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– ¿Entonces?

– Es Roc.

Karen se quedó boquiabierta. Elena no acostumbraba a convocarla con urgencia en plena noche para hablarle de los problemas de sus hijos. Y menos aún de un adolescente como Roc.

– Yo no entiendo de chavales, no tengo hijos y…

– Esa niña, Dácil, ha vuelto.

– Ya -respondió Karen sin acabar de ver la relación.

No obstante, la mención de Dácil la relajó. Podía comer sin sobresaltos, podía hasta masticar lentamente, tragar sin prisas y luego tomarse un café a sorbos. La casa de Elena, tan hogareña, tan familiar, era un lugar que invitaba a comer un plato caliente, arrellanarse luego en una cómoda butaca junto al fuego y adormecerse oyendo el ronroneo de los gatos, el ladrido de los perros y los gritos de los niños. Atacó pues el plato de cocido y lo saboreó con deleite. Delicioso. Como todo lo que Elena cocinaba. Un día le preguntaría si las albóndigas las amasaba con huevo y pan mojado en leche o simplemente pan rallado.

– Explícate, te escucho.

– Pues bien -comenzó Elena sirviéndose un vaso de leche y unas galletas para no dejar sola a Karen-, te dije que Dácil había desaparecido. Al convencerla de que Anaíd no estaba aquí, se fue sin despedirse. Esta tarde, por sorpresa, Roc la ha traído con la bicicleta diciendo que se había caído al suelo y se había hecho daño, y no ha parado de darme la vara hasta que la he revisado hueso a hueso. Por cierto, esa niña está llena de huesos.

Karen asintió rebanando los restos del plato con pan. Pura glotonería. No tenía ni idea de qué tripa se le había roto a Elena.

– Después me ha pedido alojarla aquí en casa hasta que tuviera que regresar a Tenerife.

– Vale, ¿y?

– Que no le quitaba el ojo de encima.

– ¿Y…?

– Se la comía con los ojos, le servía el agua, le retiraba la silla, sonreía como un bobo y hasta le ha escrito un poema.

– ¿Eso ha hecho? -preguntó Karen con incredulidad.

Elena se encendió.

– ¿Por qué te crees que estoy enfadada? Se ha colgado de la niña esa. Por supuesto no la he puesto a dormir en su habitación. Le he montado un plegatín en la habitación de los gemelos.

Karen a punto estuvo de reír, pero se abstuvo.

– ¿Estás celosa?

– No me has entendido.

– ¿El qué?

– Que lo ha embrujado.

Karen ya tuvo bastante.

– De acuerdo, Elena, vale que seamos brujas, pero no puede ser que no admitamos que nuestros hijos se enamoren de quien les parezca.

– Es una niña.

– Ya.

Elena, alterada, no se explicaba con corrección.

– Atiende y no me interrumpas. Dácil le ofreció un bebedizo.

Karen calló extrañada.

– ¿Cómo lo sabes?

– Porque Roc ha acabado por explicármelo todo. Él no lo sabe, pero yo sí. Le ha interceptado en el camino, le ha pedido que bebiese de un refresco y se ha inventado no sé qué de una apuesta.

Karen levantó la mirada interesada.

– Me ha confesado que después de beber, al mirarla, la ha descubierto de pronto.

Karen le dio la razón. Ése era el efecto de una poción amorosa: el redescubrimiento súbito.

– Vaya, todo concuerda.

– He vuelto a ponerme en comunicación con las matriarcas de la Orotava y es lo que yo me temía. Les ha mentido de nuevo. Esa niña es un verdadero desastre.

Karen sintió lástima.

– Por culpa de su madre, pobrecilla.

Elena estaba indignada.

– De acuerdo que su madre siempre fue una cabeza loca y se fue a Nueva York con lo puesto, pero no la compadezcas.

– ¿Y por qué no se llevó a su hija con ella? -se preguntó Karen.

– ¿No sabes la historia?

– No.

– La olvidó en un supermercado siendo un bebé.

Karen se atragantó.

– No me lo puedo creer. ¿Y por eso se marchó sola?

– Después de ese incidente las matriarcas le prohibieron acercarse a su hija. El clan se hizo cargo de su crianza.

Karen, en lugar de indignarse, se compadeció aún más.

– O sea que Dácil fue adoptada por el clan por incapacidad de su irresponsable madre.

– Y ha salido peor que ella.

– No exageres.

– ¿Que no exagere? ¿Tú crees que es normal que a los trece años, siendo un renacuajo sin iniciar, se pierda por los caminos para enamorar chicos con bebedizos prohibidos?

Karen le dio la razón. Irreflexiva sí que lo era.

– ¿Qué propones?

– Hacer que confiese, contrarrestar los efectos con Roc y devolverla a su isla después de amonestarla. Su iniciación tendrá que esperar.

– Me parece bien -ratificó Karen-. Vamos allá.

– Espera -la instó Elena-, no he acabado -y su voz se hizo más grave.

– ¿Qué más hay?

– Una Odish, aquí en Urt.

– ¿Rumores?

– Certezas. Yo sentía su presencia, pero Roc me lo ha confirmado. Dácil no iba sola. Había una amiga con ella. Una amiga misteriosa, de piel blanca, alta, hermosa, cargada de joyas.

– ¿La conocía?

– Roc no sabe quién es ni recuerda su nombre, pero quedó fascinado.

Karen se mordió los labios hasta hacerse daño. Como todas las Omar adultas, podía percibir la proximidad de una Odish, sentir su presencia. Era una habilidad que se perfeccionaba con la práctica y los años.

– ¿Poderosa?

– Mucho. Sal conmigo. Quiero que lo confirmes.

Salieron juntas al porche de la casa. La luna había descendido y las saludaba con un guiño de luz blanquecina.

A pesar de la calma que reinaba, Karen sintió frío. Al bajar del coche en Urt y mientras llamaba a la puerta de la vieja casa de Elena, una racha de viento helado se había instalado en sus pies. A lo largo de la cena había ido subiendo por sus piernas y ahora sentía una opresión en el corazón. Lo tenía frío como el hielo.

En efecto. Las dos levantaron la cabeza al unísono y olfatearon el viento. Estaba impregnado de un olor acre y difuso, el olor que desde jóvenes aprendieron a discernir como el olor de las Odish.

– Muy cerca -afirmó Karen con las pupilas dilatadas-. Está aquí.

– ¿Estás segura? -se asustó Elena.

Ella confiaba en que se tratase solamente de una obsesión suya. Por eso había avisado a Karen, para que la desmintiese.

Las dos dirigieron la vista hacia el mismo lugar. La ventana de la fachada sur de la casa de Elena, la ventana de la habitación de Roc. Estaba abierta de par en par y la luna reflejaba la sombra lánguida de una mujer alta de largos cabellos.

A Karen se le escapó un grito y, como si hubiera sido una señal convenida, el grito fue seguido del sonido de un cristal hecho añicos, luego un ruido sordo al caer algo y un aleteo. Un graznido oscuro hendió la noche.

Karen y Elena, sin mediar palabra, entraron en la casa corriendo y subieron las escaleras de cuatro en cuatro. La puerta de la habitación del chico estaba cerrada, pero el potente conjuro de Elena conminándola a abrirse la hizo caer con estrépito. En el suelo, inconsciente, yacía Roc. Junto a él un vaso roto y un líquido derramado sobre el suelo de madera.

– ¡Roc, Roc! -gritó Elena con desespero.

Karen se encogió contemplando cómo Elena, con una agilidad impropia de sus kilos, se agachaba junto a su hijo y lo abofeteaba para que despertase.

Como médico y científica formuló una rápida hipótesis. El vaso, el líquido, la caída, la pérdida de consciencia… Se inclinó sobre el charco del líquido, mojó levemente el dedo índice, lo acercó a su nariz y lo olfateó. Luego, con prudencia, lo lamió con la punta de la lengua. Su hipótesis era correcta.

– Ha sufrido una sobredosis.

– ¿De qué?

– De olvido. Alguien le ha proporcionado poción del olvido.