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– Fijaos en mi cutis blanco, en mi cabello sedoso, en mis manos inmaculadas, y mirad ahora a estos despojos humanos. Tienen quince años y ya están estropeadas. Miradme a mí, miradme, he dicho.

Jo Ilona pellizcó a las muchachas para que levantaran la vista, tal como lo ordenaba la condesa.

Una de ellas, la más lista, lanzó una exclamación de asombro fingido:

– ¡Oh, señora, sois tan bella que me deslumbráis!

Erzebeth se tranquilizó a pesar de que el traqueteo de los carruajes la irritaba desde siempre. Apenas salía de su castillo y ya no aceptaba invitaciones a Viena ni a las bodas más ilustres de la nobleza húngara. ¿Para qué? Se había labrado a pulso su fama de excéntrica y ahora sólo le apetecía permanecer en su reino de horror. Nunca, en sus muchas identidades, había encontrado una más a su medida, más idónea y permisiva que la que encarnaba a la todopoderosa condesa, lo suficientemente bien emparentada con el rey, lo suficientemente tirana con sus aldeas, lo suficientemente alejada de la corte y las ciudades, lo suficientemente temeraria y temida. Había conseguido a fuerza de años alzar una barrera infranqueable que la preservaba. Todos la respetaban y la temían, muchos la odiaban y unos pocos se atrevían a señalarla con el dedo, aunque por poco tiempo, puesto que sus esbirros los detenían y los llevaban a su presencia. Luego desaparecían.

Sin embargo, lo que no podía controlar eran los rumores y en los últimos tiempos su fama de bruja había crecido demasiado y amenazaba con desbordarla. Era más que obvio que su edad no se correspondía con su aspecto. Tenía la piel tersa y juvenil, el cutis translúcido y en sus cabellos oscuros no destacaba una sola cana. No ocultaba su agilidad al saltar sobre su caballo a horcajadas y galopar salvajemente, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, en las cacerías. Su vitalidad le permitía pasar semanas despierta y noches enteras bailando sin descanso. Agotaba a sus sirvientes y se rumoreaba que los más ancianos ya la conocieron siendo como era, una viuda joven bien emparentada. Decían que cuando enviudó, muchísimos años antes, tenía el mismo aspecto juvenil. Pero todo eran rumores.

Lo cierto es que en la comarca su nombre no se pronunciaba. Era de mal agüero. Se la conocía como «la alimaña» y los padres encerraban a sus hijas en los establos tan pronto corría la voz de que se acercaban los haidukos de la condesa escoltando a sus rastreadoras de jóvenes. Nadie quería ya darle a sus hijas para que sirvieran en el castillo. Antes hubiera sido un honor, pero con el tiempo el honor se convirtió en pesadilla. La glotonería de la condesa, ávida de sangre joven, no tenía límites. Casi no había hijas para casar y faltaban niños en las calles. Los pueblos habían quedado huérfanos de jóvenes. Las madres lloraban y los muchachos tenían que emigrar a otras comarcas para encontrar una esposa con la que poder casarse. Sabían, con la certeza de los pobres, que sus hijas estaban muertas y que habían muerto a manos de la condesa. Nadie creía una palabra sobre extrañas enfermedades, plagas misteriosas o huidas nocturnas. Sabían que la cripta del castillo de Csejthe, el lugar donde reposaban los huesos de los señores de Nádasdy, estaba llena a rebosar de pequeños ataúdes putrefactos. Sabían que la tierra de los jardines estaba removida y repleta de tumbas y que los mastines del castillo aparecían a veces en las cocinas con macabros huesos entre sus fauces. Habían desaparecido demasiadas muchachas para dar pábulo a tantas patrañas. Todos sabían la verdad. La condesa degollaba a las jóvenes y se bañaba en su sangre, de ahí su aspecto juvenil, de ahí su inmortalidad.

Cuando el cochero se detuvo, Erzebeth Bathory, que ya se había tranquilizado, volvió a impacientarse. Sacó la cabeza por el ventanuco y gritó:

– ¡Continúa! ¿Por qué te detienes?

– Señora, hay dos muchachas muertas en el camino.

La condesa no se inmutó. No recordaba haber ordenado la muerte de ninguna chica en las afueras de su castillo, pero no era nada extraño. Algunas escalaban los muros y, aunque conseguían huir, acababan perdidas en los bosques, víctimas de los zorros, el hambre o el frío. Estaban a finales de año, en lo más crudo del invierno. Nadie podía sobrevivir una noche sin techo ni lumbre.

– Pasad por encima de ellas. Aseguraos de que están bien muertas. La nieve hará el resto y mañana por la mañana vendréis a cavar sus tumbas.

Sin embargo, fuese por la vacilación del cochero o por su curiosidad malsana, asomó la cabeza para cerciorarse de que no mentía y su asombro fue providencial. El mismo que el del pobre cochero.

– Señora, creo que están vivas. Respiran y una de ellas ha movido una mano.

Pero Erzebeth Bathory había observado otra cosa bien diferente.

– Ésta sí que es una bella hija de Zemans. Ésta sí que es hermosa. Fíjate, Jo Ilona, fíjate qué esbelta, qué blanca, qué manos tan delicadas y qué cabello tan hermoso y cuidado.

Jo Ilona la contempló temblorosa. No tenía ningunas ganas de pagar los platos rotos. Asumía que había intentado dar gato por liebre a su señora, pero la culpa no era suya. Ya nadie le confiaba muchachas y cada vez tenía que ir a buscarlas a lugares más alejados. Las noticias corrían raudas y las malas siempre se adelantaban. Cuando llamaba a las puertas de las chozas, ni siquiera le abrían. Los campesinos le contestaban con miedo, quedamente, encogidos pero resistiendo. «No tenemos hijas, vete», le decían. Como ella no podía regresar con las manos vacías, acababa por comprar a pobres huérfanas o chicas inútiles que constituían un engorro para sus padres, y debía a su vez engañar a la condesa haciéndolas pasar por hijas de nobles señores. Su última obsesión, el último afán de la condesa, era mejorar la calidad de la sangre derramada, como si de ese nimio detalle dependiese su vida futura.

– Súbela al carruaje -ordenó la condesa con autoridad.

– ¿A las dos, mi señora?

La condesa se horrorizó.

– Esa esmirriada de ahí -dijo señalando a Dácil, que estaba semioculta en la cuneta- es un puro esqueleto. Quiero a la más alta, a la más bonita y sus ojos se posaron en Anaíd.

Los haidukos que viajaban en el pescante caminaron unos pasos, se agacharon sobre la nieve y recogieron el cuerpo blanco de Anaíd. Lo envolvieron en un capote y lo introdujeron en el interior del carruaje. La condesa hizo levantar a las mozas con dos palmadas autoritarias para que cediesen el asiento granate de terciopelo ajado a la joven desconocida. Luego, dio la orden de partir de nuevo.

No se fijó en que uno de los haidukos, compadecido, había envuelto a la otra muchacha en su capote y la había subido al pescante con él. Abrigó un poco más a la niña y le pasó un trago de vino que llevaba escondido en un pellejo bajo la casaca. En agradecimiento a su buen corazón recibió una débil sonrisa que nunca olvidaría. Algo así como el aleteo exquisito de una mariposa volando sobre el rostro de la chica.

– ¡Reanimadla! -ordenó la condesa señalando a Anaíd.

Se había encaprichado de esa última adquisición milagrosa que había aparecido en mitad de su camino envuelta en un halo de misterio. Y había llegado en el mejor momento, cuando ya no creía que quedasen muchachas nobles para bañarse en su sangre azul.

Jo Ilona se esforzó en masajear el cuerpo azulado de Anaíd.

– ¿Y vosotras? ¿Qué hacéis mirando? Ayudadme.

Pronto el cuerpo de Anaíd estuvo cubierto de manos solícitas, rugosas y llenas de callos, que la pellizcaron, la golpearon y la acariciaron. Eran manos asustadas pero eficaces que le hicieron recordar que tenía un cuerpo.

– Esta noche la quiero vestida y peinada para que comparta su cena conmigo. Ella y otra, la que tú decidas ordenó la condesa a su sirvienta chasqueando los dedos poco antes de bajar del carruaje en el tétrico patio de armas del castillo.