– Esto es indignante -gritó Friedrich Hingis acalorado-. Soy ciudadano suizo y exijo un trato justo. Esto es inaceptable.
– Bien sur, c'est vrai -convino Du Gard-, pero sospecho que no harán mucho caso de sus protestas. Por si no lo ha notado, ahí fuera se está librando una guerra y nos consideran enemigos.
– Debemos dar las gracias a Alá por seguir con vida y que no nos abatieran allí mismo -opinó Ali Bey-. A los espías normalmente los matan de inmediato, y también a los nacionales que los ayudan.
– Pero nosotros no somos espías -arguyó Sarah-, y los soldados parecían saberlo. Es evidente que estaban muy bien informados de nuestra expedición nocturna.
– Traición -dijo Friedrich Hingis, insistiendo en su vieja sospecha.
– Efectivamente, mon ami -replicó Du Gard con cierto sarcasmo.
– ¿Qué insinúa? ¡Lo dice como si me estuviera acusando a mí!
– ¿Hay motivos para ello?
– ¡Ya basta! -terció Sarah con energía-. Nadie ganará nada lanzándose al cuello del otro. Con todo lo que ha pasado, deberíamos mantener la cabeza fría para intentar…
– ¿Sarah?
Una voz procedente del fondo de la mazmorra la hizo enmudecer bruscamente. -¿Eres tú, hija…?
Sarah no daba crédito a sus oídos. En aquel terrible lugar, la voz sonó sorda y un poco extraña, pero la habría reconocido entre mil.
– ¿Padre…?
Sarah contuvo el aliento cuando una figura imprecisa salió de las oscuras profundidades de la mazmorra. Aunque no pudo erguirse en toda su estatura bajo el techo de roca, se notaba que era alto. Vestía un traje tropical, con una chaqueta gastada que Sarah reconoció enseguida. Luego también afloró en la oscuridad el rostro del hombre y, por primera vez en los muchos meses que habían transcurrido desde que se fue de Yorkshire, Sarah volvió a ver el semblante afable de Gardiner Kincaid.
Quizá las arrugas eran un poco más profundas debido a las privaciones y los cabellos plateados eran más largos que de costumbre, igual que la barba que lucía en la marcada barbilla de Gardiner. Pero aún conservaba el azul acerado de sus ojos de mirada atenta, aunque en aquel momento se le humedeció.
– ¡Sarah! ¡Por Dios! ¿Qué…? ¿Cómo…?
Lord Kincaid no consiguió formular una sola pregunta. Sin decir tampoco una palabra, Sarah se precipitó hacia él y lo estrechó entre sus brazos.
Nadie supo decir cuánto tiempo estuvieron así padre e hija. El sentimiento de gratitud que invadió a Sarah por haber encontrado a su padre con vida era tan abrumador que prevaleció sobre todo lo demás.
Por un breve y feliz instante le pareció que volvía a ser la niña que acompañaba a su padre en sus viajes de aventura por todo el mundo, impulsada por la curiosidad y el ansia de conocimientos y guiada por un maestro como no podía haber otro mejor, versado en su especialidad y lleno de indulgencia y comprensión para con sus alumnos tardos.
Sin embargo, esa impresión fugaz finalizó en un momento. Sarah volvió a ser consciente de dónde se hallaban y de por qué estaban allí, y cuando por fin se deshizo del abrazo, tuvo la sensación de hacerlo en varios sentidos…
– Hola, padre -dijo, y forzó una sonrisa que no obtuvo respuesta por parte del viejo Gardiner.
– Sarah -repitió lord Kincaid mirándola aún con incredulidad y asombro-. Sarah…
– Sí, soy yo, padre.
– ¿Por qué estás aquí? -preguntó entonces Gardiner Kincaid, con tanta aspereza que Sarah se estremeció. ¿Había un deje de reproche, incluso de condena, en la voz de su padre?
– He venido a buscarte -contestó Sarah conforme a la verdad-. Y, por lo que parece, te he encontrado.
– ¿A buscarme? -Gardiner Kincaid se quedó con la boca abierta, perplejo-. Pero ¿cómo has venido? Quiero decir, ¿cómo has podido…? ¿Y cómo supiste…?
– He tenido ayuda -aclaró Sarah con modestia, y se apartó a un lado para presentarle a sus acompañantes-. A monsieur Du Gard ya lo conoces, igual que al doctor Friedrich Hingis, de la Facultad de Arqueología de la Universidad de Ginebra. Y este es Ali Bey, un comerciante egipcio que nos ha prestado su apoyo.
Lord Kincaid saludó con un gesto a cada uno de los presentes y en su rostro se reflejó que parecía estar viendo fantasmas.
– Sarah -repitió, y en su voz ya no había reproches ni quejas, sino un pánico que le costaba dominar-. ¿Qué has hecho, hija? ¿Qué has hecho?
Las arrugas parecieron multiplicarse de golpe en el rostro curtido del arqueólogo, un espanto creciente se dibujó en su semblante mientras parecía comprender paulatinamente lo que significaba la presencia de su hija en aquel triste lugar.
– ¡No! -gritó.
Retrocedió y levantó los brazos a la defensiva, como si Sarah y sus acompañantes fueran producto de su imaginación. Dio media vuelta y regresó precipitadamente a las tinieblas protectoras.
Sarah no supo qué pensar de aquella reacción. Dudó un momento y dirigió una mirada desamparada a Du Gard. Luego se apresuró a seguir al viejo Gardiner.
– ¡Padre! ¡Espera…!
Sin volverse ni una sola vez, lord Kincaid se dirigió al rincón más apartado de la bóveda; allí apenas llegaba la luz de las antorchas, pero el hedor no era tan intenso. Se acurrucó en el suelo, poniendo morros como una criatura. A su lado se distinguió una segunda figura, de la que Sarah no hizo caso en un primer momento.
– ¿Qué haces, padre? -Sarah le pidió explicaciones severamente-. ¿Por qué te alejas de mí?
– Porque no deberías estar aquí. -La respuesta fue áspera y lapidaría-. Porque no puedes estar aquí.
– No entiendo a qué te refieres. ¿Qué significa eso?
– Significa lo que significa. Que no tendrías que estar aquí. Que no estaba planeado así…
– ¿Planeado? ¿Por quién? ¿Por ti? -Sarah puso los brazos en jarras, mostrándose obstinada. Había contado con muchas cosas, pero no con un recibimiento como aquel. La alegría del viejo Gardiner al ver a su hija parecía haberse disipado pronto-. ¿Qué quieres decir, padre? Maldita sea, ¡habla conmigo! Después de todo lo que he hecho para venir aquí, creo que puedo exigírtelo…
Esperó, pero la única respuesta que obtuvo de Gardiner Kincaid fue una tos seca. Pudo ver vagamente que se estaba retorciendo de dolor.
– ¿Padre? -Se arrodilló junto a él-. Padre, ¿qué te ocurre? ¿Estás bien…?
– No te preocupes, pequeña -dijo la otra figura, que se había mantenido inmóvil, acurrucada en la oscuridad, y que entonces se inclinó hacia delante. Cuando su rostro se aproximó al de Sarah, la joven vio que se trataba de Mortimer Laydon, médico al servicio de Su Majestad en Londres, padrino de Sarah y también el mejor amigo de su padre.
– Ti… tío Mortimer -musitó asombrada al reconocer el semblante familiar, enmarcado en una barba frondosa-, no sabía que estabas aquí. En París di con tu nombre, pero no pensé que…
– Ningún caballero que se precie se negaría a ayudar a un amigo cuando lo necesita -contestó Laydon en voz baja-. Tu padre me pidió que lo acompañara en este viaje, y aquí estoy.
– ¿Qué tiene? -preguntó Sarah mirando a su padre, quien ya se había recuperado y se apoyaba, debilitado y jadeando, en la pared de roca por la que el agua chorreaba con un ligero chapoteo.
– Los pulmones, igual que todos los que están aquí -explicó Laydon sencillamente-. Viendo este horrible lugar, no es nada extraño.
– ¿Cuánto hace que estáis aquí? -quiso saber Sarah.
– Cuatro semanas. En todo ese tiempo, apenas hemos visto la luz del día. Solo vienen a buscarnos muy de vez en cuando para interrogarnos; a pesar de todas las pruebas en contra, siguen considerándonos espías británicos.
– ¿Qué pasó con el resto de la expedición?