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– ¿Conoces los poemas de Eva Luz?

Anaíd asintió.

– Creo que sí.

– Pues recítalos.

Anaíd hizo memoria y de entre sus muchas lecciones aprendidas desempolvó los versos de la poetisa Eva Luz.

Ella, la más hermosa, perseguirá la muerte.

Si ofrece el filtro de amor.

Si bebe de la copa prohibida.

Si formula el conjuro de vida.

Pobre destino el de la elegida.

Cristine interpretó:

– Si ofrece el filtro de amor, la elegida tienta a la muerte. No lo hagas, es demasiado peligroso.

– Es una simple poesía -adujo Anaíd, convencida de antemano de su decisión.

La dama blanca negó con su cabeza de dorados cabellos.

– Te equivocas. Se inspiró en la maldición de Odi.

A Anaíd la simple mención de Odi la conmocionó.

– ¿La maldición? ¿Qué maldición?

Cristine no se sentía cómoda.

– ¿No te han hablado de ella?

– No.

– En realidad no está escrita.

– ¿Entonces?

– Algo se sabe, algo se ha transmitido oralmente. Se dice que Odi, antes de desaparecer, maldijo a sus hijas concebidas con Shh, y a todas sus descendientes.

Anaíd sintió curiosidad.

– ¿Y qué dice la maldición de Odi?

Cristine no podía eludir la respuesta.

– Más o menos lo que Eva Luz recoge en sus versos proféticos.

– ¿Y crees a Eva Luz?

– Sí.

– Pero tú eres Odish y Eva Luz era Omar.

– Odish y Omar compartimos las mismas profecías y procuramos no retar al destino -Cristine bajó los ojos-. No quiero que mueras, Anaíd.

Anaíd se estremeció.

– ¿Es eso? ¿Puedo morir por culpa de la maldición?

Cristine movió la cabeza silenciosamente.

– Sí.

Anaíd se desesperó. Lo que Cristine le decía era delicado.

– Está bien, Dácil ofrecerá el bebedizo a Roc y desaparecerá a tiempo para que Roc me vea a mí y no a ella.

– Yo que tú no tentaría a la suerte -objetó Cristine.

Pero Anaíd puso en juego toda su voluntad egoísta.

– Lo haré así. Quiero que Roc beba el filtro de amor y se enamore de mí.

Anaíd se puso manos a la obra, lo cual era parecido a decir que puso el cetro en sus manos.

– Soramar noicalupirt ne litasm.

Y el cetro acudió obediente a su llamada. Cristine estaba admirada.

– Ya forma parte de ti.

En efecto. Cetro y Anaíd eran una misma cosa. El brillo de su mano ya era consustancial a su naturaleza.

Y con el cetro en la mano, sintiéndose poderosa y complacida, Anaíd siguió a su abuela Odish y obedeció escrupulosamente todas sus indicaciones. Recogieron juntas las alas del murciélago, la piel de una rana joven, la rama de muérdago y la raíz de mandrágora; lo mezclaron con polvo de piedras de signo sagitario, el signo de Roc: cobre, arábiga, cristal y jade, sal y gema. Anaíd lanzó incienso purificado sobre la poción pronunciando su nombre. Luego invocó al amor con la llama del fuego y roció con alcohol la poción cantando la melodía del amor y consiguiendo que las volutas de humo se entrelazaran en el aire, como el

destino de Roc y el suyo. La poción ardió como Roc ardería al verla.

Guardó la pócima en un frasco de vidrio y la contempló largamente. En ese frasco estaban contenidas sus esperanzas, sus anhelos, sus deseos. El líquido tenía un color verde, como la menta, y su olor era dulzón y empalagoso. Con la ayuda del cetro enfrió el jarabe hirviendo y esa noche durmió profundamente soñando en Roc y su hoyuelo travieso.

Anaíd hubiera tenido que consultar los oráculos, pero sin hacerlo sabía que los presagios no estaban de su parte, El vuelo de las perdices níveas de blancas alas era demasiado bajo, y descubrió entre la hojarasca el cadáver sanguinolento de un pequeño sarrio recién nacido que había escondido el zorro. Eran avisos. Como la fila zigzagueante de hormigas rojas de regreso a su hormiguero o las huellas desesperadas de la osa parda, que vivía en las montañas galas, en busca de su cachorro extraviado. Eran signos para aquel que pudiese interpretarlos. Y a pesar de que Anaíd leía en ellos como en un libro abierto y sabía que los designios no auguraban nada bueno, fingió ser ciega y sorda y continuó adelante.

Era incapaz de reprimir la urgencia de llevar a cabo su plan y, durante toda la tarde, mientras ella y Dácil se llenaban la boca de jugosas fresas y adornaban sus cabellos con violetas, riendo ajenas a los funestos presagios, Anaíd, astutamente, aleccionaba a Dácil para representar su papel.

Era sencillo. Se trataba de esperar a Roc en el camino por el que pasaba todas las tardes con su bicicleta. Dácil simularía regresar del campo con su bolsa de fresas llena a rebosar y sus cabellos adornados de flores y, al oír acercarse a Roc, fingiría una caída y una torcedura de tobillo. La pericia de Dácil consistiría en pedir su ayuda V agradecérselo luego invitándolo a un trago de su cantimplora.

Ése sería el momento en el que ella, y no Dácil, aparecería ante los ojos de Roc. Roc posaría su mirada cálida sobre Anaíd y reviviría el momento mágico de su fiesta de cumpleaños, cuando le pidió un beso y a punto estuvo de declararle su amor.

Pero al acercarse el momento Dácil estaba nerviosa. Muy nerviosa.

– ¿Y si me equivoco?

– ¿Por qué tendrías que equivocarte?

– No lo he hecho nunca.

– Vamos, Dácil, si es muy fácil.

– Las cosas fáciles acostumbran a ser las más difíciles, decía Ariminda.

Anaíd comenzó a impacientarse. Había confiado ciegamente en la naturalidad y el atrevimiento de Dácil. La cogió por los hombros y la miró a los ojos.

– A ver, ¿recuerdas lo que te prometí? En cuanto Roc beba la poción y se enamore de mí, iremos a tu tierra, a la cueva del Teide.

Dácil sonrió. Lo deseaba tanto…

– ¿Y seré la única que te agasajará?

Anaíd ratificó su promesa.

– Diré la verdad, diré que si no hubieras tenido la audacia de venir a buscarme, nunca hubiera sabido cuál era el camino de la elegida.

Dácil aplaudió y bailoteó como una niña. Pronto, lo que había estado soñando durante toda su infancia se cumpliría. Atendería a la elegida y emprendería el viaje a Nueva York para reunirse con su madre. Le parecía imposible que todo pudiera hacerse realidad tan rápidamente. Entonces, a lo lejos, oyeron el chasquido de las ruedas de la bicicleta de Roc acercándose. Dácil palideció.

– ¿Qué le digo primero que me he caído o que me duele el tobillo?

Anaíd no pudo soportar la rabia y musitó entre dientes antes de esconderse tras el acebo:

– Tienes una memoria de mosquito, niña tonta.

Y cuando Roc apareció en el recodo Anaíd contempló horrorizada la expresión de ignorancia absoluta y de asombro que había en la cara de Dácil, sentada en medio del camino, desconcertada, mirándose las manos como si las viera por primera vez.

Anaíd reprimió un grito. La había embrujado. La mente de Dácil estaba en blanco, totalmente limpia de recuerdos, vacía de ideas…, exactamente como un mosquito. Dácil estaba intentando recordar qué hacía allí, quién era y cuál na su misión.

Anaíd asistía a la escena oculta tras el acebo y sintió cómo le temblaron las piernas al ver llegar a Roc, detenerse frente a la confusa Dácil y bajar de su bicicleta para auxiliarla.

– ¿Te has hecho daño?

Dácil levantó la cabeza asustada y rechazó la ayuda que Roc le ofrecía.

– No lo sé.

– ¿Cómo que no lo sabes?

– Es que no me acuerdo de nada -le confesó Dácil llevándose las manos a la cabeza con desesperación.

La sentía como una calabaza vacía.

– Vaya, ¿te has pegado un golpe quizá?

Dácil se encogió de hombros, se puso en pie y se quitó el polvo del pantalón.