– Déjame ir, padre -exigió Sarah-. Yo soy la responsable de muchas de las cosas que han pasado. Yo velo por mi expedición.
– Y yo por la mía -replicó Gardiner-. No se trata de responsabilidades, Sarah, sino de lo que es razonable. Yo soy viejo y débil; en cambio tú…
– No -siguió llevándole la contraria obstinadamente, y una sonrisa se dibujó en el semblante arrugado de su padre.
– A veces aún te comportas como la niña testaruda a la que crié -dijo.
– Soy tu hija -contestó Sarah- y por eso sé qué tengo que hacer.
– Puede, pero no serás…
– Alors, ¿estáis discutiendo sobre quién se presentará antes ante el Creador?
Aquella voz, con un acento encantador inconfundible, llamó la atención de Sarah y de su padre. Sorprendidos, miraron hacia la puerta de la celda y vieron a un hombre con uniforme azul de oficial. Sin embargo, al instante se dieron cuenta de que lo que veían por debajo del fez adornado con una borla negra era el semblante pálido de Maurice du Gard, en el que se reflejaba cierto aire de diversión. El guardia gordo yacía inconsciente a sus pies.
– Ma… Maurice -consiguió decir Sarah sin apenas voz.
– Oui, c'est moi -confirmó el francés.
– Pero… ¿Cómo…? ¿Qué…?
– ¿Qué ha pasado con los soldados? -preguntó el viejo Gardiner, que recuperó el habla enseguida.
– No os lo vais a creer. -Una sonrisa juvenil se deslizó por el rostro de Du Gard-. Esos engorrosos messieurs han preferido matarse mutuamente.
– ¿Que han hecho qué? -Sarah no entendía nada.
– Los efectos de la hipnosis -adivinó su padre-. Asombroso, amigo mío. Realmente asombroso.
– El poder del espíritu sobre la materia vil -lo expresó Du Gard con palabras más poéticas, y se tocó significativamente el fez, que le venía un poco grande y le caía sobre las cejas-. He obligado al oficial a levantar el sable contra sus hombres. El resto ha sido un caos.
– ¿Y… y el oficial? -preguntó Sarah mirando la casaca azul de uniforme que llevaba Du Gard.
– Mejor no preguntes -se limitó a responder el francés, con la mano en la empuñadura del sable-. Pero ahora tenemos que intentar salir de aquí. Me temo que mi número magistral no pasará desapercibido por mucho tiempo.
– Oh, sí -convino el viejo Gardiner con una sonrisa audaz-, y apuesto lo que sea a que no habrá aplausos entusiastas. ¿Tiene las llaves?
– Bien sur -respondió Du Gard, y la cerradura de la reja tintineó y rechinó con un sonido metálico de inmediato. Tardó un poco en encontrar la llave adecuada, pero luego se oyó por fin el chasquido salvador y la puerta cedió hacia fuera-. Alors, si me hacen el favor…
– Eres increíble -lo alabó Sarah, y al salir le dio un beso furtivo en la mejilla.
– Vraiment, chérie, ¿lo dudabas? -Du Gard sonrió irónicamente-. ¿Son lágrimas lo que veo en tus ojos? ¿No habrás llorado por mí?
– Pues claro que no -aseguró la joven enérgicamente, y usó la manga de su blusa para secarse los ojos-. No deberías sobrevalorar tu influencia sobre las mujeres.
– Mais non -replicó escuetamente Du Gard.
Entretanto, el resto de los prisioneros se apresuraba a salir de la mazmorra: no solo Hingis, Ali Bey y Mortimer Laydon, sino todos los pobres diablos que habían sido internados en las profundidades de Quaitbey. El que aún podía moverse, corría, renqueaba o se arrastraba hacia fuera. Sarah y sus compañeros los dejaron pasar; por un lado, porque nadie merecía estar encerrado en un infierno como aquel y, por otro, porque la confusión de los esbirros sería mayor cuantos más prisioneros huyeran…
Las andrajosas figuras les pasaron por delante atropelladamente, muchas de ellas mutiladas y cegadas, avanzaron por el pasillo y subieron por la escalera, desde cuyo extremo les llegó de repente un enorme griterío. Restallaron disparos y el torrente de fugitivos se paró en seco.
– Soldados -masculló Mortimer Laydon.
– Minee alors! -maldijo Du Gard-. Esos crétins son más rápidos de lo que creía. Y ahora, ¿qué?
– Hacia allí, deprisa -apremió el viejo Gardiner, y mientras los demás fugitivos seguían apiñándose en el pasillo principal, él y los suyos retrocedieron hacia una estrecha galería lateral. Nadie sabía adonde conducía, pero les pareció más prometedora que una confrontación directa con los soldados.
Un error, como se vería más tarde…
El pasadizo, en cuyas paredes había antorchas, conducía hacia el interior de la roca antes de describir una curva al final de la cual acabó bruscamente la huida. Una reja de hierro con una cerradura maciza les cortaba el camino. Al otro lado reinaba una negrura insondable.
– ¿Maurice? -preguntó el viejo Gardiner mientras en el corredor principal volvían a sonar disparos, seguidos por un griterío sordo. Los soldados parecían actuar con una brutalidad extrema contra los prisioneros evadidos…
– Estoy en ello -aseguró el francés, que ya buscaba entre el manojo de llaves. De nuevo se oyó rechinar y un crujido metálico, y la puerta se abrió chirriando.
– Bien hecho.
Gardiner Kincaid cogió una antorcha encendida de la pared y se puso en cabeza. Uno tras otro lo siguieron: primero Sarah, luego Mortimer Laydon y, finalmente, Ali Bey y Friedrich Hingis. Du Gard fue el último en pasar y cerró la puerta tras de sí con cuidado.
Unos pasos más allá, el grupo se topó con otra sorpresa: en unos ganchos clavados en la pared de roca estaban colgadas las armas que habían requisado a los prisioneros: fusiles y cuchillos, pero también la canana de Gardiner Kincaid, que Sarah habría reconocido entre mil. Era una desgastada cartuchera Sam Browne del ejército británico, de la que colgaba un sólido puñal Bowie enfundado en una vaina con flecos. En la pistolera de cuero también estaba el Colt modelo 1878 Frontier que tantos servicios había prestado al viejo Gardiner.
– Mira -dijo sonriendo-, a eso lo llamo yo suerte en la desgracia…
Cogió el cinto y se lo puso; los demás fugitivos también se armaron: Sarah y Mortimer Laydon con rifles Martini Henry, que habían pertenecido al equipo de la expedición, y con bolsas de munición; Ali Bey recuperó la daga que le habían quitado al capturarlo. Du Gard se quedó con el sable (parecía odiar profundamente las armas de fuego) y Friedrich Hingis también se hizo con un fusil.
– ¡Por fin! -exclamó triunfal-. Con esto podremos luchar por abrirnos paso hacia el exterior.
– No querría frustrar sus ilusiones, mon ami -objetó Du Gard-, pero no creo que un puñado de armas viejas sean muy útiles contra toda una guarnición de soldados.
– Efectivamente -le dio la razón Gardiner Kincaid-. Por eso nos adentraremos en la galería tanto como podamos y esperaremos.
– Pero no sabemos adonde conduce el pasadizo -objetó Hingis-. ¿Y si se hunde?
– Tendremos que correr el riesgo -replicó Gardiner encogiéndose de hombros-. ¿O alguien discrepa? -Lanzó una mirada interrogativa a todos sus compañeros, pero no encontró oposición-. Entonces está decidido -dijo, siguió andando y volvió a colocarse a la cabeza del grupo.
– ¿Y si es un callejón sin salida? -apuntó Hingis desvalido, pero esa objeción tampoco encontró eco-. Tengo claustrofobia.
Nadie contestó.
Lanzando maldiciones que nadie habría creído posibles en boca de un erudito de su talla, el suizo acabó aceptando la decisión de la mayoría.
Recorrieron juntos la galería, excavada en la roca en tiempos inmemoriales, seguramente por esclavos desventurados, donde los azotó un frío glacial. Unos pasos más allá, la oscuridad los rodeó. A la llama de la antorcha que llevaba el viejo
Gardiner parecía costarle un esfuerzo enorme imponerse a la negrura que acometía desde todas partes.