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Los rostros fueron difuminándose, difuminándose hasta que desaparecieron y la cabeza de Selene cayó suavemente sobre la mesa, sin estridencias, sin golpes y a tiempo de que Anaíd retirase su plato de paella y le evitase pringarse el pelo de granos de arroz.

Gunnar y Anaíd se miraron algo confusos. Selene era mucho más liviana que Gunnar y la poción había surtido efecto antes de lo que esperaban.

– ¿Y ahora qué hacemos? -preguntó Anaíd algo cohibida por la situación.

Gunnar se levantó y cogió a Selene en sus brazos con delicadeza. No parecía desmayada, parecía simplemente dormida, como una niña que ha madrugado demasiado. Un camarero se acercó solícito.

– ¿Le ha pasado algo a la señora?

Gunnar la besó en los labios.

– Estaba muerta de sueño, y el vino…

La miró con ternura, con la misma ternura que se mira a una niña. Los dos sonrieron y Gunnar, seguido de Anaíd, se dirigió al ascensor.

– ¿Te ayudo? -preguntó Anaíd.

– No pesa nada -comentó Gunnar sin dejar de mirar a Selene.

Su expresión serena, su sonrisa esbozada. No comentó que era un placer llevarla, pero Anaíd lo supo sin que lo dijera.

La depositó con cuidado sobre la cama. Le quitó con delicadeza los zapatos y el jersey, y la arropó con mimo, como se cuida a una flor exótica. Luego, sin mediar palabra, volvió a besarla en los labios, dulcemente y musitó:

– Lo siento, Selene.

Anaíd ya estaba en la puerta, impaciente, y taconeó para hacerle notar su prisa. Ella no se disculpó con su madre, no la besó y no quiso despedirse. Su padre se entretuvo unos instantes más hurgando en el bolso de Selene y manipulando su móvil. Anaíd puso sus antenas.

– ¿A quién envías un mensaje? -preguntó con desconfianza.

Pero su padre la tranquilizó inmediatamente.

– He borrado los teléfonos de sus amigas -le susurró.

Y Anaíd, aunque no podía estar segura de si su padre le decía o no la verdad, optó por creérselo. Se había aliado con el y ahora estaba en sus manos.

Antes de marchar lanzó una última mirada al rostro plácido de Selene. «Donde las dan las toman», se dijo para sí Anaíd. Y mientras bajaba las escaleras con su maleta iba

pensando si ese proverbio se lo enseñó Deméter o la misma Selene.

CAPÍTULO V

El enamoramiento

Alo mejor, el paisaje del mar Mediterráneo lamiendo las playas de arena dorada valía la pena. A lo mejor, los pueblos del interior parapetados contra las montañas, con sus plazuelas enlosadas y sus iglesias moriscas, se merecían alguna que otra foto. A lo mejor, los campos de naranjos henchidos de flores de azahar eran únicos. Sin embargo, a Anaíd todo eso le importaba muy poco. Sólo tenía ojos para Gunnar.

Si le hubieran preguntado acerca de su padre, hubiera respondido sin pestañear que era la única nota de color en un mundo soso, aburrido y monocorde.

No se cansaba de mirarlo ni de escuchar sus relatos, Gunnar era el hombre de las mil caras y las mil historias. Había vivido más de mil años y ese dato estremecedor, que a Anaíd le resultaba tan incomprensible como el concepto de infinito, la llenaba de curiosidad. Su padre era increíble en el sentido literal de la palabra.

– ¿Estás segura de querer volver a Urt? -le preguntó muy serio Gunnar tras llenar el depósito del coche.

Estaban en una gasolinera y era cerca del mediodía.

Habían dormido en un motel junto al mar, pero durante esa mañana se habían alejado de la costa levantina y se habían internado en las tierras del interior. Al Norte, muy lejos aún, la silueta familiar de la cordillera pirenaica se intuía entre la bruma.

– Segurísima.

– En Urt estarás vigilada. No sólo está Elena, también está Karen.

Anaíd suspiró.

– Sólo quiero ver a Roc y romper el hechizo que le preparó Elena. Luego me marcharé-confesó sin nombrar el cetro.

En realidad, ocultaba a su padre sus propósitos. Primero pensaba recuperar su cetro, luego enamoraría a Roc.

Gunnar chasqueó la lengua.

– Es peligroso.

– Todo es peligroso para mí. Tengo que estar alerta siempre. No paro de pensar en lo que tengo que hacer, en lo que me puede ocurrir, en…

Gunnar le acarició cariñosamente la cabeza.

– No pienses más, ahora no. Relájate. Te prohíbo pensar.

Y la estiró de la mano conduciéndola hasta la cafetería.

– Mi niña comerá un churrasco a la plancha con pimientos del piquillo y unos buenos espárragos y sólo se preocupará de chuparse los dedos. Anaíd se sonrojó de placer y le obedeció sin rechistar.

Y mientras daban buena cuenta de los enormes filetes, una extraña criatura, que los había estado observando agazapada entre los matorrales, se puso en pie con sigilo

y se acercó al Passat procurando no ser vista. Alzó una mano, rozó levemente la carrocería, pronunció unas palabras y la puerta trasera se abrió como por ensalmo. La extravagante figura se introdujo en el interior del maletero, se acomodó y ordenó a la puerta que se cerrase. Y la puerta le obedeció.

Aparentemente, el coche tenía el mismo aspecto que unos instantes antes, no obstante, en su interior viajaba un misterioso pasajero de incógnito. A simple vista no se advertía nada extraño, puesto que la cerradura no había sido forzada. Y nada notaron Gunnar ni Anaíd al regresar de la comida bromeando sobre la capacidad de Gunnar para engullir flanes sin masticar.

– Es muy sencillo -intentaba convencerla Gunnar.

– ¿Cómo lo haces?

– Pones un flan en un plato, acercas la boca, sorbes y el flan vuela hacia ti.

– Como el cetro… -musitó Anaíd con tristeza.

Se sentía víctima de un cierto fatalismo. Todo la remitía al cetro. Todo lo asociaba a su poder, a su llamada, a su marca. Durante la noche había vencido el cosquilleo en las manos y el deseo imperioso de tenerlo, pero ahora, la desazón se instalaba de nuevo en su ánimo.

– El cetro… -y ya no pudo aguantarse más-. Selene me dijo que tú lo habías robado.

Gunnar fue tajante.

– Selene mintió.

Anaíd le sonsacó.

– ¿Y dónde crees que está?

Pero Gunnar no era tan ajeno a lo que sucedía a su alrededor como a veces podía parecer.

– Eso lo sabrás tú.

– ¿Yo?

– Enséñame esa mano.

Y puesto que Anaíd no le facilitaba las cosas, la agarró él mismo.

– Con ella has estado hurgando sobre el paradero del cetro. ¿O no?

Anaíd, descubierta, escondió la mano tras su espalda.

– Es mío. Alguien me lo ha robado y, si no has sido tú, ha sido Selene.

– ¿Y por eso vamos a Urt? ¿Está en Urt?

Anaíd bajó la cabeza avergonzada.

– Sí.

Anaíd temió que le pidiera más detalles, pero Gunnar fue discreto.

– ¿Tanto te costaba decírmelo?

– No me atrevía. -Tu madre te ha hecho creer que soy tu enemigo.

– No es eso.

Aunque sí que era eso. El recelo acabaría por cuajar, tarde o temprano. Anaíd intentó zanjar el tema.

– Por favor, papá.

– Está bien -cedió Gunnar.

Se dio cuenta de que había pronunciado la palabra «papá» por primera vez en su vida. Y su padre parecía complacido.

– No hablaré más del cetro -la tranquilizó Gunnar abriendo la portezuela del conductor.

Anaíd dejó resbalar la vista sobre las montañas que se vislumbraban en lontananza. Ya habían puesto rumbo al Norte y el tiempo había refrescado.

– Un momento, necesito un jersey -exclamó.

Corrió hacia el maletero, levantó la puerta trasera impulsivamente y en ese mismo instante sintió una punzada en su brazo izquierdo. Fue un calor súbito, como una quemazón. Levantó la vista y topó con los penetrantes ojos de Gunnar.

– ¡Me has quemado!

– ¿Yo? -se defendió Gunnar desconcertado.

– Me has mirado con tanta intensidad que, fíjate, hasta me duele.