Dolía. Dolía mucho. Sentía el dolor desgarrando sus pulmones.
Respiró hondo, una vez, dos. Redujo la marcha y disminuyó la velocidad mientras relajaba sus pensamientos, demasiado sobreexcitados. Imaginó una estepa blanca cubierta de nieve, el sonido de los esquís de los trineos deslizándose sobre el hielo, el trote rítmico de los perros y sus hídridos. Era una imagen antigua que le transmitía paz.
Se calmó.
Si algo había aprendido era que el tiempo actuaba corno un bálsamo sobre las heridas más lacerantes.
La traición de Gunnar, la muerte de Deméter. Todo acababa por diluirse en un pensamiento triste y leve que la visitaba de vez en cuando, inoportunamente.
¿Le resultaría llevadera algún día la huida de Anaíd?
Selene estaba segura de pocas cosas. Una de ellas, que la razón estaba de su parte; la otra, que pasaría por encima de lo que hiciese falta para ser consecuente con su razón.
Una loba no abandona jamás a sus cachorros.
CAPÍTULO X
Anaíd no tuvo tiempo de pensar en Selene, ni siquiera se permitió evocarla. Vivía inmersa en un continuo sobresalto de emociones. A cuál mejor. A cuál más intensa.
Cuando Criselda la inició en las artes de la brujería Omar y ella misma hurgó en los tratados de Elena y Deméter para aprender por su cuenta hechizos y embrujos, supo a ciencia cierta que sus capacidades estaban por encima de lo que sus maestras y sus libros le permitían.
Y por fin Cristine estaba colmando con creces sus expectativas. No le escatimaba ningún saber, ninguna curiosidad, y no ponía freno a sus locuras.
Había aprendido a transformar la materia, a convocar tormentas y a atraer a las nubes. Había volado como una pluma por los cielos de Urt bajo la apariencia de una alondra. Se había posado sobre las tejas de la casa de Roc para acompañarlo en su camino hacia la escuela y había esperado pacientemente su regreso desde las ramas del tilo sin perderlo de vista y controlando todos sus movimientos, hasta estar segura de que no había vuelto con Marion.
Y mientras tanto, la cueva se había ido convirtiendo en un lugar mágico con la ayuda de su maravillosa abuela.
Ahora el suelo era de mármol, las paredes estaban revestidas de espejos y la blancura nívea de la luz se reflejaba en todos y cada uno de los rincones cegados y antes tenebrosos de ese mundo subterráneo. Anaíd, sin darse cuenta ni reparar en la coincidencia, había reproducido la frialdad elegante del palacio de hielo de la dama blanca. ¿Todavía guardaba en su memoria infantil retazos de paisajes que vio siendo apenas un bebé? ¿O su abuela Cristine la había guiado en sus recuerdos sin que ella se diese cuenta? Daba igual. La morada era simplemente fastuosa, propia de un palacio encantado, y Anaíd descubrió que los objetos y los espacios podían ser bellos y hacer la vida más confortable. Si eso era magia, bienvenida a su vida. ¿Por qué vivir en casas oscuras, frías y húmedas? ¿Por qué fregar cocinas grasientas o barrer suelos de terrazo? ¿Por qué limpiar cristales empañados? ¿Por qué desinfectar inodoros? En su cueva reinaba una temperatura primaveral y se respiraba la frescura de la sombra de los álamos al atardecer. Las superficies brillantes repelían el polvo y las huellas. Las estancias impolutas estaban impregnadas de aromas de jazmín, lavanda, tomillo y romero. Todo era limpio, confortable, puro y hermoso.
Y en ese espacio mágico que permanecía ajeno al tiempo, a la luz y a la climatología de las tierras montañosas donde se enclavaba la cueva, Cristine, finalmente, le mostró el poder de la tierra oscura.
De ella se extraían las piedras que usaban las brujas desde los tiempos de la madre O. Ante los ojos asombrados de Anaíd desfilaron centenares de fragmentos de piedras de todas las texturas, colores y durezas que provenían de lugares tan remotos como los desiertos arábigos, las llanuras patagónicas, las estepas mongoles o las altas cumbres tibetanas. Todas eran poseedoras de secretos que, bien o mal administrados, podían suponer la sutil diferencia entre la vida y la muerte.
De entre las muchas piedras mágicas que la dama de hielo le mostró, Anaíd hizo su selección y las guardó en un pequeño cofre: yzf de Çarandin, el jaspe verde que reforzaba la vista y confortaba el espíritu; bezebekaury de Çulun, piedra roja y verde que mataba la melancolía; abarquid, de color verde amarillento, procedente de las minas de azufre africanas, que encendía la codicia; carbedic de Culequin, piedra macedónica que se hallaba en el corazón de las liebres y calentaba a los humanos que las llevaban consigo; fanaquid de Cercumit, que producía efectos hipnóticos; y militaz dorado de la India, que protegía de sortilegios.
Tras haber escuchado durante horas, sin pestañear, las explicaciones de su abuela, ávida coleccionista, Anaíd se dio cuenta de que había acabado su lección, a pesar de que no se sentía en absoluto cansada. Era tan agradable aprender de una bruja sabia y poderosa como Cristine.
Y su entusiasmo tuvo su recompensa. Su abuela abrió su cofre personal y le mostró su colección de joyas engarzadas.
– Escoge, Anaíd. Déjate llevar por tu deseo y adelanta tu mano sin miedo. Sustituye ese anillo de esmeralda que perdiste, el que escogió Selene y no tú.
Anaíd, temblorosa, dio rienda suelta a su impulso, algo a lo que no estaba acostumbrada. Escogió para sí los que le parecieron los abalorios más bellos: un collar de zafiros, un broche de amatista y una pulsera de turquesas.
La dama blanca examinó en primer lugar el collar de zafiros y, mientras lo hacía y lo colocaba en torno al esbelto cuello de Anaíd, la niña contenía la respiración.
– Hermoso collar. El zafiro azul fue extraído por primera vez en la antigua isla de Ernedib, conocida como Ceilán. Has escogido bien, Anaíd, esta piedra guarda el poder de la sabiduría. Si eres portadora de un zafiro y te enfrentas a un desafío, el poder de la piedra te permitirá hallar la solución.
Anaíd respiró aliviada. Había sido intuitiva y había acertado.
La dama blanca acarició la pulsera de turquesas y la puso sobre la blanca muñeca de Anaíd.
– De nuevo el azul, el azul de tu mirada, del cielo ártico y de los glaciares. El color más frío y poderoso. Me alegra que te decantes por mi tonalidad favorita. Esta piedra, la turquesa, es muy preciada y te permitirá superar el pasado, esas viejas heridas que no eres capaz de olvidar. Mira tu pulsera cuando te invada la melancolía. Podrás afrontar el futuro sin el lastre de tu historia. Arrancará de raíz todo aquello que te ata a lo que ya sucedió.
Anaíd recibió la pulsera de turquesas con devoción. Le gustaba sentirse ratificada por la afilada sabiduría de su abuela.
La dama blanca tomó por fin suavemente el broche de amatistas.
– ¿Y las amatistas? Fundamentales en tu misión. Básicas para conseguir la fuerza que debes poseer para vencer a tus enemigos. Es la piedra de la clarividencia, tu tercer ojo, tu energía. ¿Sabías que pueden guiarte hacia tu verdadero yo?
Anaíd, emocionada, extendió su mano hacia el broche, pero Cristine lo retiró con rapidez.
– Sin embargo, Anaíd, tienes que estar segura de ti misma. Si tus dudas te corroen y tu inseguridad te domina, esta piedra puede resultar peligrosa. Es profundamente perturbadora.
Anaíd sintió un escalofrío en la nuca. La dama blanca podía ser inquietante. Dudó unos instantes entre coger el broche o admitir su miedo. Por fin, tal vez ayudada por la fuerza del zafiro, alargó su mano.