– El mausoleo de Alejandro está en el mismo lugar donde antiguamente se asentaba el Museion -afirmó Gardiner Kincaid con convicción-. Quien encuentre una cosa encontrará la otra.
– ¿En el fondo del mar? -preguntó Hingis dubitativo.
– ¿Por qué no? Sabido es que los arquitectos de la época ptolomea eran unos verdaderos maestros de las profundidades. ¿Le suena el nombre de Saint Genis?
– ¿Quién es?
– Un francés que participó como observador en la campaña militar de Napoleón en Egipto. En sus dibujos de Alejandría se menciona varias veces una «ciudad subterránea», que no era menos importante que la que estaba en la superficie. La mayoría cree que se refería a las cisternas que se extienden por docenas debajo de la ciudad y que a menudo transcurren a varios cientos de pies bajo tierra, pero yo soy del parecer de que eso no es todo. En virtud de los estudios de campo que he realizado, estoy convencido de que Saint Genis se refería en realidad a una ciudad situada en las profundidades. A una necrópolis, para ser exactos; es decir, al Cementerio de los Dioses.
– Pero el último lugar de reposo de Alejandro no estaba bajo tierra -objetó Hingis-. Las fuentes clásicas mencionan un túmulo funerario, si no recuerdo mal…
– Una trampa para engañar a los que se acercaban con malas intenciones -replicó Gardiner con énfasis-. ¿Por qué razón cree que inicié las excavaciones junto a la columna de Pompeyo?
– Porque buscabas una entrada -respondió Sarah.
– Después de estudiar a fondo mis fuentes, estaba casi seguro de haberlo encontrado; por desgracia no me dio tiempo a comprobar la validez de mi teoría. Pero, si es cierto lo que sospecho, este pasadizo también nos llevará al objetivo.
– Es poco probable -replicó Elingis-. Aunque tuviera razón, ¿quién nos asegura que esta galería está intacta? ¿Que realmente conduce al otro lado de la bahía, igual que hace más de dos mil años, a pesar de todos los terremotos y guerras que han causado estragos en todo ese tiempo?
– Alors, si no fuera así, haría rato que tendríamos los pies empapados -respondió Du Gard con una lógica aplastante, ante la cual Hingis no supo qué replicar.
Al proseguir la marcha por las profundidades apenas hablaron. Todos estaban inmersos en sus propios pensamientos, y Sarah se sorprendió lanzando constantemente miradas furtivas a su padre. Aunque el viejo Gardiner la había decepcionado en más de un sentido, no podía evitar mirarlo con admiración. Sus enormes conocimientos, su curiosidad juvenil, su afán científico de descubrimientos, su valor inquebrantable y su asombrosa serenidad lo convertían en la persona que Sarah siempre había querido ser. Lo había emulado desde niña para llegar a ser como él algún día. Pero, pensó deprimida, seguramente se había alejado más que nunca de ese objetivo…
Dio la impresión de que la galería había vencido el punto más hondo. El camino empezó a subir paulatinamente y de nuevo se oyó el estruendo de las detonaciones en la lejanía, acompañado por ligeras sacudidas que hacían temblar la roca.
– El bombardeo continúa -constató Mortimer Laydon.
– Maldita sea -contestó el viejo Gardiner-. Si seguimos notándolo a este lado de la bahía, eso significa que no están disparando solamente contra los bastiones de la costa, sino también contra la ciudad. El legado de miles de años destrozado en un santiamén. ¿Qué pretenden esos malditos idiotas?
La antorcha que llevaba casi se había extinguido. Sarah fue la primera en rasgar a tiras sus ropas de beduino y dárselas a su padre para que pudiera añadir la tela como material de combustión envolviéndola en el palo; luego lo hizo Hingis y finalmente Du Gard, al que se le notó que le sabía mal desprenderse de la prenda de oficial bordada con arabescos. Pero ese sacrificio tampoco logró impedir que la luz fuera cada vez más escasa. Una escalera que subía empinada apareció por fin a la luz de la llama, cada vez más mortecina.
– Bueno -gruñó lord Kincaid-. Diría que hemos alcanzado el otro lado de la dársena.
– Y la guerra ha vuelto a alcanzarnos -completó Ali Bey al oír de nuevo explosiones lejanas.
– La escalera no está en muy buen estado -constató Sarah, y subió los primeros escalones-. Hay grietas por todas partes, incluso en las paredes y en el techo.
– Pues habrá que arreglárselas como sea para subir -apremió Hingis-. No me atrae la idea de quedar sepultado aquí abajo.
– A mí tampoco, mon ami. -Du Gard le dio la razón con una sonrisa afable-. Créame…
No perdieron más tiempo y subieron la escalera a toda prisa. Por un lado, el hecho de volver a acercarse a la superficie les producía una sensación de alivio; por otro, a cada escalón que subían aumentaba el fragor del bombardeo.
– Idiotas -renegaba Gardiner Kincaid sin cesar-, malditos idiotas.
La escalera acababa en un corredor cuyas paredes estaban decoradas con inscripciones e imágenes. Sin embargo, allí también se apreciaba lo que ya se había anunciado al pie de la escalera: aquella parte del pasadizo no había resistido muy bien los terremotos del pasado. Unas grietas enormes recorrían el suelo, las paredes y el techo; además, la galería se había desmoronado en algunos puntos y los escombros se habían acumulado unos sobre otros, de manera que el pasadizo parecía un tubo de piedra retorcido.
– Malheureusement -apuntó Du Gard-, no tiene un aspecto muy alentador.
– ¿No acabo de decirlo? -maldijo Hingis-. ¿No vaticiné que el techo se nos derrumbaría encima?
– Aún no se ha derrumbado -contestó el viejo Gardiner secamente-. Si llega a ocurrir, póngame una querella.
– Ya me gustaría-se acaloró el suizo-. ¡La gente como usted es una vergüenza para nuestra ciencia! Me encargaré de que en todos los círculos de investigadores…
La sacudida que hizo temblar la galería fue tan violenta que Ali Bey y Mortimer Laydon perdieron el equilibrio y se precipitaron al suelo. Un estallido descomunal hizo temblar el suelo y las paredes, y cayeron piedras sueltas y arena de las incontables grietas que plagaban el techo.
– Ya discutiréis más tarde -propuso Sarah-, ¡ahora cerrad la boca y corred!
No hubo respuesta, ni siquiera por parte de Hingis. Los fugitivos echaron a correr a toda prisa por la galería, cuyas paredes parecían moverse, ¿o era una ilusión provocada por los fugaces rayos de luz que emitía la antorcha? Del techo se desprendían fragmentos de piedra, y Sarah y sus acompañantes tuvieron que protegerse la cabeza con los brazos. Además, el aire se llenó de polvo, que les producía picor en los ojos y se les depositaba en los pulmones.
– ¡Adelante! ¡Adelante! -se oyó bramar a Gardiner Kincaid antes de que le acometiera un violento ataque de tos que lo hizo retorcerse de dolor.
Sarah y Du Gard se apresuraron en acudir en su ayuda y sostenerlo, y juntos se precipitaron a través del estruendo que parecía no tener fin. El fuego solo era contestado muy de tarde en tarde por un retronar débil y lejano, que no podía hacer nada contra la brutalidad del ataque británico. El imperio respondía a la rebelión de Urabi con toda la fuerza de combate de su marina, que se preciaba de ser la más moderna del mundo, y sin tener en cuenta que algunos súbditos sin tacha de Su Majestad se encontraban en las profundidades de la ciudad intentando desesperadamente seguir con vida…
El final de la galería apareció a la vista.
La llama mortecina de la antorcha lo arrancó súbitamente de la oscuridad: una puerta ancha, flanqueada por esculturas de piedra. Una de las estatuas estaba destrozada y no podía distinguirse a quién representaba; la otra aún estaba intacta. Ligeramente acongojada, Sarah constató que se trataba de Anubis, el dios de los muertos, que la miraba desde la oscuridad con su cabeza de chacal…
– ¡La necrópolis! -exclamó su padre con voz ronca-. Tiene que ser la entrada al Cementerio de los Dioses…