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– Dácil -afirmó Elena sin dudarlo.

– O la Odish que hemos visto.

Elena no quería admitirlo. Lo abrazó con fuerza y buscó su pulso.

– ¿Vivirá? -preguntó a Karen con miedo.

Karen revisó sus córneas, sus uñas, y abrió su boca. Los signos de vida eran débiles.

– Es fuerte -dijo para consolar a la madre-. Necesitamos saber qué dosis le dieron y qué compuestos.

Echó una ojeada a su alrededor. Se sentía desnuda sin sus útiles de médico.

– Necesito mi maletín, está en mi coche.

Elena se levantó y dejó a Roc en manos de Karen. Regresó al cabo de unos instantes con el maletín de Karen en una mano y la angustia impresa en el rostro.

– Dácil ha desaparecido. Los niños dicen que se ha ido mientras nosotras cenábamos.

Karen se abstuvo de comentarios. Enseguida, alertado por Elena, apareció su marido con el rostro sombrío, tomó a Roc en brazos, lo depositó en la cama y lo besó en la frente con una dulzura impropia de su rudeza. Luego abrazó a Elena y le dijo lo mucho que la quería.

– ¿Es grave? -preguntó finalmente a Karen.

Karen abrió su maletín con cuidado y evitó responder directamente a la pregunta.

– Si necesito más ayuda, lo trasladaremos al hospital.

El herrero, un hombre práctico, se puso a la faena.

– Acostaré a los niños y prepararé el coche para tenerlo a punto.

Al quedarse solas de nuevo, Elena cogió con fuerza la mano de Karen.

– Cuídalo, cuídalo como si fuera tu hijo. Confío en ti.

– ¿Dónde vas?

Elena era una verdadera fiera cuando se trataba de defender a sus hijos.

– A por Dácil y esa Odish -dijo con determinación.

* * *

Anaíd volaba entre los robles evitando chocar con las ramas jóvenes que habían crecido demasiado y se cruzaban en su camino. Topó con la mirada asombrada de los búhos y los resoplidos de las lechuzas.

Sin embargo, ni los habitantes del bosque, ni el aleteo constante de sus alas, ni sus ojos fijos en los senderos que cruzaban el robledal, unos metros por debajo de ella, le impedían pensar. Buscaba a Dácil y, a pesar de la envergadura de sus alas cubiertas de plumas, su cerebro y su mente no habían cambiado. ¿O quizá sí?

Anaíd sintió el zarpazo de la angustia.

Últimamente no se reconocía en sus actos. Actuaba tan impetuosidad, con urgencia, con avidez, y las cosas acababan por salirle mal. ¿Qué le había pasado a Roc? ¿Por qué se había desmayado? ¿Sería grave? Todo había sucedido tan deprisa que no había tenido tiempo de asimilarlo.

Hacía aproximadamente una hora había entrado en casa de Elena, de noche y a hurtadillas, y había conminado a Dácil a marcharse de allí. Entró con reparo, a sabiendas de que se colaba en la casa de la amiga de su madre, la bibliotecaria que le proporcionó todas sus lecturas favoritas, la que la acogió cuando Selene desapareció. Y entraba como una ladrona, por la ventana, sin saludar, escondiéndose en las sombras.

Mientras esperaba agazapada en el pasillo para colarse en la habitación de Dácil, oyó llegar a Karen. Le llegaron con nitidez su voz cantarina y sus pasos apresurados. Por un instante le temblaron las rodillas. Tuvo que reprimir sus deseos de bajar al zaguán, besarla y sentarse en sus rodillas. Añoraba su risa fácil, sus conversaciones inacabables, sus jarabes amargos y sus abrazos dulces. Se arrepintió de lodo y a punto estuvo de echarse atrás, bajar las escaleras de madera, compartir la cena con Karen y Elena, y confesar su equivocación al ofrecer a Roc el bebedizo de amor. Quería liberarse de responsabilidades y sentirse de nuevo una joven loba obediente.

Pero justo en ese instante vio a Roc salir al pasillo y llamar quedamente con los nudillos a la puerta de la habitación que Dácil compartía con los gemelos. Se arrebujó más en las sombras para que no la viese. Él escondía algo tras la espalda. ¿Una rosa? Anaíd no podía creerlo. ¿No pensaría regalar esa rosa a Dácil? En efecto, Roc ofreció la rosa del jardín a la asombrada Dácil y la invitó a oler su fragancia.

Anaíd se puso de los nervios al ver cómo Dácil le sonreía con aquella sonrisa tan bonita que tenía sin saberlo y Roc daba un paso hacia ella dispuestísimo a besarla. Se vio obligada a intervenir. Con un simple conjuro consiguió que una racha de viento empujase con fuerza los batientes de las ventanas y provocase un estrépito que hizo reaccionar a Roc y Dácil apartándose de un salto el uno del otro. Fue suficiente, el susto había roto la magia del momento y se separaron azorados. Esperó a que se cerrasen las puertas de nuevo, contó hasta diez y entró en la habitación de Dácil como una tromba. Y entonces explotó. Estaba enfadadísima, echaba fuego por los ojos y la acusó de entrometida, lianta y desastre. Sin derecho a réplica la echó.

– Fuera, fuera de aquí, ¿me oyes? Lo has estropeado todo. Lárgate.

Dácil salió corriendo escaleras abajo sin tomar precauciones para que nadie advirtiera su marcha.

Anaíd se había arrepentido inmediatamente de su ataque de ira al recordarse a sí misma cuando tenía la edad de Dácil, o su peso, o su talla, y se sentía desvalida y pequeña. Pero no tuvo tiempo de rectificar. Su propósito era otro bien diferente.

Sigilosamente, se escurrió por las paredes del pasillo hasta llegar ante la puerta de Roc. Una vez ahí obró mágicamente, sin escatimar ninguno de sus poderes. Apagó la luz de su bombilla, se introdujo en su habitación a oscuras y, mientras Roc intentaba infructuosamente encender a tientas la lamparita de su mesilla, Anaíd vertió la poción del olvido en el vaso de agua que tenía sobre la misma mesilla. Cristine la había advertido: no más de diez gotas diluidas en agua; pero la oscuridad le impedía contarlas con certeza y prefirió pasarse que quedarse corta. Así olvidaría hasta a Marion, se dijo. Luego susurró quedamente a su oído:

– Agua, necesitas agua, tienes mucha sed -y le ofreció el vaso acercándoselo en la oscuridad.

Roc obedeció a su impulso, alargó la mano, tomó su vaso, se lo llevó a la boca y bebió. Casi enseguida se cogió la cabeza con una mano en un gesto que indicaba un mareo repentino o un vértigo. Anaíd se asustó y, sin darse cuenta, su cuerpo reaccionó espontáneamente y sus brazos se transformaron en alas. Asombrada, las batió con energía pata escapar. Pero Roc, al oír el sonido tan cercano, alargó su mano libre y rozó su cara. Anaíd sintió el tacto cálido de la mano de Roc en sus labios y fue incapaz de moverse. Quería verle, quería mirarle a los ojos… Y la luna asomó tras la nube respondiendo a su deseo e iluminó la pequeña estancia.

En efecto, a pocos centímetros, Roc, atónito, la estaba mirando. Sus pupilas se empequeñecían y su cara palidecía. Se aferró a ella con ansiedad.

– Anaíd, Anaíd, no te vayas. Quédate, Anaíd. Ayúdame.

Su voz estaba rota. Como el grito de Karen que entró por la ventana en ese mismo instante. Como el vaso que cayó al suelo y se hizo añicos. Y luego cayó Roc sin que Anaíd pudiera sujetarlo. Con sus alas era imposible.

El corazón le latía con fuerza. ¿Estaba muerto? No podía ser. Todo había sido tan repentino, tan fugaz. Y sin embargo, no podía quedarse para ayudarlo. Karen y Elena gritaban y subían las escaleras corriendo. Dentro de poco mirarían, la encontrarían ahí y la acusarían de todos los desmanes que había cometido.

Cerró la puerta con un sortilegio y se lanzó volando por la ventana, hacia la oscuridad protectora del cielo cuajado de estrellas.

Ya en lontananza oyó el estrépito de la puerta al caer y los sollozos de Elena. Confió en que la pericia de Karen ayudase a Roc y rogó para que olvidase su último encuentro y lo creyese una simple alucinación.

Llevaba ya un buen trecho volando cuando descubrió a Dácil debajo, escurriéndose entre los resquicios que le permitían ver las copas de los robles. Corría como un cervatillo asustado, sin importarle los desgarros de la ropa ni los arañazos de la piel. Corría como si hubiera visto al diablo y Anaíd, compungida, pensó que a lo mejor ella daba más miedo que el diablo.