No estaba sola. A su lado, otra mujer peinaba sus largos cabellos grises.
Anaíd la reconoció y pronunció su nombre:
– ¡Tía Criselda!
Criselda levantó la cabeza, la miró a la cara y sonrió.
CAPÍTULO XII
En la cueva blanca, de paredes inmaculadas, Anaíd veía el reflejo de su silueta acurrucada en el regazo de la dama de hielo. Su imagen se desdoblaba en mil imágenes, como un eco infinito.
Ambas eran esbeltas, pálidas, delicadas. Muy parecidas.
Cristine, con su dulzura fría, la arrullaba y calmaba sus remordimientos.
– Ea, bonita, ya pasó todo, no llores, mi amor. Anaíd había regresado con el firme convencimiento de romper con ella y desconfiar de sus palabras, pero Cristine, razonable como siempre, admitió su culpa y con ello la desconcertó.
– Lo siento mucho, cariño, lo hice por ti, pero te advertí de que no superases las diez gotas. Preparé una poción del olvido para Roc que fuese lo suficientemente potente para contrarrestar la anterior. Así te recordaría sin necesidad de ningún bebedizo de amor.
– ¿Por qué no me lo dijiste? No quería decepcionarle. Conllevaba un riesgo.
Anaíd deseaba creerla. ¿Por qué no? Roc la había reconocido antes de perder el conocimiento y le había rogado que no le dejase. ¿Eso significaba que la quería de verdad? ¿Por qué no creer a su abuela? Las abuelas procuran lo mejor para sus nietas.
Sin embargo, a pesar de las buenas intenciones, las cosas estaban torcidas.
– Roc está grave y Elena está en el mundo opaco, prisionera de la condesa.
– Lo sé, lo sé. Todo se solucionará. No sufras. Dácil ya ha llevado la fórmula del bebedizo a Karen. Ya le habrá administrado el antídoto.
– ¿Puedo verlo? ¿Puedo ver a Roc? -suplicó Anaíd.
Su abuela la complació y en la columna translúcida de la sala se reflejó la imagen de Roc. Su rostro era plácido y respiraba con normalidad. Junto a él su padre, el herrero, lo velaba amorosamente.
– Parece que duerme -comentó Anaíd con el convencimiento de que así era.
– Se recuperará -afirmó Cristine.
– Roc -suspiró Anaíd antes de que su imagen desapareciera definitivamente.
Cuántas tonterías había cometido por su culpa. ¿Por qué estar enamorada era sinónimo de estar loca? ¿Cómo le diría a Roc que había hecho desaparecer a Elena, su madre? Imaginó a los pequeñines que colgaban siempre de su falda, al bebé Ros, que todavía mamaba su leche, y sintió ganas de llorar.
– ¿Qué he hecho?
Cristine pasó su mano fría por su frente y rozó levemente la piedra de amatista. La imagen de Elena y sus pequeños se disipó. Por unos instantes Anaíd se calmó, pero enseguida la angustia volvió a atenazarla.
– ¡Y no tengo el cetro! -exclamó sintiendo el resquemor de la mano ardiendo.
Era un verdadero tormento.
– Tranquila, lo recuperarás.
La desesperación se amortiguaba gracias al influjo de Cristine, que obraba como un bálsamo sobre sus heridas.
– Debes tener ánimo. Eres la elegida, eres fuerte. Las adversidades son pruebas para tu fortaleza.
Anaíd se dejó imbuir por esa hermosa doctrina. Quiso creerla. Selene le hubiera dicho lo mismo. Añoraba a Selene a su pesar. Gunnar había sido una ilusión, apenas unos días de compañía y luego había desaparecido súbitamente, sin tiempo para echarle de menos. Había sido tan breve… Levantó la cabeza, se secó la humedad de sus mejillas y suspiró.
Esta noche cabalgaré el último rayo de sol, penetraré en el mundo opaco, recuperaré mi cetro y regresaré con Elena y Criselda.
Lo dijo para infundirse ánimos, con la esperanza de que Cristine le diese la razón y la empujase a actuar según su propósito, pero las cosas no eran tan fáciles.
– No puede ser, cariño. La condesa ha cerrado el mundo opaco. Nadie puede salir de ahí.
– Yo salí con el primer rayo -protestó Anaíd.
– Precisamente. Desde que tú y Selene escapasteis, la condesa ha reforzado sus defensas. Está furiosa. Salma la traicionó y ya no se fía de nadie. Urdió una estrategia para convertirse en indestructible.
– ¿Y lo es? -preguntó Anaíd con un hilillo de voz, recordando lo que Selene le explicó acerca de su talismán embrujado-. ¿Es cierto que tiene un talismán con la sangre y el cabello de todas las muchachas Omar que degolló y que por eso es indestructible?
Cristine se apartó momentáneamente de ella y la escrutó con detenimiento.
– ¿Quién le ha contado eso?
– Selene.
Cristine asintió.
– Así es, aunque aún le falta la elegida.
Anaíd notó un escalofrío.
– Me buscará entonces.
Cristine estaba muy seria.
– Pronto sabrá que el cetro está en sus dominios y se valdrá de él para atraerte hasta ella.
– ¿Puede hacerlo?
– Claro.
Anaíd tuvo miedo.
– ¿Y entonces?
– Te atrapará sin remedio. Como una araña en su telaraña.
Anaíd estaba acorralada.
– ¿Y tú? ¿No puedes luchar contra ella y devolverme el cetro?
– Somos enemigas, no me permite entrar en sus dominios.
– Yo te vi en el mundo opaco.
– Entré solamente mientras ella estaba dormida bajo el influjo del hechizo de Salma.
Anaíd se sujetó la cabeza con ambas manos: Roc enfermo, Elena prisionera, su cetro en manos de la condesa… ¿Por qué había complicado las cosas hasta ese punto? ¿Por qué Cristine le había dicho que todo tenía solución si a cada alternativa respondía con un imposible?
– ¿Y qué podemos hacer?
– Hay una posibilidad. Pero depende de ti, únicamente de ti, Anaíd.
Lo sabía. Intuía que ella era la clave para deshacer el nudo que ella misma había hecho.
– ¿Qué tengo que hacer?
– Viajar al pasado y destruir el talismán que la condesa creó con la sangre y el cabello de sus víctimas.
Anaíd se quedó atónita al oírla. Viajar en el tiempo y visitar el pasado. Eso era imposible.
– ¿Cómo?
– Las Odish sabemos cómo. Yo misma te enviaré a través del tiempo.
Anaíd se estremeció. La condesa sangrienta había degollado y torturado a jóvenes de cuya sangre se alimentó durante mucho tiempo. Muchas. Muchísimas.
– ¿A cuántas muchachas mató?
– Casi seiscientas cincuenta.
Anaíd palideció.
– ¿Dónde?
– En Hungría. En el castillo de Csejthe.
– ¿Y en qué año sucedió?
– Durante una década. Finalizó en 1610. A finales de ese año, la condesa sobrepasó toda prudencia y la emprendió ron hijas de gentilhombres. Eso ya fue excesivo y se escucharon las protestas del alcaide de la aldea de Csejthe en el Parlamento húngaro. Un palatino, primo suyo, un tal Turzhó, fue enviado al castillo para investigar. Cuando encontró los cadáveres de las últimas víctimas, las chicas torturadas y las que estaban en los calabozos esperando su turno para morir, mandó detener a Erzebeth y a todos sus colaboradores. Rápidamente y de forma ejemplar, hubo un juicio. Condenaron a muerte a sus tres fieles criados, y a ella, por su condición noble, la encerraron de por vida en sus aposentos. Nunca más nadie volvió a verla. Ahí deberías aparecer tú. Ése sería el momento adecuado para intervenir sin modificar el curso de los acontecimientos.
Anaíd sintió una gran tristeza.
Si destruyese el talismán antes de las muertes de las chicas, podría evitarlas.
Pero Cristine negó. No podemos modificar así el pasado. Eso es muy peligroso. Tienes que aparecer en el momento en que la condesa fue emparedada.
A Anaíd la palabreja le sonó a sándwich.
– ¿Emparedada?