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Una escalera descendía aún más hacia lo hondo. El techo era cada vez más bajo, y Sarah y sus compañeros tuvieron que agachar la cabeza para no chocar con él.

La textura de las paredes cambió de nuevo. Se volvieron lisas, y Sarah pudo reconocer restos de pintura en algunos sitios. La luz de la antorcha sacó a relucir de repente algo en la oscuridad que probablemente ningún ojo humano había visto en siglos: una imagen labrada en la piedra, que enseguida llamó la atención de los tres arqueólogos…

– Mirad -murmuró Gardiner.

– Un relieve -constató Sarah-. Del período de los diádocos.

– Es posible -concedió Elingis, y se quitó las gafas para limpiarlas antes de volver a examinar la obra de arte.

Aunque probablemente tendrían unos dos mil años, las imágenes todavía se reconocían bien. En ellas aparecía un edifico alto, compuesto por bloques superpuestos que se iban estrechando a medida que ascendían. Al pie del coloso se veían barcos, representados de un modo tan realista y detallista que podían distinguirse mercantes fenicios de cargueros griegos y galeras romanas.

– Es Faros -constató Hingis-, el célebre faro de Alejandría, cuya llama se veía desde Atenas. En la Antigüedad estaba considerado una de las siete maravillas del mundo.

– No me diga -gruñó Sarah sin hacerle mucho caso, ya que estaba ocupada examinando las paredes.

– Los alejandrinos afirman que el fuerte Quaitbey se construyó sobre los cimientos del faro -añadió Gardiner Kincaid asombrado-. Quizá tengan razón.

– ¿Quizá? -aguijoneó Hingis con sarcasmo-. Si todas sus fuentes son tan creíbles, no me extraña que Schliemann descubriera Troya antes que usted. Por lo general, en el primer semestre de universidad ya te enseñan que un científico serio nunca debe dar crédito a las habladurías de los nativos.

– No he afirmado que sea así realmente, pero la experiencia me ha enseñado que en arqueología no se puede pasar por alto ninguna posibilidad.

– ¿Y qué son esas líneas que salen de la torre? -preguntó Du Gard.

– ¿Quién sabe? -respondió Gardiner-. En algunas fuentes clásicas se relata que el faro estaba en condiciones de prender fuego a los barcos que lo atacaban. Según dicen, el arma incluso tenía un nombre: el fuego de…

– ¡Padre!

El grito de Sarah obligó al viejo Gardiner a que diera media vuelta.

Encontró a su hija en medio del pasadizo, señalando el techo donde, a la luz de la antorcha, podían distinguirse cinco letras del alfabeto griego labradas en la piedra.

A B T A E

– El distintivo de Alejandro -murmuró-. Está aquí…

– ¿Qué significa eso? -preguntó Hingis.

– Se lo diré, amigo mío -contestó Gardiner desbordado por la alegría que sentía en aquel momento-. Significa que un golpe favorable del destino nos permite reanudar el juego, puesto que este símbolo indica el camino hacia antiguos secretos que…

En aquel momento se oyó un trueno lejano y una fuerte sacudida recorrió la galería.

– ¿Qué ha sido eso? -inquirió Mortimer Laydon asustado.

Siguieron otro trueno y un nuevo temblor, esta vez tan fuerte que se desprendió arena del techo de la bóveda. A todos les costó mantenerse en pie.

– ¡Un terremoto! -gritó Hingis aterrorizado.

De nuevo una sacudida, seguida por toda una salva de estruendos sordos.

– No es un terremoto -constató Gardiner Kincaid-, son impactos de proyectil.

– ¿Cañonazos? Pero ¿cómo…?

– Alors -comentó Du Gard suspirando profundamente, casi con resignación-, al parecer, el ultimátum que el gobierno británico dio a los nacionalistas ha vencido. El bombardeo de Alejandría ha comenzado…

6

Fuerte Quaitbey, Alejandría

11 de julio de 1882, 7 de la mañana

Un nuevo impacto pareció sacudir los cimientos del fuerte. Sarah se apoyó en la pared de roca para no perder el equilibrio; polvo y arena se desprendieron del techo.

No quería ni imaginar qué estaría pasando en aquel momento en el exterior. Proyectiles mortíferos volaban entre los buques de guerra británicos y las posiciones de los defensores, y sembraban el caos y la destrucción en ambos bandos; violentas explosiones despedazaban muros con siglos de antigüedad como si fueran de papel; cascotes y metralla saltaban por los aires y producían una sangrienta cosecha; polvo y humo impregnaban el aire, que estaba saturado de órdenes masculladas y del griterío de los heridos…

– Deprisa-susurró Gardiner-, ¡sigamos adelante!

– ¡Es una locura! -se acaloró Hingis, que, en vez de hacer ademán de moverse, se cruzó de brazos elocuentemente-. No pienso avanzar ni un paso más. En estas condiciones, sería un suicidio.

– ¿Prefiere probar suerte con los soldados egipcios? -preguntó Sarah mordaz.

– En estos momentos, estarán ocupados con otras cosas -dijo Hingis convencido.

– Efectivamente, con los proyectiles británicos, a los que no les importa lo más mínimo de parte de quién estamos -arguyó el viejo Gardiner-. Subir ahora sería un disparate. Tenemos que hacer lo contrario, adentrarnos en la galería y ver qué indica el símbolo de Alejandro…

Un nuevo impacto, esta vez justo por encima de ellos. Se oyeron gritos, tan fuertes y estridentes que consiguieron traspasar los muros de piedra. Un fragmento de roca cayó del techo y rozó el hombro de Hingis.

– ¿Habla en serio? -se escandalizó Hingis-. ¿Cómo puede pensar en su trabajo en estos momentos?

– Soy arqueólogo -respondió Kincaid lisa y llanamente.

– Yo también, pero eso no significa que quiera sacrificar mi vida por ello. Todo tiene sus límites.

– Quizá. Pero aunque no hubiéramos encontrado el símbolo, seguiría siendo más sensato permanecer aquí abajo que enfrentarse a las bombas y a las granadas.

– Me temo que tengo que dar la razón a mi estimado amigo -convino Mortimer Laydon-. En estos momentos, creo que es mucho más seguro estar en esta galería que en el exterior.

– ¿Y si se derrumba la bóveda? -preguntó Hingis y, como para subrayar sus palabras, se oyeron varias detonaciones, seguidas de una nueva explosión aún más potente que dio la impresión de que había impactado en un depósito de municiones. De nuevo cayeron escombros y polvo sobre los fugitivos-. ¿Ven a qué me refiero?

– Si estas galerías son tan antiguas como creemos -replicó Gardiner Kincaid-, ya han resistido innumerables guerras y varios terremotos. La Marina Real tampoco conseguirá alterarlas.

Nuevamente una sacudida, tan fuerte y violenta que Hingis no fue el único que pensó que el techo se derrumbaría. -¿Estás seguro, padre? -preguntó Sarah. -También hará falta un poco de suerte -reconoció el viejo Gardiner, no tan convencido como antes-. ¿Qué decís?

– Yo estoy a favor de seguir adelante -acordó Sarah, y levantó la mano.

Uno tras otro, también Laydon, Du Gard y Ali Bey mostraron su conformidad.

– Está en minoría, estimado Hingis -comentó Kincaid-. Evidentemente, puede dar media vuelta si quiere, pero no se lo aconsejo, y eso sin contar con que no alcanzaría la gloria científica.

– ¿Gloria científica? -repitió el suizo de mal humor-. ¡Al diablo la gloria científica! ¿De qué me servirá si estoy muerto?

El viejo Gardiner se echó a reír. Luego se puso en movimiento y encabezó el grupo mientras el bombardeo proseguía en la superficie. Golpes sordos sacudían una y otra vez la galería, pero se fueron amortiguando a medida que se adentraban en las profundidades, y los lamentos de Friedrich Hingis también se fueron acallando. Aunque no por mucho tiempo.

La galería acababa súbitamente ante una pared de piedra levantada con sillares imponentes.

– ¡Lo sabía! -exclamó Hingis-. Sabía que esta galería era un callejón sin salida.

– No tiene sentido -objetó Sarah-. Entonces ¿por qué la habrían cerrado con una reja?