Se refugió en la habitación y registró a fondo los armarios. Anaíd se lo había llevado todo. Efectivamente, había huido con Gunnar.
¿Y el cetro? ¿Dónde estaba el cetro? ¿Lo tenía Gunnar como ella dejó entrever? ¿Estaba en manos de una Odish? No tenía forma de saberlo. Ante Anaíd había fingido que ese tema no la preocupaba, pero en realidad, la angustiaba terriblemente. Quien tuviera el cetro tendría poder sobre Anaíd.
No podía sustraerse a la culpabilidad de no haber velado por el cetro. Eso era muy grave, muy peligroso. Tenía que encontrar a su hija antes de que fuera demasiado tarde.
Cuando tuvo la maleta cerrada y se vio sola ante el espejo con su falda nueva y la camiseta escotada de color negro que se había puesto para agradar a Gunnar, se sintió tonta y desvalida. Entonces se derrumbó y se lanzó sobre la cama deshecha en llanto.
Todo lo hacía mal. Todo le salía mal. Todo acababa por estropearse en sus manos. Gunnar había vuelto a traicionarla y esa vez se había llevado con él lo único que le quedaba en el mundo. A su hija Anaíd. Pero era culpa suya. Lo había hecho tan mal que los había precipitado a ambos, padre e hija, en los brazos del otro.
Y ahora estaba sola, más sola que nunca.
Podría haber pedido un taxi en el hotel, pero prefirió mentir. Salió con una sonrisa falsa, dijo que había sido un malentendido y que pasarían a recogerla por la carretera.
Si se lo tragaron o no era cosa suya, pero prefirió fingir antes que reconocer que la habían abandonado. Significaba que era prescindible, que otros podían sobrevivir sin ella y que además preferían estar sin ella antes que aceptar su compañía.
Se alejó arrastrando su maleta y luciendo orgullosamente el anillo de esmeralda en su dedo anular. No se dio la vuelta, orgullosa, hasta el primer recodo. Una vez lejos de las miradas ajenas, se rompió en pedacitos.
Ya había anochecido. No tenía ni idea de qué dirección tomar. ¿Adónde iba? Se sentó sin fuerzas sobre la maleta y se llevó las manos a la cara, mesándose los cabellos. Estaba tan sola, se sentía tan desorientada…
Y de pronto, una lengua áspera y caliente acarició su mano y una voz familiar la obligó a abrir los ojos con incredulidad.
– No te des por vencida, Selene.
– ¡Deméter! -exclamó gritando.
En efecto, su madre Deméter, bajo la forma de una loba, le hablaba y estaba ahí, junto a ella.
– Anaíd te necesitará, no puedes dejarla.
– ¿Y qué puedo hacer?
– Búscala.
La convicción de Deméter y su firmeza la ayudaron a levantarse.
– Oh, madre, te añoro tanto, es tan difícil todo.
– Ya lo sé, hija mía.
– Si estuvieses aquí, las cosas serían más fáciles.
– Es tu tiempo Selene, el mío se acabó.
Selene se embebió de sus palabras. Era cierto. De nada servía lamentarse y pedir imposibles. Todo era difícil. Los momentos de bonanza se escurrían de las manos sin darse apenas cuenta. Había vivido momentos felices junto a Gunnar, su gran amor, junto a Deméter, su madre, y sobre todo junto a su niña Anaíd. Ahora la encontraría estuviese donde estuviese. Iría hasta el fin del mundo Si hacía falta.
Se puso en pie, agarrando la maleta con fuerza, y se dirigió a la carretera para detener el primer coche que pasara. Alzó la mano con decisión al divisar los faros a lo lejos y se dirigió a su madre Deméter.
– ¿Hacia dónde?
En la oscuridad ya no pudo distinguir el brillo de las pupilas dilatadas de la loba. Deméter había desaparecido. Frotó el anillo con desesperación, pero de nada le sirvió. Rabiosa y dolida, se lo arrancó del dedo y lo lanzó lejos para zafarse de su impotencia.
CAPÍTULO VII
Anaíd permaneció inmóvil hasta que anocheció. Hubiera querido enfrentarse cara a cara al intruso que se escondía en el coche, pero la prudencia le aconsejaba esperar el regreso de Gunnar.
Cuando el sol se hundió definitivamente en el abismo y sus rayos dejaron de alumbrar los chopos, llegó la oscuridad. El desamparo y los gritos de la lechuza se adueñaron del merendero y el ánimo de Anaíd fue apagándose como una cerilla y cediendo terreno al miedo.
Hacía ya un rato que observaba cómo la puerta del maletero cerrado pugnaba por abrirse y en ese mismo momento, a pesar de estar herméticamente cerrada, comenzó a levantarse lentamente. Anaíd, con el cuerpo en tensión, desentumeció los dedos de su mano derecha uno a uno y asió con fuerza su atame. Estaba preparada para cualquier eventualidad. Recordó los consejos de la luchadora Aurelia, del clan de la serpiente: la mente clara, los sentidos despiertos y adelantarse siempre a las intenciones del oponente. Era un buen consejo para vencer.
Sin embargo, al distinguir una mano asomando entre las sombras, Anaíd perdió el mundo de vista y atacó a la desesperada. Se arrojó con todas sus fuerzas contra el intruso, sin orden ni concierto, sin proteger su flanco izquierdo ni triplicar su imagen para desconcertar al oponente. Estaba poseída por la ira y levantó su atame sin atender a la pequeña e indefensa figura de una muchacha asustada cubriéndose la cabeza con sus manos delgadas.
– ¡Anaíd, no!
Fuese porque pronunció su nombre, porque el tono de voz era inofensivo o porque un instinto oculto le permitió ver los contornos con más nitidez a través de la bruma del descontrol, Anaíd detuvo el brazo a tiempo.
Jadeando y con la mano ardiendo, iluminó a la intrusa.
– ¿Quién eres tú?
Y ante su estupor, la chiquilla se puso en pie, saltó fuera del coche, se arrodilló ante ella y le besó los pies.
– Te adoro, Anaíd. Soy tu más fiel y devota seguidora. Soy Dácil.
– ¿Dácil? -inquirió Anaíd arrugando la nariz y sin dejar de deslumbrarla con su luz y amenazarla con su atame-. ¿La misma Dácil de los mensajes de e-mail y de SMS?
– Sí, Anaíd, soy yo. Te busco hace mucho tiempo. Quiero estar contigo, seguirte adonde vayas, servirte.
Anaíd tenía dos opciones: creerla o no creerla. La estudió con detenimiento paseando su mano sobre su cuerpecillo. Era una chica muy delgada, de pelo rizado y oscuro, piel morena y ojos excesivamente pintados y salpicados de rimel caducado, de ése que dejaba grumos en las pestañas y manchones en la cara. Los labios pintarrajeados de un rosa estridente, los pies sobre unos tacones demasiado altos que acentuaban la delgadez de las piernas, y un top cantón de lunares negros subrayaban el mal gusto de la desconocida.
Si obviaba los excesos, en cambio, el aspecto aniñado de Dácil, de sonrisa angelical, ojos dulces y nariz pícara, era el de una Virgen ortodoxa.
¿Niña? ¿Mujer? Ambigua.
– ¿Qué hacías en nuestro coche?
– Seguirte, hace mucho tiempo que te sigo.
En ningún caso Baalat, con su mundología y su milenario amor a la belleza, hubiera consentido en reencarnarse en aquel cuerpecillo nervioso y chillón.
– Pero, pero… ¿se puede saber quién eres y de dónde sales?
Dácil sonrió con una sonrisa tan bonita que Anaíd imaginó una mariposa de alegres colores revoloteando en su cara.
– Soy Dácil, la Luz, hija de Atteneri, la Blanca, y nieta de Guacimara, la Princesa. Pertenezco al clan de la axa, la cabra, y desde niña, desde que abrí los ojos, oí hablar de la elegida y del día en que vendría a nuestro valle para descansar en la cueva y entrar en la penumbra del cráter.
Anaíd se quedó asombrada. Digirió como pudo aquel cúmulo de información e intentó asimilarla.
– ¿Eres…, eres una Omar?
– Claro -rió con franqueza Dácil, respondiendo a su nombre, cuyo significado era Luz; en su alegría brillaba la luz.
– Y… ¿de dónde dices que vienes?