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Y rompió a llorar con desespero. No por la suerte de Anaíd sino por su triste destino de mujer engañada. El hombre la rodeó con sus brazos y Selene refugió su cara en su túnica azul índigo y la empapó con sus lágrimas.

Empezó a hacer cábalas. Gunnar se había comportado como un verdadero maleducado para que todos se acordasen de él. El odio suscita recuerdos, nadie olvida a aquel que ofende o insulta. Gunnar había actuado con premeditación. La esperó en cada cruce dejando pistas tan obvias que cualquiera se hubiera dado cuenta de que estaban amañadas. Como aquella vez que ella se equivocó de carretera y se dirigió hacia la costa. Un hombre, un pobre hombre a quien recogió en su coche le explicó la historia de un extranjero rubio, alto y de ojos inquietantes que había atropellado a sus gallinas y se había dado a la fuga. Se dirigía al Sur, hacia el Atlas, no hacia Agadir y el Atlántico como ella había supuesto. Y esa machacona insistencia en recoger comida y agua en todas las cantinas, en comprar ropa de mujer en los bazares, en ocultar siempre el asiento trasero a las miradas extrañas, con insistencia, aunque con cautela, para que su obsesión no pasase inadvertida, pero al mismo tiempo no fuera sospechosa.

Eso significaba que Gunnar quería que lo siguiese. Gunnar era su cebo y ella había picado el anzuelo y se estaba alejando más y más de su hija. Claro. La llevaba al Sur. Por tanto Anaíd había ido al Norte. Se estremeció. ¿Estaría tal vez en los dominios de la dama blanca?

Tenía que ponerse en contacto con Elena. Había querido solucionar el incidente con sus propios medios, pero había perdido demasiados días siguiendo una pista falsa.

Selene levantó los ojos al cielo estrellado y topó con la mirada del hombre del desierto. Era enigmático como el horizonte de dunas cambiantes y luminoso como las estrellas que poblaban la noche. Y también era muy apuesto.

– Ven conmigo.

Selene dudó. Si eso pudiera servir para herir a Gunnar…

¿Él lo sabrá?

Pero el jinete del desierto negó con firmeza.

– Esta noche olvídale -y le ofreció la mano dispuesto a llevarla a su jaima.

Pero Selene no aceptó su invitación.

– Quiero venganza -le dijo por toda respuesta.

Él la detuvo y la obligó a mirarlo.

– No sabes lo que quieres.

Selene se desasió y corrió hacia su coche.

CAPÍTULO XIV

No beberás de la copa

Anaíd abrió los ojos con dificultad, los párpados le pesaban como losas y la cabeza estaba a punto de estallarle. ¿Había viajado en el tiempo? ¿Y la piedra verde? ¿Y Dácil? En esa caída espeluznante había perdido la piedra que llevaba fuertemente sujeta en su mano derecha y que le aseguraría el retorno a su tiempo. Afortunadamente, aún conservaba en su otra mano la mecha y la yesca que prenderían el talismán mágico de la condesa.

¿Pero dónde estaba? Eso no era la celda oscura donde se suponía que estaba encerrada la condesa. ¿O sí? Había aterrizado en un lugar gélido. Debajo de ella una sábana blanca cubría un duro colchón y en el techo tintineaban unas lucecillas tenues. El viento sopló y una gota fría y espesa se posó en su nariz. Era un copo de nieve que caía de un árbol. Entonces, ¿ese supuesto techo negruzco y amenazador era el cielo? Se fijó mejor y entendió que estaba a la intemperie, bajo un cielo oscuro cuajado de débiles estrellas.

Se estremeció de miedo. No estaba previsto que apareciese en mitad de la montaña. ¿Cómo encontraría el castillo de la condesa Erzebcth Bathory? ¿Cómo conseguirla llegar hasta sus aposentos? Los Cárpatos eran lúgubres, o quizá se lo parecían porque estaba en el siglo XVII, cuando aún no existía la luz eléctrica y no había carreteras asfaltadas, ni farolas ni rótulos luminosos. Las noches de cuatrocientos años atrás eran sencillamente oscuras. Oyó un aullido lejano y se acordó de que en esas montañas pobladas de bosques espesos vivían osos, linces, lobos, zorros y martas. Tierra de vampiros y brujas Omar conocidas como Vilas o hadas benéficas. Y a pesar del encanto misterioso que envolvía a ese lugar cercano a Transilvania, transitado por los alegres cíngaros e invadido cíclicamente por los exóticos y refinados turcos, no era un territorio de su agrado. Nunca le gustaron las historias de Deméter sobre las brujas de los Cárpatos. Le daban frío. Como en ese momento y a pesar de hallarse sobre una sábana blanca. Pronto tuvo sus dudas. ¿Era en realidad una sábana? No. En absoluto. Dejó resbalar su mano sobre el duro colchón helado donde había caído y se dio cuenta de que se trataba de una ligera capa de nieve. Y no sólo eso. Estaba desnuda y aterida en medio de un camino. Lo descubrió al oír el sonido de los cascos de los caballos y las ruedas de madera del carruaje que se iban acercando. A ambos lados, las cunetas estaban flanqueadas por frondosos arces que proyectaban sus sombras espectrales. La oscuridad la envolvía, no la verían y moriría aplastada. Quiso levantarse para salvar la vida, pero estaba agotada tras el largo y extraño viaje a través del tiempo.

¿Y Dácil?, se preguntó. ¿Había sobrevivido? ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba era que se aferró desesperadamente a su piedra. Luego, ambas cayeron en un torbellino y ahora ni Dácil ni la piedra estaban con ella.

Cristine había calculado mal su llegada. ¿Qué día era? Se suponía que tenía que aparecer el 29 de diciembre del año 1610. ¿Se había equivocado en su cálculo?

Pudo por fin levantar levemente la cabeza y allí, en lo alto, divisó el pequeño castillo, un verdadero nido de águilas enclavado entre las rocas. Inexpugnable, solitario, batido por el viento y la nieve. Ése debía de ser el castillo de Csejthe, que rezumaba sangre de muchachas. Si era cierto, en sus laberínticos subterráneos se escondían las máquinas de tortura y las celdas donde la condesa sangrienta ocultaba a sus víctimas. Y de nuevo oyó con estupor el sonido de las ruedas del carruaje cada vez más próximas. Anaíd apretó los dientes e hizo un esfuerzo sobrehumano para arrastrarse hacia un lado y salir del medio, pero le fue imposible.

Erzebeth Bathory estaba furiosa y cuando la condesa estaba de mal humor todos sus sirvientes temblaban. Nunca sabían a quién haría pagar su ofuscación. Antes sucedía de vez en cuando, pero durante los últimos años la sangre la había enloquecido. Algunos decían que era culpa del carácter lunático de los Bathory, y justificaban sus ataques cada vez más violentos. Pero los que la conocían mejor achacaban su locura a la bruja del bosque. Explicaban que la condesa cabalgaba salvajemente en su caballo en las lunas crecientes a reunirse con una anciana que le proporcionaba toda suerte de brebajes y hierbas.

Fuera cual fuera el motivo la condesa estaba furiosa en su carruaje y sostenía en su mano un grueso alfiler buscando entre las caras asustadas y los cuerpos encogidos de las chicas que tenía delante un pedazo de carne blanca donde hundirlo. Y es que las muchachas que viajaban con ella y que le había proporcionado su fiel criada Jo Ilona no eran de su agrado. Demasiado zafias, demasiado robustas y demasiado ignorantes.

– No son hijas de Zemans, no tienen sangre azul, me engañáis -se quejó la condesa inspeccionando sus manos ajadas y sus caras curtidas de campesinas.

– Os lo juro, señora -se esforzó la malvada Jo Ilona-, las encontramos en Novo-Miesto, durante el Priadky -dijo refiriéndose a la fiesta en la que las hijas de los gentilhombres demostraban su pericia bordando y narrando bellas historias.

Erzebeth Bathory se indignó y señaló a una de ellas con su aguja.

– ¿El Priadky? Tú no sabes hilar ni contar un cuento. Sólo entiendes de dar de comer a las vacas y arrancar remolachas.

La muchacha se encogió asustada y no osó mirarla para replicarle.

Erzebeth Bathory abrió las pieles de marta que la cubrían y expuso a la vista de las jóvenes su cuello esbelto y blanco adornado con hermosas perlas italianas y el óvalo perfecto de su cara enmarcado por sus largos y oscuros cabellos. Levantó su cabeza con orgullo.