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Ali Bey desapareció súbitamente. El tiburón se había llevado a su víctima debajo del agua, que volvía a estar calmada como si nada hubiera ocurrido.

Pasaron unos segundos en los que todos quedaron paralizados de terror. El viejo Gardiner había desenfundado el revólver y apuntaba donde hacía un instante estaba Ali Bey; Sarah y Mortimer Laydon también empuñaron sus armas.

De repente surgió un nuevo chorro de espuma ensangrentada. Ali Bey volvió a aparecer, con las manos levantadas buscando ayuda y una expresión de infinito terror en el rostro empapado de sangre.

Pero volvió a desaparecer y ya no regresó.

Se hizo un silencio sepulcral en el que nadie se atrevió a hablar. Luego se oyó un chapoteo y Sarah vio estremecida que se acercaban más aletas por las aguas turbias.

– ¡Vámonos de aquí! -gritó con todas sus fuerzas mientras apuntaba con el fusil y apretaba el gatillo. Pero, en vez del estallido de un disparo, del Martini Henry solo salió un clic metálico. El percutor se había mojado y se negaba a cumplir su cometido.

El breve instante que le quedaba no daba para una oración, ni siquiera para un grito. El cuerpo con forma cónica se aproximaba rápido como una flecha, y Sarah ya pensaba que correría la suerte terrible del alejandrino…

Pero entonces sonaron dos disparos.

El Colt de Gardiner Kincaid cumplió formalmente su obligación. Las balas salieron a toda velocidad del cañón del arma, perforaron el agua y alcanzaron a la sombra devoradora antes de que hubiera llegado a Sarah. El tiburón se estremeció y volteó. Unas cintas delgadas de sangre le brotaron por el costado, y Sarah vio el ojo negro y frío de su cazador y su boca entreabierta repleta de dientes.

– ¡Rápido, Sarah! ¿A qué esperas?

La mano de su padre, que la cogió por el hombro y tiró de ella, la sacó de la parálisis. Enseguida fue consciente de que acababan de regalarle la vida y tenía que correr a toda prisa para conservarla.

Impulsándose en el agua con ambas manos, se situó detrás de los demás, que ya habían emprendido la huida. No habían tenido tiempo de hacer nada por Ali Bey, pero podían salvar sus propias vidas.

Quizá…

De nuevo sonó un disparo.

La cara de Mortimer Laydon, iluminada por el fogonazo, resplandeció en la penumbra y, no muy lejos de él, se levantó un gran chorro de agua. En vez de la aleta triangular que podía verse tan solo hacía un momento, apareció la aleta ancha de una cola que golpeó con furia a su alrededor. Laydon se dio la vuelta y se apresuró a avanzar por aquel corredor inundado, que parecía ser una guarida de tiburones.

Sarah y el viejo Gardiner, que cubría la retirada abriendo fuego contra los escualos para mantenerlos a distancia, ganaron terreno. Ni Hingis ni Du Gard estaban demasiado entrenados, y la huida de Mortimer Laydon era lenta debido a su avanzada edad.

– Permaneced juntos -ordenó Gardiner-, así no nos atacarán…

Hingis estaba tan aterrado y extenuado que ni siquiera replicó. Todavía conmocionados por la suerte eme había corrido el pobre Ali Bey, se apiñaron, y los tiburones se apartaron realmente de ellos. Seguían viendo las aletas, que los rodeaban amenazadoramente, pero los cazadores de las profundidades parecían demasiado desconcertados para atacar de nuevo.

Al menos por el momento…

– Ahí delante está la orilla -avisó Du Gard-; ya puedo verla…

– Pues vamos -apremió Gardiner Kincaid a sus protegidos mientras intentaba recargar el revólver, lo cual representaba una tarea casi imposible debido a la poca luz y a que tenía las manos entumecidas. Además, los tiburones se habían recuperado de la sorpresa y volvían a prepararse para un nuevo ataque.

Sarah contó cuatro aletas, que cortaban el agua oscura como cuchillos y se dirigían directas hacia sus compañeros. Laydon, que había recargado el arma, efectuó un nuevo disparo, pero el tiburón no se detuvo. El arma de Sarah estaba inutilizada y Hingis continuaba llevándola colgada al hombro, intentando encontrar la salvación en la huida.

– ¡Se acercan! -gritó el suizo presa del pánico al ver aproximarse a toda velocidad a los tiburones y, un instante después, profirió un grito y desapareció en el agua.

Dio la impresión de que los tiburones lo habían atrapado, pero luego volvió a emerger lamentándose a voces.

– Mi pie -se quejó-. ¡Lie resbalado y me he torcido el pie! No puedo continuar…

Volvió a caerse y las cuatro aletas cambiaron bruscamente de rumbo y se dirigieron hacia él.

– ¡Ayúdenme! ¡Por favor…!

Sarah vio al erudito agitarse en las aguas oscuras. Instintivamente se dispuso a ir hacia él, pero su padre la detuvo.

– ¡Tú te quedas! -decretó enérgicamente-. Obedéceme al menos esta vez…

Kincaid dio media vuelta y se apresuró a acudir en ayuda de Hingis, que seguía gritando fuera de sí. El viejo Gardiner aún estaba ocupado metiendo cartuchos en la recámara del revólver y todo apuntaba a que perdería la carrera con los tiburones…

– ¡Padre! ¡No! -gritó Sarah, y quiso retroceder, pero una mano fibrosa la retuvo inflexible, y supo que era Du Gard-. ¡Suéltame! -exigió-. ¡Maldita sea, suéltame…!

Du Gard no pensaba hacerlo.

Con la ayuda de Laydon se llevaron a Sarah por el corredor, que al final subía escarpado, con lo que el nivel del agua descendía y podían avanzar más deprisa. Pero eso no consoló a Sarah.

– ¡Padre! -gritó desesperada.

Entonces se precipitaron los acontecimientos.

Cuando el primer tiburón estaba casi a punto de alcanzar a Friedrich Hingis, Gardiner Kincaid acabó de recargar el arma. Con un giro rápido de muñeca cerró el tambor del revólver y apretó el gatillo, no una vez, sino varias veces seguidas. Con la mano izquierda dándole sin parar al percutor, el arqueólogo envió a los tiburones una salva de plomo mortífero que, si bien perdía ímpetu debajo del agua, bastó para atajar la sed de sangre de los animales.

Dos resultaron alcanzados y empezaron a girar como barrenas. La nube de sangre que dejaron en el agua bastó para que sus congéneres perdieran por unos instantes el interés por un erudito que temblaba de miedo… Unos instantes que Gardiner Kincaid aprovechó.

– Vamos, Hingis -gritó, dio media vuelta y avanzó por el corredor sujetando con una mano el revólver y con la otra a Hingis por el cuello de la camisa, al que arrastró consigo.

A medida que iba siendo menos profundo, fueron avanzando más deprisa y finalmente llegaron al punto donde el agua solo cubría hasta las rodillas, donde los esperaban Sarah y Du Gard. No se veía ni rastro de los tiburones. El canal subterráneo volvía a estar tan tranquilo como antes. La luz que penetraba por el techo se reflejaba en las aguas calmadas. Nada parecía recordar los terribles sucesos, excepto el hecho de que faltaba uno de ellos…

Se desplomaron exhaustos y abatidos. Mientras el doctor Laydon se ocupaba del pie de Hingis, Sarah abrazó en silencio a su padre, contenta de volver a tenerlo a su lado y a salvo. El semblante de Gardiner Kincaid reflejaba alivio, pero también un profundo agotamiento. Respiraba entrecortadamente y tosía.

– ¿Estás bien, padre?

– No te preocupes, hija -informó con una sonrisa animosa-. Estoy bien, es solo que me estoy haciendo viejo para estas cosas…

– Mon Dieu, ¿qué ha pasado? -preguntó Du Gard-. ¿Qué eran esas bestias?

– Tiburones -respondió Sarah-. Tiburones tigre para ser más exactos. Suelen encontrarse en las aguas turbias del litoral.

– ¡Maldita sea mil veces! -renegó Hingis-. ¿Cómo diantre han llegado hasta aquí esas bestias?

– Ya les dije que tiene que haber un enlace con el mar abierto -contestó el padre de Sarah con voz ronca-. Los tiburones habrán entrado por ahí.