Saberse más cerca que nunca de la realización de su sueño de investigador le prestó fuerzas renovadas. Levantó los brazos en señal de triunfo, se soltó de Sarah y de Du Gard, quienes lo sostenían, y se precipitó hacia los escalones que conducían al portalón; las alas de madera se habían podrido hacía tiempo en las bisagras. El camino estaba libre y llevaba a una bóveda que antiguamente debió de ser ostentosa y de unas dimensiones impresionantes.
En aquel momento estaba en ruinas.
Solo quedaba intacta la primera hilera de columnas que habían soportado el altísimo techo; el suelo de la sala se había hundido, probablemente a consecuencia de uno de los numerosos terremotos que habían azotado Alejandría. Y eso habría provocado que las columnas formadas por piezas se desmoronaran y también que se derrumbaran partes del techo. En algunos puntos, los fragmentos de roca y los cascotes de sillares imponentes llegaban al suelo; en otros se mantenían a medias en lo alto, sostenidos por lo que quedaba en pie de algunas columnas decapitadas. Daba la impresión de que todo se desplomaría en cualquier momento, aunque probablemente había aguantado durante siglos en aquel estado.
A la débil luz de la antorcha no se apreciaba si se podía pasar, ya que los escombros no eran el único obstáculo. El agua había entrado y había inundado el suelo hundido, de manera que alrededor de las ruinas se extendía un mar subterráneo.
– Merde! -exclamó Du Gard muy acertadamente. -Vaya -dijo Hingis, no sin cierta satisfacción-. Ahí lo tienen. Un callejón sin salida, como yo sospechaba.
– El peristilo -constató el viejo Gardiner, sin hacer caso del comentario de su acompañante-. Esto debía de ser el pórtico de la ciudad de los muertos. Estoy casi seguro de que al otro lado se encuentra el Cementerio de los Dioses… y aquello que los historiadores han buscado en vano durante siglos: la tumba de Alejandro y el Museion…
– Deje de soñar, Kincaid -lo reprendió Hingis-. Nuestro camino acaba aquí.
– Todavía no -replicó el padre de Sarah. Se acercó a la orilla, se agachó, metió el dedo en las aguas oscuras y lo lamió-. Esto tiene que estar conectado con el mar abierto.
– ¿Qué va a hacer? -preguntó Hingis-. ¿Ponerse a nadar como un pez?
– No es mala idea -contestó Gardiner, y se metió sin vacilar en el agua oscura, que al cabo de pocos pasos ya le llegó a las caderas.
– ¿Qué se propone?
– ¿Usted qué cree? Buscar un camino, evidentemente.
– ¿Entre estas ruinas? -El suizo se cruzó de brazos elocuentemente-. Sin mí. Ya se lo dije una vez y se lo repito: ningún descubrimiento arqueológico merece perder la vida.
– Me temo -declaró Du Gard- que tiene usted razón, mon ami.
– Sería absurdo retroceder ahora -proclamó Gardiner-. Estamos muy cerca del objetivo. -¿Y si se derrumba la bóveda?
– Ha aguantado durante dos mil años, también resistirá la estupidez de la Marina Real británica -dijo Gardiner convencido.
Aún se oía el estrépito de las detonaciones, pero la intensidad del fuego había disminuido.
– Comparto la opinión de mi padre -dijo Sarah-. Creo que debemos arriesgarnos y continuar.
– Qué sorpresa -replicó Hingis. El brillo de sus ojos revelaba que él también quería saber qué había al otro lado de la zona inundada, pero la perspectiva de tener que moverse por el líquido elemento no parecía agradarle en absoluto.
– Creo que no nos queda otra elección. -Mortimer Laydon también se puso de parte de Gardiner-. El riesgo de volver a cruzar por debajo de la dársena no será menor que el de probar suerte aquí.
– Naram -afirmó Ali Bey, y también se metió en el agua sosteniendo el fusil en lo alto con las dos manos-. Soy un hijo del desierto y no me fío del agua, pero creo que el efendi tiene razón. Nadie debería desafiar dos veces el destino de la misma manera.
Con ello, los escépticos quedaban en minoría y, al ver que Du Gard se sumaba a la decisión de la mayoría, Hingis dejó de oponer resistencia.
– Solo dígame una cosa -le preguntó en voz baja a Sarah mientras se metía en las aguas poco profundas de la orilla con un gesto de asco en la boca-, ¿cómo ha podido aguantar con un padre como el suyo?
– De hecho -respondió Sarah-, solo caben dos posibilidades: o pierdes la razón o te vuelves como él. Yo me decidí por la última.
Elingis se detuvo en el agua, que ya le llegaba a la altura de las rodillas.
– Es usted muy graciosa -observó, y era imposible determinar si lo decía en serio o irónicamente.
– Muchas gracias -contestó Sarah sonriendo y, por primera vez desde que había emprendido aquel viaje, tuvo la sensación de que en el pecho envarado del erudito latía un corazón.
El agua se volvió turbia a causa de la arena que removían a cada paso que daban. Sarah notó que un frío húmedo la invadía, pero se guardó de decir una sola palabra.
La escasa luz de la antorcha solo permitía intuir las dimensiones reales de la zona, que antiguamente debió de ser una sala hipóstila imponente. Solo veían lo que la llama, cada vez más pequeña, arrancaba de la oscuridad, y eso apenas bastaba. El agua ya les llegaba al pecho y bordeaban las columnas que se habían desplomado o que aún se alzaban medio en ruinas, doblándose bajo el gran peso que descansaba sobre ellas. De vez en cuando temblaban por los impactos de los proyectiles que caían sin cesar, pero resistían esa carga adicional.
Sarah intentó no malgastar un solo pensamiento imaginando qué ocurriría si una de aquellas columnas cedía. El equilibrio que sostenía el techo derruido parecía muy frágil y, aunque nunca lo habría reconocido delante de Elingis, Sarah no respiraría tranquila hasta que hubieran dejado la bóveda atrás…
– Maldita sea -oyó gruñir a su padre, y por el tono de voz supo que no lo decía por decir.
– ¿Qué pasa? -preguntó, y avanzó hasta la cabecera del grupo.
Habían llegado al otro lado de la sala hipóstila, pero allí no había ninguna salida, puesto que donde se alzaba otra estatua enorme de Anubis, el guardián de los muertos, una verdadera montaña de escombros y cascotes sobresalía del agua: los restos de dos columnas que habían sepultado el paso.
Con un ligero aire de desvalimiento, Gardiner Kincaid puso la mano en uno de los enormes cascotes.
– Es inútil -constató frustrado-, no se mueven un ápice. Al parecer, nuestro estimado colega Hingis tenía razón.
– ¿No lo había dicho yo? ¿Por qué nadie me hace caso…?
– ¿Qué insinúas, padre? -preguntó Sarah perpleja-. ¿Quieres abandonar? ¿Después de haber llegado tan lejos?
– ¿Que si quiero abandonar? -Gardiner meneó la cabeza con determinación-. De eso nada, pero no veo que nos quede otra elección. No soy un cíclope capaz de levantar rocas sin esfuerzo…
A través de capas de arena y piedra de metros de grosor penetró de nuevo el sonido sordo de las granadas. La superficie del agua se encrespó y la llama de la antorcha se apagó como si el estruendo de los cañonazos le hubiera dado un susto de muerte.
– C'esí la fin -comentó Du Gard innecesariamente.
La negrura los cubrió como un saco oscuro y, al cesar momentáneamente el bombardeo, se hizo un silencio aterrador.
Nadie dijo nada; en aquel momento, todos comprendieron que estaban perdidos. Regresar sin luz y en medio de una oscuridad impenetrable para encontrar la galería era tanto como imposible…
El miedo invadió a Sarah y le paralizó la mente, hasta que se dio cuenta de que seguía viendo los rostros de sus compañeros. Cuánto más tiempo pasaba, más se distinguían en la oscuridad, alumbrados por un tenue resplandor de un tono verde enigmático.
– Un moment! -exclamó Du Gard, que también lo había notado-. Algo no cuadra. Yo sigo viendo.