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No obstante, estaba tan obcecada en recuperar el cetro que no atendió a ninguno de los signos que le indicaban que algo anómalo sucedía. No notó que en el suelo arenoso había rastros de huellas humanas; que un olor acre impregnaba la sala de los fantasmas, bautizada así por las estalagmitas fantasmagóricas que se erguían como guardianes blancos; ni que, cuando penetró como una tromba en la gruta del lago, una sombra se escurrió escudándose en las paredes angostas y se ocultó tras una columna. Y es que Anaíd estaba muy alterada. Temblaba, le castañeteaban los dientes, le sudaban las manos y el corazón quería salírsele por la boca. Ardía en deseos de poseer el cetro. ¿Dónde estaba? Lo sentía, lo notaba muy cerca. El descontrol la dominaba. Sus ojos fueron a posarse con urgencia en el hueco que su visión le había señalado como el lugar donde se ocultaba el cetro. ¡Efectivamente, ahí estaba! En cuanto lo vio, sus ojos desenfocaron el resto del universo y se centraron en ese único objeto codiciado. Y al abrir la mano, la ansiedad de Anaíd creció y creció como un estornudo a punto de explotar.

El cetro brillaba, palpitaba, le decía tócame, y cuando alargó el brazo para satisfacer su deseo y empuñarlo, la sombra se cernió sobre ella y una mano delgada la aferró por la muñeca.

Quiso gritar, pero al levantar la vista sus ojos toparon con una hermosa y elegante dama de piel clara y ojos azules que la soltó inmediatamente, abrió sus brazos y la invitó a refugiarse en ellos con una gran sonrisa.

– ¡Anaíd, hija!

Anaíd, que al despedir a su padre había mantenido el nudo de la emoción bien atado, sintió cómo se deshacía y no pudo detener el sollozo que salió, naturalmente, de su garganta.

– ¡Abuela! -gritó antes de fundirse en un abrazo con Cristine Olav, la dama de hielo.

Recordó la batalla contra Baalat, la voz serena y fría que le dictó sus actos, el espíritu sin rostro que destruyó a Baalat y se quedó con el cetro. Y la señaló atónita…

– ¡Me salvaste de Baalat, fuiste tú!

Cristine movió levemente la cabeza, en un gesto afirmativo.

– Pues claro, bonita, no te iba a dejar morir.

– Tú trajiste el cetro hasta aquí, para que reconociera el lugar.

– Un lugar a salvo de indiscreciones.

– ¿Gunnar lo sabía?

– Yo misma le avisé de que te esperaría junto al cetro.

– Entonces, cuando dijo que me dejaba en buenas manos, se refería a ti.

– Naturalmente -sonrió Cristine acariciándole la cara con dulzura-. Ya sabes que te quiero.

– Yo también -reconoció Anaíd acurrucándose en el pecho blanco y frío de la hermosa dama.

Únicamente pensó que, si lo supiera Selene, no lo entendería jamás.

Anaíd ya era capaz de distinguir a las Odish. Desde que fue iniciada en Sicilia, percibía su presencia, distinguía su mirada y detectaba su olor acre. Pero Cristine Olav era diferente. Aunque fuera una bruja Odish, por encima de todo era su abuela. Y la abrazó y la besó sin ningún reparo y sin conciencia de estar traicionando a su tribu ni a su clan.

Cristine, alta, rubia y con los mismos ojos azul grisáceo que heredaron Gunnar y ella, era una abuela juvenil. Pero Anaíd pronto se dio cuenta de que estaba dispuesta a consentirla como todas las abuelas.

– Pídeme lo que quieras, mi niña -le ofreció con su voz tan elegante como sus manos delgadas e inmaculadas.

Anaíd tenía un deseo irrefrenable de tocar el cetro.

– ¿Puedo…?

– Pues claro, es todo tuyo.

Anaíd lo acarició avergonzada. Delante de Cristine no se atrevía a empuñarlo. Se limitó a rozarlo con los dedos y a sentir cómo el bienestar del objeto mágico se extendía por todo su cuerpo.

Luego rogó:

– ¿Puedo…, puedo ver a Roc?

– Ven conmigo.

Cristine la invitó a acompañarla al interior de la gruta del lago. Una vez allí, con un levísimo chasquido de dedos, el lago se transformo en un gran bloque de hielo. Desde cinco rincones estratégicos, que unidos por líneas imaginarias componían la forma de un pentáculo, se encendieron cinco velas que con su luz difusa fueron iluminando paulatinamente la estancia.

Cristine rozó levemente el hielo y, ante el asombro de Anaíd, la imagen de Roc comenzó a reflejarse a sus pies. Se le disparó el pulso a mil. ¡Qué guapo que era!

En esos momentos Roc estaba en clase, sentado en su pupitre, sudoroso y agitado, ensortijándose el bolígrafo en un rizo, una vez y otra, en un tic repetido hasta la saciedad. Ante él, un papel en blanco y una fotocopia con cuatro problemas de matemáticas. Era un examen y lo llevaba fatal. Se compadeció de Roc.

– ¿Puedo ayudarle?

– ¿Estás segura? -la interrogó Cristine.

– No quiero que suspenda.

– Pues tú misma.

– ¿Qué hago?

Cristine le tomó las manos.

– Pronuncia conmigo: Etpordet, le, numis.

Esa magia ya no era Omar. El conjuro de Cristine no lo utilizaban las Omar. Y con razón.

– Etpordet, le, numis -susurró Anaíd flojito.

Y Roc, como en una secuencia absurda, comenzó a escribir a una velocidad desesperada, como si le fuera la vida en ello y sus manos trabajasen a cámara rápida. A su

lado, los compañeros se daban codazos y reían. Parecía loco, estaba enloquecido y ni siquiera él comprendía lo que le estaba sucediendo. Hasta que se detuvo con los ojos vidriosos, la mano agarrotada y la incredulidad en el rostro. Había resuelto los cuatro problemas perfectamente en menos de un minuto. O, en cualquier caso, había escrito un montón de números que bien podían ser la solución de esos problemas incomprensibles.

Anaíd quiso decirle que había sido ella, que gracias a ella había resuelto el examen, pero en ese preciso momento la mano de una chica que no había visto antes se deslizó por el pantalón de Roc poco a poco y trepó hasta su pupitre para alcanzar la hoja que Roc le alargaba.

Anaíd se desencajó de rabia. Ahí estaba Marion interfiriéndose entre ella y Roc, para variar, y robándole el examen que acababa de regalarle. Sin necesidad de palabras miró a Cristine y le hizo saber que tenía celos y quería venganza.

Cristine lo entendió. La cogió otra vez de la mano y dictó su nuevo conjuro.

– Azat, senert ateliomint.

Y Anaíd, esa vez, lo dijo bien alto, bien fuerte.

– Azat, senert ateliomint.

De pronto, el papel comenzó a arder y Marion, horrorizada, lanzó un grito y lo dejó caer sobre los pantalones de Roc, que a su vez se levantó, lo lanzó al suelo y lo pisoteó. El revuelo fue enorme y el profesor se acercó con cara de pocos amigos. Era Hilde, el más intransigente de la escuela. No dejaba pasar ni una. Miró a Roc, a Marion, se hizo su composición de lugar y espacio, cogió el papel y lo estudió con mirada sagaz.

– Magnífica chuleta.

Su dedo señaló alternativamente a Roc y luego a Marion.

– Fuera, estáis suspendidos.

Anaíd no quiso ver más. Acababa de distinguir el brazo de Roc amparando el desconsuelo de Marion, que comenzaba a agitarse en sollozos. No quería ver cómo la consolaba ni cómo los dos se convertían en aliados y víctimas de un mismo verdugo. La desgracia unía mucho. Lo sabía. Y se enfadó porque ella misma acababa de estrechar el nudo entre Marion y Roc.

– ¡No quiero ver más! -gritó.

Al instante el lago recuperó su aspecto mientras Anaíd corría a refugiarse de nuevo en la sala de las estalactitas, junto a su cetro.

Cristine, compungida, fue tras ella y la consoló.

– Pobrecilla, no te lo mereces.

Su vida era una porquería, pero las manos dulces de su abuela secaron sus lagrimillas, ésas que habían escapado sin pedir permiso.

– Ea, todo se puede solucionar.

– ¿Cómo?

– Tienes el poder para ello.