– Quizá.
– ¿Quieres que te lleve hasta el pueblo?
Dácil vaciló y dudó.
– Pues… no lo sé.
Anaíd quiso gemir. Su plan se iba al traste. Estaba perdiendo la ocasión por culpa de su mal carácter y de una niña tonta. A la desesperada, musitó como un soplo al oído de Dáciclass="underline"
– Eres Dácil, recuerda tu papel, debes ofrecerle el bebedizo.
Roc, práctico, la cogió de la mano y se presentó.
– Soy Roc, el hijo de Elena. Mi madre te conoce, ella te podrá ayudar. Anda, vamos.
Y en ese preciso momento Dácil recuperó milagrosamente la memoria.
– Eres Roc, claro, ya me acuerdo. Te estaba esperando -vomitó de sopetón.
– ¿A mí? -se sorprendió Roc.
Dácil, con la ingenuidad que la caracterizaba, reprodujo en voz alta la secuencia que instantes antes no podía siquiera intuir.
– Sí, a ti. Yo tenía que ofrecerte un trago de mi cantimplora.
Y con toda la desvergüenza de la que una muchachita de trece años puede ser capaz, abrió su mochila, sacó su cantimplora y se la ofreció a Roc.
– ¿Te apetece un trago?
Anaíd quiso morirse. ¿Cómo se le había ocurrido confiar en una niña como Dácil?
Roc se quedó a cuadros.
– Esto, o sea…, apareces en medio del sendero como si fueras un fantasma, me dices que has perdido la memoria y luego me explicas que me esperabas para ofrecerme un refresco.
– Sí.
– Creo que no necesitas un médico, necesitas un psiquiatra -le respondió muy seguro de sí mismo, e hizo el intento de volver a pedalear.
Dácil entendió que lo había hecho fatal y le pareció oír unas palabras sugeridas por el viento, pero dictadas desde las ramas de acebo tras las que se escondía la elegida.
– Insiste, que no se vaya, no lo dejes marchar.
Anaíd se mordía las uñas de impaciencia y esperaba. Afortunadamente, Dácil la obedeció e impidió que Roc se marchara.
– Espera, espera…, un sorbito y basta.
Roc no entendía nada.
– Oye, niña, ya hay bastante tomadura de pelo, yo me abro.
Y esa vez sí pedaleó, pero por poco rato. Dácil se agarró a su camiseta, como una lapa.
– ¡No puedes irte sin probar mi refresco!
– Pues claro que puedo.
Anaíd estaba a punto de echarse a llorar, pero ante su sorpresa Dácil se le adelantó. Dácil empezó a llorar como una tonta y ése fue su acierto. Roc, medio conmovido, medio intrigado, cambió su tono y se compadeció.
– Yo…, perdona, lo siento, no quiero ser brusco, pero os que no entiendo nada.
Anaíd se llevó las manos al pecho. Había un atisbo de esperanza.
Dácil, al percibir que no podía convencer a Roc por las buenas, pero sí podía conmoverlo por las malas, inventó ahí mismo, sobre la marcha, una complicada historia que dio sus frutos.
– Soy un desastre, siempre pierdo todas mis apuestas improvisó con desparpajo.
Volvía a ser la misma Dácil de siempre, fresca, natural, convincente.
– ¿Qué apuesta?
Dácil continuó con su historia disparatada.
– Me aposté con mi mejor amiga que conseguiría que un chico aceptase mi invitación de beber un refresco conmigo. Pero nadie quiere.
Roc se rascó la cabeza perplejo. A lo mejor no era tan descabellado. Siempre había creído a pies juntillas que las mujeres eran complicadas. Sus novias, amigas y profesoras así se lo habían confirmado.
Anaíd percibió su disponibilidad, acarició su zafiro y se concentró con todas sus fuerzas en moldear la voluntad de Roc.
– ¿Yo formo parte de una apuesta?
– Eres el último. He perdido todas mis oportunidades. Me dio seis horas de tiempo y se acaban de aquí a unos minutos.
Roc dudó unos instantes y Dácil subrayó su actuación con un mutis lento y premeditado. Anaíd aplaudió ese recurso tan femenino que ella jamás utilizaba.
– Lo siento, perdona por todo este lío. Siempre pierdo, soy una perdedora.
E hizo el gesto de abandonar y dar media vuelta. Surtió efecto. Roc la llamó.
– ¿Sólo es eso? ¿Probar un refresco?
– Sí. Un sorbo y basta.
Roc tenía más dudas.
– Pero, a ver, ¿y tu amiga cómo sabrá si ganas la apuesta o no?
– Dácil estuvo apurada un segundo.
– Está ahí atrás, mirando. Escondida -y señaló hacia donde se ocultaba Anaíd.
Anaíd, desconcertadísima, se llevó la mano al pecho. El corazón le latía con tal intensidad que por fuerza Roc tendría que oírlo.
Roc fijó la vista entre los acebos y no vio nada.
Anaíd sintió que se deshacía de pánico. ¿No se le había ocurrido nada mejor a Dácil que decir la verdad? Esa niña era una cabeza hueca, una cabeza loca, una cabeza llena de pájaros. En cuanto remontaba un bache se metía dentro del siguiente.
Tendría que salir y deshacer el entuerto.
– Si esa amiga tuya asoma la nariz, te hago el favor que me pides, pero todo me suena tan marciano que, si me bebo tu refresco, me voy a sentir idiota -dijo Roc burlón, con su hoyuelo hundido junto a una sonrisa manifiestamente chulesca.
Anaíd no se lo pensó dos veces. Acarició su zafiro, se irguió tan alta como era y salió de detrás de los arbustos con dignidad.
Roc se quedó de una pieza, palideció. Se restregó los ojos y volvió a abrirlos. La figura humana que tenía delante le resultaba familiar, muy familiar, y al mismo tiempo lejana y difusa.
– Hola -dijo como un bobo.
– Hola -le contestó Anaíd con más aplomo del que creía tener.
– ¿Eres…? -dijo con insistencia chasqueando los dedos para acompañar a su intuición.
Anaíd sonrió de una forma natural. Roc estaba en un apuro. Ella dominaba la situación. Y en ese momento adquirió toda la seguridad que durante esos días había ido acumulando lentamente gracias a la obra paciente de la dama de hielo. Se sintió hermosa, fuerte, sabia, poderosa; se sintió capaz de aprisionar la voluntad de Roc con un soplo, de hipnotizarlo con una simple mirada, de conseguir un beso deseándolo.
Su abuela tenía razón. Era mágica. Su magia la desbordaba. Era la elegida, era la portadora del cetro. Era joven, bella y muy inteligente. Roc estaba en sus manos y dentro de poco caería rendido a sus pies. No había sido todo tan desastroso. Le hizo una señal a Dácil para que se apartara.
– Soy una vieja amiga -sugirió enigmáticamente.
– Te conozco, pero no me sale tu nombre.
Anaíd se sorprendió del extraño efecto de la poción del olvido. Posiblemente Roc no la asociase con la Anaíd feúcha e introvertida del curso anterior. Mejor.
– En cuanto tomes el refresco lo recordarás.
Roc ladeó la sonrisa con chulería y dio un paso hacia ella. La miraba con intensidad. Anaíd vaciló, pero aguantó el embate cara a cara.
– ¿Me vas a embrujar? -preguntó Roc guiñándole el ojo con picardía.
Anaíd rió con ganas y le devolvió el guiño. Gunnar le había enseñado a ser rápida de reflejos.
– Pues claro. Esto es un bosque, yo soy una bruja que vive en el bosque y esta chica es un duendecillo travieso que me sirve para mis propósitos.
Roc le siguió el juego.
– Y tu refresco es un bebedizo de amor, claro.
Anaíd supo que tenía que mirarlo a los ojos fijamente. No podía perder el destello de su mirada mientras bebiese. Impulsivamente arrancó la cantimplora de manos de Dácil.
– Pruébalo. Y le ofreció la cantimplora a Roc.
No recordó que tenía que eludir ese gesto. En ese momento olvidó el aviso de Cristine, de la maldición de Odi y de los versos de Eva Luz. El mundo entero dejó de existir.
Roc soltó el manillar de su bicicleta.
– Aguanta -le ordenó a Dácil sin mirarla.
Cogió la cantimplora de la mano de Anaíd. La rozó levemente, en el dorso, y Anaíd se estremeció.
«Ofrecerá el bebedizo de amor…», había augurado Odi con su maldad. Y su augurio se estaba cumpliendo.