– No tengo ningún poder -se lamentó, catastrofista, Anaíd.
– ¿Ah, no? ¿Y el cetro? -le indicó.
Anaíd se quedó pensativa contemplándolo.
– El cetro no está al servicio de los deseos privados.
– ¿Quién ha dicho eso?
– Mi madre.
Cristine le sonrió.
– Tu madre se equivoca. Se equivocó dando la poción a Roc para que te olvidase.
Era cierto. Tan cierto como que no podía pensar en otra cosa.
– A lo mejor te parece banal, pero la elegida debe ser feliz por encima de todo. Si no consigue su propia felicidad, no podrá hacer felices a las otras brujas, y menos dirigirlas. ¿Hacia dónde eleva su mirada si todo le parece confuso?
Anaíd asintió. Era obvio, flagrante y coincidía con su abuela. Es más, ella había llegado a la misma conclusión. ¿Cómo iba a lanzarse a una aventura que requería todo su empuje si únicamente deseaba estrangular a Marion?
– Bien, llámalo.
– ¿A Roc?
– Al cetro, tontina.
– ¿Cómo?
Cristine rió.
– ¿No sabes llamarlo?
– No -se sorprendió Anaíd.
– Tú tienes el poder de hacer que acuda a tu mano cuando desees.
Anaíd abrió unos ojos como platos.
– ¿Ah, sí?
– Cómo es posible que nadie te lo haya dicho, ni nadie te lo haya enseñado. Repite conmigo: Soramar noicalupirt ne litasm.
– Soramar noicalupirt ne litasm -repitió con convicción.
Inmediatamente sintió el calor en la palma de su ruano, una llamarada de luz que guió el camino del cetro. Y el cetro, obediente a su llamada, voló hasta encajarse en el hueco caliente de su mano.
– Anda, cierra la boca -le dijo Cristine en broma.
Pero Anaíd no podía cerrarla de la emoción.
– ¿Cómo ha llegado hasta mí?
– Magia, cariño, magia, por algo eres una bruja.
Podía llamarlo a su antojo, podía hacerlo ir hasta ella y así ya no tendría que reprimir los deseos irrefrenables de poseerlo.
– Es precioso -musitó su abuela con arrobo.
Cristine lo contemplaba ensimismada y su mano blanca se acercó a tocarlo, pero Anaíd retiró inmediatamente su tesoro y lo ocultó en su espalda.
– Puede ser… peligroso -se justificó.
De pronto, acababa de recordar las advertencias de la lección de su madre. Tres Odish ansiaban poseer el cetro: Baalat, la condesa y su propia abuela, Cristine. Los ojos de Cristine habían reflejado la codicia, aunque enseguida volvieron a ser afables y, sin asomo de ansiedad, le sugirió que volviese a guardarlo.
– Anda, déjalo donde estaba.
No, Cristine no era como su madre decía. Podía confiar en ella.
– Abuela, ¿y ahora qué haremos?
– ¿Tú qué quieres hacer, cariño?
– Una cosa es lo que me gustaría hacer y otra lo que podría…
– Tú puedes hacer lo que desees, Anaíd. Lo que desees. ¿Entiendes?
– No es cierto. Hay magia que me está vedada. ¿Y si quisiese convertirme en avispa y picar a Marion qué?
Nunca supo cómo ni de qué forma apareció en el patio de la escuela, junto al tilo, revoloteando sobre la cabeza castaña de Marion. No había pronunciado ningún conjuro ni había repetido ninguna de las palabras que su abuela le dictaba. Pero era una avispa y bajo ella tenía a su enemiga besándose con Roc. Podía picar a los dos o… Se interfirió entre sus bocas y clavó su aguijón en el labio de Marion.
– ¡Ahhh! -gritó horrorizada Marion separándose de Roc.
Le estaba bien empleado. El labio se le hincharía y le quedaría tan dolorido que se le pasarían las ganas de besar a Roc durante un tiempo.
– ¡Maldita avispa! -oyó que gritaba Roc.
Y a punto estuvo de morir aplastada bajo su zapato. Un rapidísimo looping la salvó por los pelos. Planeó hasta las alturas para escapar de su radio de acción.
Marion estaba desesperada refregándose la boca y llorando de dolor.
– Espera, no te lo toques. Qué pasada. Es brutal.
En efecto, el labio de Marion, amoratado e hinchado, era como el de un boxeador. Roc escupió sobre un poco de tierra, fabricó un montoncillo de fango con su propia saliva, hizo una pasta y la aplicó con cuidado sobre la picadura. Lo hizo con cariño, con delicadeza, y luego abrazó a Marion, compadecido de ella, queriéndola más por esa desgracia que los unía.
Anaíd, convertida en avispa, sintió que de nuevo la rabia la embargaba y en esos instantes deseó acabar con ellos de una vez. Fue un deseo oscuro, turbio. Y aunque no llegó a formularlo con palabras, desde las alturas vio horrorizada cómo las ramas del tilo bajo el que se refugiaban Roc y Marion comenzaban a moverse, a crecer, a inclinarse y a deslizarse suavemente alrededor de sus cuerpos.
Estaba haciendo magia. Estaba materializando un deseo. El árbol multiplicaba sus tentáculos y apretaba cada vez más a Roc contra Marion, a Marion contra Roc, y los iba estrangulando con sus finas ramas.
– ¡Auxilio! -gritó Marion.
– ¡Agggg! -pudo decir a duras penas Roc intentando desprenderse de una gruesa rama que se había enrollado en torno a su cuello.
Anaíd reaccionó. Fuese una avispa o una chica no podía permitir que una pataleta de rabia acabase en una tragedia.
– Ragar erpmeiss -musitó.
El tilo detuvo su ataque y poco a poco aflojó la presión de sus ramas, que se fueron retrayendo y regresaron a su forma y su tamaño habituales.
Marión lloraba.
– Vámonos de aquí, este árbol está embrujado.
– Espera.
– No me toques, tú también estás embrujado.
– ¿Yo?
– Sí, tú. Cada vez que me acerco a ti me ocurre algo. Vete,
Anaíd revoloteó complacida observando cómo Roc intentaba convencer a Marion de lo contrario.
– No seas burra, han sido coincidencias.
– ¿Coincidencias?
Roc la cogió de la mano y la acercó a él.
– ¿Lo ves? No pasa nada.
Y ése fue el gran momento de Anaíd. De una mirada rápida convocó a todos los pulgones, las larvas de mariquitas y las hormigas que paseaban por las ramas del tilo y los
obligó a saltar sobre Marion. Una lluvia de insectos repugnantes cayó sobre su pelo, su cuerpo y su ropa. Los aullidos se oyeron hasta Estambul.
– ¡Ah, qué asco! ¡No te acerques más a mí! ¡Fuera!
Marion huyó a la carrera y dejó a un Roc perplejo mirando la copa del tilo sin conseguir saber cómo ni por qué había vivido tantos episodios extraños en tan poco tiempo. El examen, el incendio, el árbol estrangulador y ahora la plaga de insectos.
Anaíd se sintió satisfecha, sus deseos se habían cumplido. Ya podía regresar a su cuerpo.
Y volvió a ser una chica, y no una avispa, sentada en una gruta subterránea, quien intercambió una mirada cómplice con aquella mujer tan maravillosa que le había enseñado en unos minutos a conseguir que sus deseos se hiciesen realidad. Era tentador y muy, muy divertido.
– Gracias, abuela.
– De nada, ha sido un placer. Y sólo es el principio.
– ¿Puedo hacer muchas más cosas?
– Pues claro, cariño.
– ¿Conseguir que Roc esté loco por mí?
– Eso es facilísimo, hasta las Omar pueden.
– Pero no lo practican.
– Algunas sí. Tu madre, por ejemplo.
Era verdad. Selene había admitido que proporcionó a Gunnar una poción amorosa que había aprendido de niña con su prima Leto.
– ¿Me ayudarás?
– Naturalmente. Y te protegeré.
Anaíd se arrebujó en sus brazos. Su abuela, Dácil. No estaba tan sola como había creído.
– Sería fantástico vivir con papá y contigo.
Cristine la tranquilizó.
– Gunnar distraerá a Selene. Será su anzuelo. Luego volverá a por ti. Te quiere.
Su abuela tenía razón, alguien tenía que dejar pistas luisas sobre su paradero. No podía arriesgarse a que Selene se presentase en Urt y desbaratase sus planes.