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– Vamos a engañarlo.

– Eso es.

– Sin que sospeche nada.

– Muy bien.

– Se trata de hacerle creer que nos vamos a ir juntos y luego… abandonarlo.

– Muy lista.

Anaíd la miró con conmiseración. A lo mejor hasta era más lista de lo que su madre pensaba y se le ocurrió ponerlo en práctica. Miró de reojo el coche de Gunnar que

su madre acababa de aparcar.

– ¿Y nos vamos a ir con el Passat?

– Sí.

– Lo dudo. Esta noche va a estar sin batería.

– ¿Por qué lo dices?

– Lo estoy viendo. Te has dejado las luces encendidas.

Selene dudó. Intentó recordar si había entrado en algún túnel, en algún parking subterráneo que le hubiera obligado a encender las luces, pero no consiguió recordarlo. Y sin embargo, al acercarse y mirar por la ventana vio que efectivamente las luces estaban encendidas. Claro que ni se le pasó por la cabeza que unos segundos antes estuvieran apagadas y que hubiera sido su hija quien, mediante un sencillo conjuro, hubiera conseguido ese efecto desconcertante.

– Vaya, ahora vuelvo. Ve preparando la maleta.

Salió con las llaves en la mano sin fijarse en que, a sus espaldas, Anaíd abría su bolso, extraía su móvil y telefoneaba sin pestañear al número de Roc.

Todo había sido muy rápido, pero en el momento en que el móvil de Roc comenzó a sonar se le paralizaron los músculos del cuerpo y su mente quedó en blanco.

¿Qué le diría? ¿Y si no recordaba siquiera su nombre? ¿Qué pensaría de ella? Y de pronto el móvil hizo clic y una voz respondió, pero no era la voz de Roc, sino una voz femenina.

– ¿Sí?

– Quiero hablar con Roc, es urgente -dijo de corrido, con cierta autoridad, como si eso la eximiera de dar explicaciones.

– ¿ Selene? ¿Eres tú? -preguntó la voz que había respondido al móvil.

Era Elena. ¡Qué apuro!

– ¿Anaíd? -insistió Elena.

La había pescado. Elena era muy intuitiva.

– Anaíd, ¿qué haces llamando con el móvil de tu madre? Es muy peligroso.

Anaíd recordó a la gruesa Elena, la madre de Roc y de siete chavales más, la dulce bibliotecaria amante de los libros y de los estofados, que alimentaba a los niños de cuentos y dulces. Se conmovería. La comprendería.

– Elena, por favor, quiero hablar con Roc.

La voz de Elena, sin embargo, sonó áspera.

– Anaíd, ¿estás loca? Cuelga inmediatamente. Nadie tiene que saber dónde estás.

Anaíd suplicó:

– Por favor, quiero hablar con él. Pásamelo.

– No puede ser, Anaíd, además…

Anaíd interpretó perfectamente los puntos suspensivos que Elena callaba. Tenían nombre: Marion. Ese «además» quería decir que Roc estaba ocupado en sus… puntos suspensivos. ¿Era eso?

– Por favor, Elena, retírale el hechizo. ¡No quiero que me olvide!

Pero Elena era dura de pelar.

– Imposible. Una poción del olvido no tiene marcha atrás. Nunca sucedió nada entre vosotros. Es mucho mejor así, pequeña. Debes tener la cabeza clara para tu misión, la mente libre. Es por tu bien.

No valía la pena patalear, ni llorar, ni suplicar. Era mejor dejarlo así y procurar que no empeorase. Fingiría que Elena la convencía.

– Lo siento, lo siento mucho, ya sé que no tendría que haber telefoneado, pero… ha sido un impulso.

Anaíd comenzaba a darse cuenta de que los adultos tenían en mucha consideración la capacidad para admitir los propios errores. Aunque ese gesto fuera un simple ardid.

– Tienes que dominar tus impulsos, Anaíd, eres demasiado importante.

– Lo sé, lo sé, y sé que lo hacéis por mí, pero sólo quería despedirme de Roc… Es simbólico, ¿sabes?

– Desde luego, porque Roc no va a entender un pimiento si le hablas de algo que haya pasado entre vosotros. No recuerda nada de eso.

Y Anaíd recordó de pronto que Elena había tenido una hija llamada Diana, que fue asesinada por Baalat, y que ni siquiera lo sabía. Ella también tomó su poción del olvido. Pero se abstuvo de decírselo.

– Ya, ya lo sé.

Elena dulcificó la voz.

– Tómate tú también la poción para olvidarle, será lo mejor.

Anaíd simuló un ligero carraspeo.

– De acuerdo, pero tú hazme un favor.

– ¿Cuál? -quiso saber Elena con cautela.

– No le digas nada a mi madre de esta llamada. Se enfadaría muchísimo conmigo.

Elena también se tomó su tiempo.

– Si me prometes que olvidarás a Roc.

Anaíd cruzo sus dedos con sorna. Elena no podía verla.

– Lo prometo. Dale un beso de mi parte.

Y colgó. Sonrió y cerró los ojos imaginando el beso de Elena en las mejillas morenas y algo rasposas de Roc. Seguro que se lo daría. Seguro que hasta le diría: «De parte

de Anaíd». Y Roc recordaría a una niña que se bañaba en la poza con él cuando era un enano.

Borró del archivo del móvil de Selene esa última llamada y lo dejó dentro del bolso al tiempo en que su madre abría la puerta de la habitación chasqueando la lengua.

– No lo entiendo -comentó apurada-. Tres ascensores han pasado de largo sin hacerme ni caso.

Anaíd reprimió una sonrisa.

– Parece cosa de brujas, ¿no?

Y se echó a reír. Selene, de risa fácil, la secundó. Y pronto las dos se abrazaron riendo, aunque Selene no tenía ni idea de que Anaíd se estaba riendo de ella.

Cenaron los tres en buena sintonía. Se trataba de teatralizar y reinventar la familia que no eran. Gunnar les llenaba el vaso solícito, Selene servía el arroz a banda que habían pedido, Anaíd sonreía a ambos y aliñaba la ensalada con aceite, sal y vinagre, esa vez sí. Los camareros trajeron una paella para los tres, una botella de vino para los tres, una botella de agua para los tres, una barra de pan para los tres y una sola nota para los tres. En cambio, tenían dos números de habitaciones sobre la mesa. Parecía lógico. Una habitación doble para el matrimonio y una sencilla para la hija. Pero ellos eran los únicos que sabían que no era así. Que aquella mujer pelirroja tan guapa y provocativa, de sonrisa abierta y ojos verdes, no compartía habitación ni cama con el hombre alto de piel curtida y manos grandes, el de pelo ceniza y ojos azul cobalto. Unos ojos magnéticos, fríos y acerados, los mismos que había

heredado su hija, la hija de ambos sin duda.

Eran una extraña familia que, tras las risas y los titubeos, bullía de secretos, gestos y maniobras.

Selene sirvió un vaso de vino a Gunnar y pronto ella, en justa correspondencia, tuvo el suyo delante de su plato. Los dos bebieron mirándose a los ojos y Selene, en un momento de confusión, tocó los pies de Gunnar bajo la mesa. Los retiró inmediatamente al darse cuenta de que los pies de Gunnar jugueteaban descaradamente con los suyos e intentaban retenerlos. Se puso nerviosa y se levantó para ir al baño, no sin antes levantar una ceja, aparentemente en un gesto inocuo, a Anaíd, para indicarle que procurase que Gunnar bebiese de su vaso.

Anaíd asintió y cuando Selene regresó del baño con los labios más perfilados y la cara más fresca, comprobó con alivio que Gunnar había apurado ya todo el vaso y se estaba sirviendo de nuevo.

Selene se relajó a partir de entonces, bebió un sorbo de su vino y continuó degustando el arroz. Estaba delicioso, algo duro, algo suelto, como a ella le gustaba. El arroz le producía un maravilloso cosquilleo de felicidad. El sofrito estaba en su punto, el caldo de pescado era sabrosísimo y el arroz del Delta una verdadera maravilla. Tuvo deseos de desperezarse de placer. Se sentía tan bien que hasta se le cerraban los ojos. Nada enturbiaba ese momento absoluto y pleno, nada le preocupaba, nada estorbaba la contemplación de esos dos rostros atentos, sonrientes, que enmarcaban la deliciosa paella. Gunnar y Anaíd. Se parecían. Ella, Selene, en medio de los dos, era objeto de sus atenciones y de sus mimos. Bebió un poco más y pensó con arrobo que dormiría feliz sabiéndose tan querida.