Rebus hizo un seco movimiento de cabeza a Clarke para indicarle que habían terminado, pero antes de salir abrió la puerta del cuarto de estar. Estaba lleno de humo. No había lámpara de techo, sino dos lamparitas con bombilla roja y una fila de velas gruesas en la repisa de la chimenea. Vio la mesita de centro llena de papeles de fumar, trocitos de cartón y restos de tabaco. Además de Eddie había tres figuras repantigadas en los sillones y en el suelo. Rebus los saludó con una inclinación de cabeza y volvió a cerrar.
– ¿Tú tomas algo? -preguntó a Nancy, que ya les abría la puerta-. ¿Fumas hachís?
– Alguna vez -reconoció la joven.
– Gracias por decir la verdad -dijo Rebus. En el escalón de entrada había una joven; Kelly, seguramente. Probablemente era de la misma edad que Nancy, pero con aquel maquillaje exagerado habría podido entrar en casi todos los locales nocturnos para mayores de 21 años.
– Adiós -dijo Nancy, despidiéndose.
Al cerrarse la puerta oyeron que Kelly preguntaba a Nancy quiénes eran y la respuesta amortiguada de ésta: «Empleados del casero». Rebus lanzó un resoplido.
– ¿Sabes quién es ese casero? -espetó hasta que vio que Clarke se encogía de hombros-. Morris Gerald Cafferty… el de Alquileres MGC.
– Me constaba que era dueño de diversos pisos -comentó Clarke.
– No se puede dar un paso en esta ciudad sin tropezarse con las huellas de las garras de Cafferty -añadió Rebus, pensativo un instante.
– Nos ha mentido -aseguró Clarke.
– ¿Sobre esa amiga a quien fue a visitar? -preguntó Rebus asintiendo con la cabeza.
– ¿Por qué lo haría?
– Probablemente por mil razones.
– Sus amigos fumetas, por ejemplo -sugirió Clarke bajando la escalinata-. ¿Merece la pena hablar con esa tal Gill Morgan del 16 de Great Stuart Street?
– Tú verás -contestó Rebus, mirando por encima del hombro hacia el portal de Nancy Sievewright-. Desde luego, es una anomalía.
– ¿En qué sentido?
– En este maldito caso parece que todos entran y salen del Caledonian como Pedro por su casa.
Clarke esbozó una sonrisita y en ese momento se abrió la puerta a sus espaldas y Nancy Sievewright bajó la escalinata para ir a su encuentro.
– Podrían hacerme un favor… -dijo en voz baja.
– ¿Qué favor, Nancy?
– Mantengan a ese tipo lejos de mí.
Siobhan y Rebus intercambiaron una mirada.
– ¿De qué tipo hablas? -preguntó ella.
– El que iba con su mujer, el que llamó a la policía…
– ¿Roger Anderson? -inquirió Rebus entrecerrando los ojos. Nancy asintió nerviosa con la cabeza.
– Vino ayer cuando yo no estaba en casa, pero se ve que me esperó porque estaba aparcado enfrente cuando volví.
– ¿Qué quería?
– Dijo que estaba preocupado por mí y que venía a ver si me encontraba bien -dijo, volviendo a subir la escalinata-. Me tiene harta.
– ¿Harta de qué? -preguntó Rebus, pero ella, sin contestar, cerró la puerta despacio.
– Maldita sea -exclamó Clarke-. ¿Qué habrá querido decir?
– Algo que podemos preguntar al señor Anderson. Es curioso, yo estaba precisamente pensando que Nancy se parece un poco a su hija.
– ¿Y él cómo supo su dirección?
Rebus se encogió de hombros.
– Eso puede esperar -dijo al cabo de un instante de reflexión-. Tengo otra misión para ti esta tarde…
Otra misión. Es decir: que estaría sola cuando entró al despacho de Macrae. El inspector jefe había asistido a algún acto y vestía esmoquin con pajarita. En la calle, aguardaba un coche con chófer para llevarle a casa. Se sentó en el escritorio quitándose la pajarita y se desabrochó el primer botón. Tenía un vaso con agua que acababa de servirse y esperó a que Clarke comenzara a hablar. Ella se aclaró la garganta, maldiciendo a Rebus, que había asegurado que Macrae le haría caso. Esa era la misión.
– Bien, señor, se trata de Alexander Todorov.
– ¿Hay ya algún sospechoso? -preguntó Macrae con ojos brillantes hasta que ella negó con la cabeza.
– Creemos que puede ser algo más que un simple atraco.
– ¿Ah, sí?
– De momento no tenemos pruebas, pero hay muchas… -«Muchas, ¿qué?». No se le ocurría un modo convincente de exponerlo-. Hay muchas pistas que debemos seguir y casi todas apuntan a una agresión al azar.
Macrae se arrellanó en su sillón.
– Esto me suena a Rebus -dijo-. Seguro que le ha delegado como portavoz.
– Pero no quiere decir que no esté de acuerdo con él, señor.
– Cuanto antes se libre de su influencia mejor -Clarke hizo una mueca de repulsa y Macrae añadió un gesto de conciliación-. Ya sabe a qué me refiero, Siobhan. ¿Cuánto le falta a él para jubilarse? Una semana… y después, ¿qué? ¿Estará resuelto el caso cuando se largue?
– Lo dudo -respondió Clarke.
– Lo que significa que usted lo heredará, Siobhan.
– No me importa, señor.
Macrae la miró.
– ¿Cree que vale la pena seguir unos días más con esa corazonada de Rebus?
– Es algo más que una corazonada -insistió Clarke-. Todorov aparece relacionado con una serie de personas y es cuestión de descartarlas más que de establecer una hipótesis.
– ¿Y si al final es menos de lo que parece? No es la primera vez que esto ocurre con John.
– John ha resuelto muchos casos durante su carrera -replicó Clarke.
– Interpreta muy bien su papel de testigo favorable, Siobhan -comentó Macrae con una sonrisa cansina-. Ya sé que Rebus es su superior, pero quiero que se encargue usted del homicidio de Todorov. Eso simplifica las cosas, como él mismo tendrá que admitir.
Clarke asintió despacio con la cabeza, en silencio.
– Tiene dos o tres días… a ver qué averigua. Dispone de Hawes y Tibbet… ¿A quién más piensa incorporar?
– Ya se lo comunicaré.
Macrae volvió a hacer un gesto reflexivo.
– La embajada rusa ha llamado a Scotland Yard… concretamente a nuestro querido Jefe de Policía -añadió con un suspiro-. Si él se enterara de que consiento que John Rebus intervenga en el caso le daría un ataque de nervios. Por eso la hago responsable a usted, Siobhan, y no a John. ¿Está claro?
– Sí, señor.
– Me imagino que estará al acecho en cualquier parte esperando que usted le dé noticias.
– Le conoce bien, señor.
Macrae puso fin a la entrevista con un leve gesto de la mano. Ella cruzó la sala del DIC y bajó a recepción, donde vio una cara conocida. Todd Goodyear había acabado su servicio o trabajaba de secreta, pues iba vestido con vaqueros negros y una cazadora negra acolchonada. Clarke puso cara de intrigada.
– ¿Viene del escenario del crimen de Todorov, agente Goodyear?
Él asintió con la cabeza y miró la carpeta que llevaba ella.
– ¿Leyó mi informe? -preguntó.
– En efecto… -respondió ella haciendo tiempo para intentar explicarse la presencia de su compañero allí.
– ¿Le pareció bien?
– Muy bien.
Él parecía esperar una calificación mejor, pero ella repitió «bien» y le preguntó qué hacía allí.
– La esperaba a usted -dijo-. Me dijeron que se quedaba a trabajar hasta tarde.
– En realidad, he llegado hace veinte minutos.
Goodyear asintió con la cabeza.
– Estaba fuera, en el coche -añadió, mirando por encima del hombro-. ¿No está con usted el inspector Rebus?
– Escuche, Todd, ¿qué demonios quiere?
Goodyear se humedeció los labios.