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La chica había visto los letreros que aparecían por todas partes: «Prohibida la entrada a judíos». Y en la puerta del taller donde trabajaba su padre un gran letrero rojo rezaba: «Empresa judía». Mamá tenía que comprar después de las cuatro de la tarde, cuando por culpa del racionamiento ya no quedaba nada en las tiendas. Les tocaba viajar en el último vagón del metro. Y debían estar en casa para el toque de queda y no salir hasta por la mañana. ¿Había algo que aún les dejaran hacer? Nada, pensó la niña. Nada.

Injusto. Muy injusto. ¿Por qué? ¿Por qué ellos? ¿Por qué estaba pasando todo eso? De repente, parecía que nadie podía darle una explicación.

Joshua ya estaba en la sala de reuniones, bebiendo el café aguado que tanto le gustaba. Entré deprisa y me senté entre Bamber, director de fotografía, y Alessandra, responsable de reportajes.

La sala daba a la ajetreada calle Marbeuf, a tiro de piedra de los Campos Elíseos. No era mi zona favorita de París (demasiado abarrotada y chillona), pero me había acostumbrado a acudir todos los días bajando la avenida, por las amplias y polvorientas aceras que estaban atestadas de turistas a cualquier hora del día y en cualquier época del año.

Llevaba seis años escribiendo para el semanario americano Seine Scenes. Publicábamos una edición en papel y una versión en línea. Normalmente escribía sobre cualquier acontecimiento de interés para la audiencia americana afincada en París. Se trataba de «Color local», que lo abarcaba todo entre la vida social y culturaclass="underline" espectáculos, películas, restaurantes, libros, y las elecciones presidenciales francesas, que estaban a la vuelta de la esquina.

La verdad es que era un trabajo duro. Andábamos con plazos ajustados, y Joshua era un tirano. Me caía bien, pero era un tirano, el típico jefe al que no le importan nada las vidas privadas, los matrimonios ni los hijos. Si alguna se quedaba embarazada, la trataba como a un cero a la izquierda. Si a alguien se le ponía enfermo un hijo, le fulminaba con la mirada. Pero tenía buen ojo, excelentes dotes de editor y un misterioso don para cronometrar el tiempo a la perfección. Todos le hacíamos reverencias. Nos quejábamos de él cada vez que se daba la vuelta, pero aun así nos arrastrábamos a sus pies. Cincuentón, neoyorquino de pura cepa que llevaba diez años en París, Joshua tenía un aspecto engañosamente apacible. Tenía la cara alargada y los ojos caídos, pero en el momento en que abría la boca, él mandaba. Todo el mundo escuchaba a Joshua, y nadie le interrumpía nunca.

Bamber era de Londres y tenía cerca de treinta años. Medía más de metro ochenta y llevaba unas gafas tintadas en púrpura, varios pírsines, y se teñía el pelo de naranja. Poseía un maravilloso humor británico que me resultaba irresistible, pero que Joshua raras veces captaba. Yo sentía debilidad por Bamber. Era un colega discreto y eficiente. También resultaba un magnífico puntal cuando Joshua tenía un mal día y descargaba su ira contra todos nosotros. Bamber era un valioso aliado.

Alessandra tenía sangre italiana, piel tersa, y una ambición desmedida. Era una chica guapa, con rizos negros y lustrosos y la típica boca húmeda y carnosa que vuelve idiotas a los hombres. Era incapaz de decidir si me caía bien o mal. Tenía la mitad de mis años y ya ganaba casi lo mismo que yo, aunque mi nombre aparecía por encima del suyo en la cabecera.

Joshua repasó la lista de asuntos pendientes. Había que hacer un artículo de peso sobre las elecciones presidenciales, un tema candente desde la controvertida victoria de Jean-Marie Le Pen en la primera vuelta. No me entusiasmaba escribirlo, y en el fondo me alegró que se lo asignaran a Alessandra.

– Julia -dijo Joshua mirándome por encima de las gafas-, éste te viene de perlas: el sexagésimo aniversario del Vel' d'Hiv'.

Me aclaré la garganta. ¿Qué había dicho? Sonaba como «veldiv». Me quedé en blanco. Alessandra me miró con condescendencia.

– El 16 de julio de 1942. ¿Te suena? -dijo ella. A veces la odiaba cuando ponía esa voz de doña Sabelotodo. Por ejemplo, hoy.

Joshua prosiguió.

– La gran redada del Velódromo de Invierno. Eso es lo que resume «Vel' d'Hiv'». Un famoso estadio cubierto donde se celebraban pruebas ciclistas. Allí estuvieron hacinadas miles de familias judías durante varios días en unas condiciones espantosas. Después los enviaron a Auschwitz y los gasearon.

Me sonaba, pero sólo vagamente.

– Sí -respondí con seguridad mirando a Joshua-. Bien, ¿y entonces, qué?

Se encogió de hombros.

– Bueno, podrías empezar por buscar supervivientes del Vel' d'Hiv', o testigos. Luego, averigua en qué consiste la conmemoración, quién la organiza, dónde y cuándo va a tener lugar. Por último, los hechos: qué ocurrió exactamente. Ya verás que es un trabajo delicado. A los franceses no les gusta mucho hablar de Vichy, Pétain y todo eso. No es algo de lo que se enorgullezcan.

– Hay un hombre que puede ayudarte -dijo Alessandra, en tono algo menos condescendiente-: Franck Lévy. Él fundó una de las asociaciones más importantes para ayudar a los judíos a encontrar a sus familiares tras el Holocausto.

– He oído hablar de él -repuse mientras anotaba su nombre. Y era verdad que lo conocía. Franck Lévy era un personaje público. Daba conferencias y escribía artículos sobre los bienes robados a los judíos y los horrores de la deportación.

Joshua se terminó otro café de un trago y añadió:

– No quiero artículos insulsos. Nada de sentimentalismos: hechos, testimonios. Y -miró a Bamber- fotos impactantes. Busca también material antiguo. No hay mucho disponible, como comprobarás, pero tal vez ese tal Lévy pueda ayudarte.

– Empezaré visitando el Vel' d'Hiv' -anunció Bamber-. Echaré un vistazo.

Joshua sonrió con ironía.

– El Vel' d'Hiv' ya no existe. Lo destruyeron en el año 59.

– ¿Dónde estaba? -pregunté, aliviada por no ser la única ignorante.

Alessandra respondió una vez más:

– En la calle Nélaton. En el distrito XV.

– Aun así, podemos ir -dije mirando a Bamber-. Tal vez quede gente en esa calle que recuerde lo que ocurrió.

Joshua se encogió de hombros.

– Podéis intentarlo -aceptó-, pero no penséis que vais a encontrar a mucha gente dispuesta a hablar con vosotros. Como ya os he dicho, los franceses son muy susceptibles, y se trata de un asunto muy delicado. No olvidéis que quien arrestó a todas esas familias judías fue la policía francesa, no los nazis.

Escuchando a Joshua me di cuenta de lo poco que sabía sobre lo ocurrido en París en julio de 1942. No lo había estudiado en clase, cuando vivía en Boston. Y desde que me vine a París hace veinticinco años no había leído gran cosa sobre el tema. Era como un secreto, algo enterrado en el pasado. Algo que nadie mencionaba. Me moría por sentarme delante del ordenador y empezar a buscar en Internet.

En cuanto acabó la reunión, me fui a mi despacho, un cuchitril con vistas a la ruidosa calle Marbeuf. Trabajábamos en un espacio muy reducido, pero me había acostumbrado y no me importaba. En casa no tenía sitio para escribir. Bertrand me había prometido que en el apartamento nuevo tendría un despacho muy amplio para mí sola, mi propia oficina privada. Por fin. Sonaba demasiado bonito para ser cierto, un tipo de lujo al que tardaría un tiempo en acostumbrarme.