permitido que la desviaran de su propósito, lo había perseguido inflexible, y con ello había puesto en juego su vida y también la de sus compañeros. No la consolaba saber que tanto Du Gard como Friedrich Hingis y Ali Bey la habían seguido por propia voluntad. Más que nunca en la vida, Sarah se sentía responsable no solo de ella misma y de su padre, sino también de aquellos que habían confiado en ella…
La escalera ya no estaba confinada entre muros, sino por roca maciza en la que se abría paso. Un frío húmedo azotó a Sarah y a sus compañeros y los hizo tiritar; el olor a moho impregnaba el aire.
La escalera acabó por fin y dio paso a una galería larga, cruzada por varios pasadizos transversales. El suelo estaba plagado de charcos de agua en los que se reflejaba la luz de las antorchas. Al final de la galería había una puerta de hierro con rejas. Y allí llevaron a los prisioneros.
Un soldado gordo, con la chaqueta del uniforme apretándole la barriga, hacía guardia ante la puerta. Al ver llegar a sus camaradas, se apresuró a levantarse del taburete donde había estado dormitando. El sargento que guiaba al grupo de prisioneros le mandó ponerse bien la chaqueta y colocarse recto el fez, que le caía de lado en la cabeza redonda. Luego le ordenó que abriera la puerta. Apuntándolos con las bayonetas caladas obligaron a Sarah y a los otros a penetrar en la oscuridad mohosa que imperaba al otro lado de la reja.
– Alors, esto responde a su pregunta, doctor -dijo Du Gard a Hingis-. Nos han metido en una maldita mazmorra.
Desgraciadamente, era verdad.
La bóveda abierta en la roca que se extendía ante ellos y cuya altura apenas permitía estar en ella de pie, era la prisión del fuerte, y Sarah y sus compañeros no estaban solos. A medida que sus ojos se acostumbraban a la penumbra, iban distinguiendo algunas figuras de rostro demacrado y escuálidas, cubiertas de harapos y con la barba y el pelo largos. Era imposible decir cuánto tiempo llevaban allí encerrados aquellos pobres diablos. Algunos estaban encadenados a la pared de roca, otros se acuclillaban en el suelo, mirando apáticos al vacío como si hubieran perdido todo deseo de vivir. El agua se filtraba por las paredes y apestaba a excrementos.