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Cuando se lo dijo, ya habían terminado de desayunar y estaban recogiendo la mesa.

– ¡Pero no puedes hacer eso! -espetó la anciana, a punto de dejar caer la taza que estaba secando-. Hay patrullas en las carreteras, y los trenes están vigilados. Ni siquiera tienes una identificación. Te pararán y te llevarán de vuelta al campo.

– Tengo dinero -dijo Sarah.

– Pero eso no impedirá que los alemanes…

Jules interrumpió a su esposa levantando la mano. Trató de convencer a Sarah de que se quedara un poco más hablándole con calma y firmeza, como hacía su padre. Ella le escuchó, asintiendo con gesto distraído. Tenía que conseguir que la entendieran. ¿Cómo explicarles con la misma serenidad y aplomo con que se expresaba Jules que para ella era vital volver a casa?

Las palabras brotaron en tropel de su boca. Harta de intentar ser adulta, dio una patada en el suelo.

– Si intentan detenerme -avisó en tono ominoso-, me escaparé.

Se enderezó y se dirigió hacia la puerta. Ellos, que no habían hecho ademán de moverse, se quedaron mirándola, petrificados.

– ¡Espera!-le pidió Jules, al fin-. Aguarda un minuto.

– No, no voy a esperar. Me voy a la estación -dijo Sarah, con la mano en el pomo de la puerta.

– Ni siquiera sabes dónde está -le dijo Jules.

– La encontraré. Encontraré el camino.

Abrió el cerrojo.

– Adiós -les dijo a la pareja de ancianos-. Adiós, y gracias.

Se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta de la valla que rodeaba la granja. Había sido muy sencillo, pero al cruzar la cancela y agacharse para acariciarle la cabeza al perro, se dio cuenta de pronto de lo que había hecho. Ahora estaba sola, completamente sola. Se acordó del agudo chillido de Rachel, del ruido sordo y pesado de las botas al desfilar y de la risa escalofriante del teniente, y al hacerlo todo su coraje se desvaneció. Contra su voluntad, volvió la cabeza para mirar la casa.

Jules y Geneviève seguían observándola tras el cristal de la ventana, paralizados. Después se movieron, los dos a la vez, Jules para coger su gorra y Geneviève su bolso. Salieron corriendo al exterior y cerraron la puerta. Cuando la alcanzaron, Jules le puso la mano en el hombro.

– Por favor, no intenten detenerme -susurró Sarah, poniéndose colorada. Estaba contenta y enfadada al mismo tiempo por que la hubieran seguido.

– ¿Detenerte? -retrucó Jules con una sonrisa-. No pensamos detenerte, niña testaruda. Vamos contigo.

Nos dirigimos hacia el cementerio bajo un sol ardiente y seco. De repente me dieron arcadas y tuve que pararme para recuperar el aliento. Bamber parecía inquieto. Le rogué que no se preocupara, pues sólo era la falta de sueño. Una vez más pareció dudar, mas no hizo ningún comentario.

El cementerio era pequeño, pero nos llevó un buen rato encontrar alguna pista en él. Casi nos habíamos rendido cuando Bamber atisbó unos guijarros sobre una tumba. Era una tradición judía, por lo que nos acercamos. En la lápida lisa y blanca rezaba:

«Los veteranos judíos deportados erigieron este monumento diez años después de su internamiento para perpetuar la memoria de sus mártires, víctimas de la barbarie hitleriana. Mayo de 1941 – Mayo de 1951».

– ¡«Barbarie hitleriana»! -comentó Bamber con tonillo zumbón-. Suena como si los franceses no hubieran tenido nada que ver.

Había muchos nombres y fechas en la lápida. Me agaché para ver mejor. Se trataba de niños, de apenas dos o tres años, que habían perecido en el campo de internamiento entre julio y agosto de 1942. Los niños del Vel' d'Hiv'.

Desde el primer momento estuve convencida de que todo lo que había leído sobre la redada era cierto. Sin embargo, en aquel caluroso día de primavera, al contemplar la tumba, la cruda realidad me abrumó con toda su dureza.

Y supe que no descansaría, que jamás estaría tranquila hasta que averiguara cuál había sido el destino de Sarah Starzynski. Y qué era lo que los Tézac sabían y se resistían a contarme.

De vuelta al centro de la ciudad, nos cruzamos con un anciano que llevaba una cesta de verduras en la mano. Debía de tener unos ochenta años, tenía la cara redonda y colorada y el pelo totalmente cano. Cuando le pregunté si sabía dónde se encontraba el antiguo campo judío, nos miró con recelo.

– ¿El campo? -inquirió-. ¿Quieren saber dónde estaba el campo?

Asentimos.

– Nadie pregunta por el campo -farfulló. Empezó a toquetear los puerros de la cesta, rehuyendo nuestra mirada.

– Pero ¿sabe dónde estaba? -insistí.

El anciano tosió.

– Pues claro que lo sé. Llevo viviendo aquí toda mi vida. Cuando era niño no sabía qué era ese sitio. Nadie lo mencionaba, y todos actuábamos como si no estuviera allí. Sabíamos que tenía algo que ver con los judíos, pero no hacíamos preguntas. Estábamos demasiado asustados, así que sólo nos metíamos en nuestros propios asuntos.

– ¿Recuerda algún detalle específico del campo? -le pregunté.

– Yo tenía unos quince años -dijo-. Recuerdo que en el verano del 42 pasaron por esta misma calle multitudes de judíos que venían de la estación. Sí, pasaron justo por aquí. -Señaló con su dedo engarfiado a lo largo de la calle donde nos encontrábamos-. Por la Avenue de la Gare. Hordas de judíos. Un día, empezó a sonar un ruido espantoso. Y eso que mis padres vivían un poco lejos del campo, pero aun así lo oíamos. Era una especie de rugido, un clamor que se escuchaba por toda la ciudad. Oí a mis padres hablar con los vecinos. Decían que en el campo estaban separando a las madres de los hijos. ¿Para qué? No lo sabíamos. Vi a un grupo de mujeres judías caminando hacia la estación. Bueno, no es que caminaran. Más bien era que la policía las llevaba a empujones por la carretera, mientras ellas lloraban sin cesar.

Conforme recorría la calle con la mirada, su mirada se extraviaba en sus recuerdos. Luego, levantó la cesta con un gruñido.

– Un día -prosiguió-, el campo se quedó vacío. Yo me dije: «los judíos se han ido». No sabía adónde, y dejé de pensarlo. Todos lo hicimos. No hablamos nunca de ellos ni queremos acordarnos. Hay lugareños que ni siquiera están al tanto.

Se dio la vuelta y echó a andar. Lo anoté todo y volví a sentir arcadas, pero esta vez no sabía si era por las náuseas matutinas habituales o por lo que había descifrado en los ojos de aquel anciano, su indiferencia y su desprecio.

Subimos con el coche desde la plaza del Mercado por la calle Roland, y aparcamos delante de la escuela. Bamber señaló que la calle se llamaba rue des Déportés, calle de los Deportados. Agradecí aquel detalle. Creo que no habría podido soportar que se hubiera llamado «avenida de la República».

La escuela técnica era un edificio moderno y austero, sobre el que se cernía un viejo depósito de agua. Era complicado imaginarse el campo allí, bajo la espesa capa de cemento y las plazas del aparcamiento. Los estudiantes se agrupaban fumando alrededor de la entrada. Era la hora de comer. Nos dimos cuenta de que en un cuadradito de hierba descuidada había unas extrañas esculturas retorcidas con unas figuras talladas en ellas. En una de ellas leímos: «Deben actuar por todos y para todos, con espíritu de fraternidad». Nada más. Bamber y yo nos miramos, perplejos.