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– La inocencia no nos protege de las equivocaciones de los hombres bien intencionados cuyo conocimiento de la naturaleza humana es mucho menor que su deseo de hacer el bien -dijo con fervor. No miró a Aubrey Serracold, pero Isadora vio cómo al menos otros tres comensales lo hacían. Rose se puso rígida, manteniendo inmóvil la mano que sostenía la copa de vino-. Últimamente he empezado a darme cuenta de lo complejo que es gobernar sabiamente -prosiguió con una expresión forzada, como si estuviera decidido a seguir el hilo de sus ideas hasta el final-. No es tarea para el caballero aficionado, por muy nobles que sean sus intenciones. Sencillamente no podemos permitirnos equivocarnos. Un experimento desafortunado con las fuerzas del comercio y la economía, o el abandono de ciertas leyes que hemos cumplido durante siglos, y miles de personas sufrirán antes de que podamos invertir la situación y recuperar el equilibrio perdido. -Sacudió la cabeza con vigor-. Es una cuestión mucho más seria que las que hemos afrontado en nuestra historia. En interés de las personas a las que representamos y servimos, no podemos permitirnos ser demasiado sentimentales o indulgentes con nosotros mismos. -Le centelleaban los ojos y volvió a mirar brevemente a Aubrey-. Ese es, por encima de todo, nuestro deber, o de lo contrario no tendremos nada.

Aubrey Serracold estaba muy pálido, con los ojos brillantes. No se molestó en discutir. Se dio cuenta de lo estúpido que sería y guardó silencio, agarrando con fuerza el cuchillo y el tenedor.

Por un momento nadie respondió; luego media docena de comensales hablaron a la vez, se disculparon y volvieron a empezar. Pero al mirarlos uno por uno, Isadora vio que las palabras de Reginald habían hecho mella en ellos. De pronto, todo el encanto y los ideales resultaban menos brillantes, menos efectivos.

– Una visión muy desinteresada, obispo -dijo Voisey, volviéndose para mirarle-. Si todos los líderes espirituales tuvieran su coraje, sabríamos a quién acudir en busca de liderazgo moral.

El obispo le miró con la cara pálida, el pecho agitado, como si tuviera unas dificultades inexplicables para respirar.

Otra vez tiene indigestión -pensó Isadora-. Ha tomado demasiada sopa de apio. Debería haberla dejado, sabe que no le sienta bien. ¡Por su manera de hablar, cualquiera pensaría que le han echado un buen chorro de vino!

La velada se alargó interminablemente; se hicieron ciertas promesas y se abandonaron otras. Poco después de medianoche se fueron los primeros invitados, entre los cuales estaban el obispo e Isadora.

Una vez fuera, mientras se subían a su carruaje y se alejaban, ella se volvió hacia él.

– ¿Qué demonios te ha entrado para hablar contra el señor Serracold de ese modo? ¡Y delante del pobre hombre! Si sus ideas son extremistas, nadie querrá que se conviertan en leyes.

– ¿Estás sugiriendo que debería haber esperado a que las presente ante el Parlamento antes de condenarlas? -preguntó él, con una nota áspera en la voz-. ¿Tal vez te gustaría que esperara hasta que los comunes las hayan aprobado y les toque a los lores discutirlas? No tengo ninguna duda de que los miembros laicos de la cámara anularían la mayoría de ellas, pero no tengo tanta fe en mis hermanos, los miembros eclesiásticos. Confunden el ideal con lo práctico. -Tosió-. Queda poco tiempo, Isadora. Uno no puede permitirse posponer el momento de actuar, pues tal vez no disponga de ocasiones para rectificar.

Ella estaba sorprendida. Era un comentario muy poco propio de él. Nunca le había visto lanzarse a hablar de ese modo, comprometerse con algo sin dejar una puerta abierta por si las circunstancias cambiaban.

– ¿Te encuentras bien, Reginald? -preguntó, y al instante deseó no haberlo hecho. No quería oír una enumeración de las cosas que habían estado mal en la cena, ya fuera el servicio o las opiniones y expresiones de los demás comensales. Lamentó no haberse mordido la lengua y haberse limitado a murmurar algo en señal de conformidad, sin mostrar la más mínima emoción. Pero ya era demasiado tarde.

– No -dijo él elevando la voz hasta alcanzar un tono de angustia-. No me encuentro nada bien. Debo de haberme sentado en medio de una corriente de aire. El reumatismo se me ha acentuado y siento un fuerte dolor en el pecho.

– Creo que la sopa de apio no ha sido una elección acertada -dijo, tratando de mostrarse compasiva, aunque era consciente de que no lo estaba logrando. Percibió un matiz de indiferencia en su voz.

– Me temo que es más serio que eso. -Esta vez la voz de Reginald reflejaba un pánico apenas disimulado.

Estaba segura de que si hubiera podido verle en la oscuridad del interior del coche, su cara habría revelado un miedo que rayaba en la desesperación. Se alegró de no poder hacerlo. No quería verse arrastrada por sus emociones. Ya le había sucedido demasiadas veces.

– Las indigestiones pueden llegar a ser muy desagradables -murmuró Isadora-. Los que hablan de ellas con ligereza nunca las han sufrido. Pero son pasajeras y no dejan secuelas, aparte del cansancio provocado por la dificultad para poder dormir. Te ruego que no te preocupes.

– ¿Eso crees? -preguntó él. Isadora percibió su impaciencia, a pesar de que no había girado la cabeza hacia ella.

– Por supuesto -respondió en tono tranquilizador.

Guardaron silencio el resto del trayecto de regreso, pero ella era plenamente consciente de su incomodidad. Era como si una tercera entidad se hubiera instalado entre ambos.

* * * * *

Se despertó en mitad de la noche y lo encontró sentado en el borde de la cama con la cara cenicienta, el cuerpo echado hacia delante y el brazo izquierdo colgando como si no tuviera fuerzas en él. Volvió a cerrar los ojos, obligándose a sumergirse de nuevo en su sueño. En él aparecían amplios mares y el suave oleaje que se agitaba más allá del casco de un barco. Se imaginó a John Cornwallis en aquel lugar, con la cara vuelta hacia el viento y una sonrisa de placer en los labios. De vez en cuando se giraba hacia ella y la miraba. Tal vez decía algo, pero probablemente permanecía callado. Entre ambos reinaba un silencio sosegado, una alegría tan profundamente compartida que no necesitaba de la intrusión de las palabras.

Sin embargo, su conciencia no iba a permitirle quedarse en el mar y el cielo. Sabía que Reginald estaba sufriendo a escasos centímetros de ella. Volvió a abrir los ojos y se sentó despacio.

– Te traeré un poco de agua caliente -dijo, apartando las sábanas y levantándose de la cama. Su fino camisón de hilo le llegaba al suelo, y esa noche de verano no necesitaría ponerse nada más por decencia. A esa hora no habría criados por la casa.

– ¡No! -Un grito ahogado brotó de su garganta-. ¡No me dejes!

– Te sentará bien beber el agua a sorbos -dijo ella, sin poder evitar compadecerle. Parecía abatido, con la cara pálida y perlada de sudor, y el cuerpo encogido de dolor. Se arrodilló delante de él-. ¿Estás mareado? Tal vez había algo en la cena que no estaba fresco o bien cocinado.

El no dijo nada y permaneció mirando fijamente el suelo.

– Se pasará -continuó ella con suavidad-. El susto dura un rato, pero siempre se va. En el futuro tal vez deberías pensar menos en los sentimientos de tus anfitriones y optar solo por los platos más sencillos. Algunas personas no se dan cuenta de la frecuencia con la que te ves obligado a comer en casas ajenas, y con el tiempo puede resultar excesivo.

El obispo alzó hacia ella sus ojos oscuros y asustados, suplicándole sin palabras que le ayudara como fuera.

– ¿Quieres que envíe a Harold a buscar al médico? -Hizo el ofrecimiento por decir algo. Lo único que el médico le daría serían unas pastillas de menta, como había hecho en el pasado cuando el obispo había mencionado su digestión y le había pedido remedio. Sería denigrante hacerle ir hasta allí por un caso de gases, por terrible que fuera. El obispo siempre se había negado, creyendo que menoscabaría la seriedad de su alto cargo. ¿Cómo iba a mirar alguien con respeto reverencial a un hombre que no podía controlar sus órganos digestivos?