– El cubo -insistió el padre de Sarah en lo único que parecía interesarle realmente- ¿dónde está? ¿Dónde lo has escondido? ¿Está a salvo?
– Ya no lo tengo -confesó Sarah en voz baja.
– ¿Qué quieres decir?
– Me lo arrebataron y lo destruyeron.
– ¿Destruirlo? -Gardiner meneó la cabeza-. Nadie puede destruir el codicubus, a no ser que logre abrirlo.
– Lo abrieron -afirmó Sarah turbada-, y todo lo que contenía fue destrozado.
– ¿ Los… los pinakes?
– Quemados -dijo escuetamente Sarah, que no sabía qué pensar sobre el hecho de que su padre conociera tanto el contenido como el secreto del misterioso artefacto.
– ¿Lo presenciaste? -preguntó-. ¿Lo viste con tus propios ojos?
– Sí, padre.
– ¿Quién fue? -quiso saber el viejo Gardiner-. ¿Quién cometió semejante crimen contra el pasado?
– Supongo que lo conoces -replicó Sarah con frialdad-. Probablemente es uno de los numerosos amigos tuyos que he ido conociendo durante las últimas semanas y de los que no había oído hablar antes.
– ¿Era muy alto? -insistió el padre, y resultaba difícil precisar si no se había dado cuenta del sarcasmo de Sarah o si lo ignoraba adrede-. ¿Casi un gigante? ¿Hablaba con un acento extraño? ¿Llevaba una capa negra y ocultaba el rostro debajo de la capucha?
– Sí -confirmó Sarah.
– Era Caronte -murmuró el viejo Gardiner con una voz tan apagada que Sarah sintió un escalofrío en la espalda. Y por primera vez en su vida descubrió en los ojos de su padre algo que otros afirmaban haber visto, pero que ella jamás podía haber imaginado: un miedo palpable…
– ¿Quién es ese individuo? -preguntó la joven.
– En la mitología griega, Caronte era el barquero del hades y su misión consistía en cruzar a los muertos al otro lado de la laguna Estigia -explicó Friedrich Hingis.
– Eso ya lo sabía -replicó Sarah secamente-. Lo que quiero saber es quién es ese gigante. No creo que haya salido del hades griego.
– Probablemente no, pero no se llama así por casualidad -aclaró Gardiner, que aún no se había recuperado del espanto-. ¿Le viste la cara?
Sarah dudó un momento antes de responder.
– No -dijo entonces, y el semblante de su padre pareció relajarse un poco-. ¿Por qué? -preguntó-. ¿Qué importancia tiene?
– Entonces no está todo perdido -respondió enigmáticamente Gardiner-. Aún hay esperanza, aunque te hayas expuesto al peligro absurdamente.
– ¿Absurdamente? -Sarah enarcó las cejas-. Quería salvarte, padre. ¿Qué tiene eso de absurdo?
– ¿Aún no lo has entendido, criatura? No se trata de mí, sino única y exclusivamente de ti. Tu misión era custodiar el codicubus, ni más ni menos, pero has desatendido mi ruego y, por lo que veo, no has sido la única. -Esto último iba por Du Gard, quien bajó la cabeza como un colegial cuando lo regañan-. ¿En qué estaba pensando, Du Gard? Yo creía que podía confiar en usted, pero ahora me veo obligado a constatar que ha hecho causa común con mi hija y han obrado en contra de mis deseos expresos.
– Je m'excuse, monsieur -se oyó decir en voz baja en la oscuridad-. Lo siento…
– No lo sientes -lo contradijo Sarah con determinación- y yo tampoco. Hemos hecho lo que nos dictaba la conciencia y eso no puede ser un error.
– ¿La conciencia? -Los ojos de Gardiner brillaron en la negrura-. ¿O la vanidad?
– ¿Y qué tiene de malo? -refunfuñó Sarah-. Tú preferiste desaparecer en secreto, sin decir palabra sobre tus propósitos o sobre el carácter de tus investigaciones. Querías que yo te obedeciera, que siguiera tus instrucciones sin hacer preguntas… Pero tú no me educaste así, padre.
– Yo te eduqué sobre todo en la lealtad, hija. ¿Lo has olvidado?
– ¿Y qué esperabas? ¿Que te dejara morir? No te reconozco…
– Entonces conócete a ti misma, Sarah -replicó Kincaid severamente-. Por culpa de tu imprudencia y de tu vanidad se ha perdido un artefacto de un valor incalculable. ¿Aún no comprendes la importancia del codicubus? Contenía el último indicio de que la Biblioteca de Alejandría aún existe, de que ha pervivido durante siglos, inadvertida por los hombres. Una vez destruido el codicubus, nosotros somos los últimos testigos de su contenido, pero nuestra misión de encontrar la biblioteca perdida y de retornar a la humanidad los conocimientos que reunía ha fracasado estrepitosamente. Con ello se ha echado a perder cualquier ocasión de que la posteridad sepa algo de nuestros proyectos y de nuestras acciones.
– O de que continúe lo que nosotros hemos comenzado -añadió Mortimer Laydon en voz baja.
– Así es -asintió Gardiner-. Por eso te dejé el codicubus, Sarah. Quería que tú lo guardaras si yo no regresaba y que tú descubrieras lo que a mí me había sido vedado.
– Yo… yo no lo sabía -contestó Sarah asombrada-. ¿Por qué no me dijiste nada? Podrías haberme escrito una carta y haberme dado ni que fuera una indicación.
– Lo habría hecho, pero Caronte me pisaba los talones y tuve que marcharme precipitadamente de París.
– No me refiero a eso. Proyectaste la expedición con mucha antelación. En Inglaterra habrías tenido tiempo de sobra para informarme, pero no lo hiciste.
– No.
– ¿Por qué?
En la penumbra de la mazmorra, el padre de Sarah lanzó una mirada penetrante a su hija.
– No me lo preguntarías si confiaras en mí.
– Confiaba en ti, padre. Pero en las últimas semanas no he parado de toparme con un hombre al que no conocía. Hay tantas cosas que no sabía de él… ¿Por qué, padre? ¿Por qué no me has contado nunca nada de esas cosas?
– Tenía mis razones.
– Estoy convencida de ello. -Sarah asintió con la cabeza-. Por un motivo que desconozco, me retiraste tu confianza. Hubo una época en que me ponías al corriente de todo y en que no habrías iniciado ningún proyecto sin hacerme partícipe.
– Eso es cierto -admitió Gardiner-. Pero esa época ha acabado irremisiblemente.
– ¿Por qué, padre? ¿Por qué he perdido tu confianza?
– No es cuestión de confianza, Sarah. Tenía que tomar una decisión y la tomé, sin ti. Puede que no te resulte fácil comprenderlo, pero así fue.
– Pero yo podría haberte ayudado.
– ¿Igual que me has ayudado con el codicubus?
Sarah se estremeció como si hubiera recibido un latigazo. Durante los últimos días y semanas, no había dejado de pensar en su padre, había temido por su vida y se había imaginado cómo sería reencontrarse con él después de tanto tiempo, volver a abrazarlo por fin. Pero nunca había supuesto que el encuentro transcurriría de aquella manera…
– Tenías razón con tus conjeturas, Sarah -añadió el viejo Gardiner en voz baja y ronca-. Este asunto va mucho más allá de lo que puedas imaginar.
Entonces fue Sarah la que miró al suelo compungida, sintiéndose descubierta y amonestada como una criatura a la que han sorprendido haciendo una travesura. El reproche de su padre le dolió y meditó bien su respuesta, eligió las palabras con sumo cuidado.
– Perdona, padre -dijo finalmente-. Sé que te he decepcionado. Píe defraudado tus expectativas y he actuado contra tu voluntad. Debería haber conservado el codicubus en vez de querer indagar su secreto y debería haber confiado en tu palabra en vez de intentar salvarte. He cometido todos esos errores y, en mi defensa, solo puedo disculparme diciendo que te quiero con todo mi corazón y que la idea de perderte me resultaba insoportable.
– Hija mía… -El semblante de lord Kincaid se distendió, se suavizó y se volvió más afable-. Está bien. No te aflijas más. Lo pasado pasado está; no podemos…
– Pero -prosiguió Sarah impasible- yo no soy la única que ha cometido errores.