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En ese justo momento cambió la dirección del viento y un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Acababa de darse cuenta de que no estaba sola. El olor difuso que había notado antes le llegó ahora con claridad. Era suave y ligero, parecido al pollo, pero al mismo tiempo infantil y algo dulce. Un olor confuso. Había alguien escondido en el coche. Sí, había oído un roce. Un ligero movimiento de algo vivo arrastrándose. Con el rabillo del ojo, fingiendo indiferencia, captó perfectamente la forma humana del bulto al acecho que se ocultaba entre las sombras.

Se quedó unos instantes inmóvil, agarrotada, incapaz de pensar con lucidez. Hasta que reaccionó y palpó con cautela el bolsillo de su maleta donde guardaba su atame. Lo cogió disimuladamente y, con la otra mano, bajó la puerta con fuerza. Se retiró un paso, dos, y con el mando automático, a una distancia prudencial, bloqueó la cerradura. Se llevó la mano al pecho. Respiraba agitada. Tenía que tranquilizarse y pensar. ¿Quién se escondía en el vehículo? ¿Quién la acechaba? ¿Baalat volvía a estar viva?

Entonces lamentó que Selene no estuviera allí para aconsejarla.

CAPÍTULO VI

La vergüenza

Sentía una pereza infinita, pegajosa. Dudaba entre continuar inmersa en su sueño, a sabiendas de estarse pasando de la hora, o abrir los ojos. Le pesaban los párpados y la boca se le abría en un bostezo grande y profundo.

Finalmente, Selene gimió, se desperezó con lentitud y, tras un esfuerzo sobrehumano, se incorporó y miró a su alrededor. La luz tenía una tonalidad suave y la habitación estaba vacía. A su lado, la cama donde había dormido Anaíd ya estaba hecha. Sonrió para sí. Era una niña bien educada.

Se sentía de buen humor y extrañamente optimista. Había tenido un sueño vivido, tan real que hasta le cosquilleaba la piel. Gunnar la había tomado en sus brazos y la había trasladado con mimo a un lugar cálido, mullido. Luego la había besado susurrándole al oído: duerme. Y ella había dormido plácidamente sabiendo que nada ni nadie podría estorbarla. Hacía tiempo, desde antes de que muriese Deméter, que no se sentía tan segura, tan arropada. Hacía tiempo que no había dormido tan bien.

Y de pronto en la almohada, junto a su propia cabeza, descubrió un cabello rubio. Lo cogió entre sus dedos con extrañeza y lo olisqueó como una loba. Era de Gunnar. Gunnar había estado allí, con ella. Se fijó en que la colcha, algo arrugada, conservaba la forma combada del peso de su cuerpo. Entonces, tal vez no lo hubiera soñado… Pero por más que lo intentaba, no recordaba nada. Absolutamente nada. Sólo sabía que estaba animosa y muy hambrienta.

Se levantó y se dio cuenta de que en lugar de su camisola de dormir llevaba puesta la ropa interior. ¡Qué extraño! Caminó hacia la ducha y se distrajo entreabriendo su maleta y repasando su ropa nueva. La había comprado el día anterior y podía estrenar el conjunto que le viniese en gana. Todas las prendas llevaban las etiquetas colgando.

¿Una falda quizá? ¿Por qué no? Tenía las piernas bonitas. La apartó a un lado y escogió también una camiseta negra de escote ancho. A Gunnar le gustaba el color negro. Siempre le dijo que la favorecía. Igual que a él le favorecían las sienes algo plateadas y las telarañas de sus ojos. Le hacían más interesante, más apuesto.

En esos momentos ya no sentía ninguna animadversión hacia Gunnar. Sin Anaíd delante podía reconocer que había envejecido como cualquier mortal y que no utilizaba la magia. Lo comprobó en la batalla contra Baalat. Cuando lo arrastraron las aguas se convenció de que lo que decía era cierto, como también era cierto que las había defendido con su propia vida y que había decapitado a Baalat. A veces era injusta. A veces era caprichosa y voluble.

Y al frotarse con su guante de pita bajo el chorro de agua fría, se despejaron los últimos jirones de niebla que flotaban ante sus ojos y se acordó de la noche anterior. ¡Qué tonta!

Había dado la poción de sueño a Gunnar durante la cena y lo tenía todo dispuesto para engañarlo y huir con Anaíd. ¿Y qué hacía entonces en la habitación de buena mañana? Supuso que había caído rendida de sueño, supuso que estaba tan derrengada que había olvidado hasta el momento en el que llegó a la cama. Pero ahora, a la luz del día, ese sueño reparador le hacía ver las cosas de otra forma. Se había despertado con ganas de reconciliarse con la vida y con Gunnar.

Su defecto era la impulsividad. A veces se precipitaba y actuaba por despecho. Luego, claro está, se arrepentía.

Pobre Gunnar, él sí que debía de dormir a pierna suelta con la dosis que le puso en el vino, como cuando bebió la poción que le preparó la yegua Omar Holmfrídur en Islandia.

Tuvo deseos de visitarlo de incógnito y de verlo dormido, con los zapatos puestos y los brazos abiertos. Así solía dormir Gunnar cuando caía rendido a su lado, en la tienda de piel de reno o en la cabaña de Groenlandia. Tenía un sueño sereno y confiado, como el de un niño.

Rectificar es de sabios, acostumbraba a decirle Deméter. Y comenzó a bullirle una idea nueva en la cabeza. ¿Por qué no rectificar? ¿Por qué no cambiar el rumbo de los acontecimientos? Había ido demasiado lejos con su rencor. Anaíd tenía razón al reprochárselo. ¿Y Anaíd? ¿Dónde andaría? Había olvidado su anillo de esmeralda en el baño y supuso que estaría desayunando.

Acabó de vestirse rápidamente y se tranquilizó al ponerse el reloj. Sólo eran las siete de la mañana. Y sin embargo, tenía la sensación de haber descansado mucho. Mejor. Gunnar dormiría hasta la noche y así a ella le daría tiempo de pensar sobre la mejor decisión para los tres.

Salió de la habitación y bajó al restaurante, pero, ante su decepción, no vio a Anaíd. Se sentó a una mesa vacía con una flor de plástico solitaria en un jarrón sin agua y se extrañó de que no estuviera dispuesto el buffet de desayuno como la mañana anterior. El camarero se acercó solícito con una carta.

– ¿Va a cenar sola la señora?

Selene creyó que era una broma.

– Querrá decir desayunar.

– ¿A las siete de la tarde?

Selene se quedó atónita. Si la hubieran pinchado no le habrían encontrado sangre. ¿Entonces esa luz era el crepúsculo?

Por eso no había nadie en el restaurante. Por eso Anaíd había hecho su cama. ¿Qué le había ocurrido?

Se levantó apurada.

– Bajaré luego a cenar con mi marido y mi hija -se excusó recogiendo la chaqueta y el bolso.

Pero el camarero tosió algo azorado.

– Creo que, si no me equivoco, se fueron anoche.

Eso fue como una bofetada seca. Selene se tambaleó.

– ¿Cómo?

– Después de cenar pagaron la cuenta y marcharon.

– ¿Con el coche?

– Supongo.

– ¿Está seguro de que llevaban el equipaje?

El camarero se sentía incómodo. La desgracia ajena incomodaba y aquella pobre mujer, tan bella y tan desgraciada, a quien habían dejado abandonada su marido y su hija, le daba pena.

– Eso será mejor que lo confirme en recepción. Yo no les hice la liquidación y no puedo decírselo con seguridad.

Lo sabía con toda seguridad. El caso había sido la comidilla del hotel. La mujer dormida que compartía habitación con la hija en lugar de con el marido y la huida precipitada de ambos mientras ella dormía, probablemente por efecto de algún somnífero, era el notición del día.

Selene también lo sabía. Las piezas del puzzle iba n encajando unas con otras hasta conformar el panorama de su engaño. Y sin embargo, cuando lo confirmó definitivamente en recepción, las rodillas le flaquearon y se sintió tan avergonzada que hasta se sonrojó. No le sucedía desde que era niña, pero en aquel momento tuvo la certeza de que todos la miraban, la señalaban con el dedo y se reían de ella.