Выбрать главу

– Es 28 de diciembre… -y Anaíd se frotó la mano nerviosa.

Así pues todavía faltaban un día y una noche para que la condesa dejase de matar. El 29 de diciembre, con la llegada de Turzhó, acabarían de una vez por todas los desmanes de la condesa. Pero…, ¿y antes? ¿Se cobraría sus últimas víctimas? ¿Sería como la agonía del dragón y en sus últimos coletazos se llevaría por delante a todas aquellas chiquillas inocentes? ¿Y ella misma, que era la elegida, también moriría? ¿Cómo podía morir si todavía faltaban casi cuatrocientos años para su nacimiento?

Dejó de pensar en los misterios del tiempo y repasó las informaciones que le había dado su abuela. No podía consultar con Cristine, ni podía leer los anales del juicio puesto que todavía no había sucedido. Se desesperó. Sus datos sobre la historia de Erzebeth Bathory comenzaban el día 29. ¿Qué sucedió el día 28? ¿Qué sucedería aquella noche?

Intentó convencerse de que no pasaría nada, de que la Odish evitaría el enfrentamiento con las autoridades húngaras, desaparecería y esas chicas que estaban ahí sobrevivirían. Se trataba de que la ayudasen, de que fuesen sus aliadas y no un rebaño de ovejas camino del matadero. Ojalá las informaciones de la dama blanca no fuesen equivocadas.

– Leí en una carta que Turzhó, el primo palatino de la rama de los Bathory, está a punto de llegar al castillo. Ha habido denuncias en la corte sobre la condesa -dejó caer procurando no darle importancia.

– ¿Sabes leer? -se asombró una joven que aún podía decirse rolliza.

– Claro -respondió Anaíd asombrada-. ¿Tú no?

Exceptuando a la joven Omar, el resto negó con la cabeza. Alguna hasta se sintió ofendida.

– ¿Por quién nos tomas? No somos cortesanas.

– Yo sólo soy una estudiante -se justificó Anaíd, lo que propició que se encendiese la curiosidad en torno a su persona.

– Las mujeres no estudian -objetó una muchachita pecosa.

– Eso. ¿Quién eres tú? -le espetó una alta y desgarbada.

– Una amiga-afirmó Anaíd.

– ¿Nuestra o de la condesa?

Anaíd puso los brazos en jarras como hacía su amiga siciliana Clodia.

– ¿Qué os parece?

Y sin asomo de duda, la joven Omar dijo algo extraño:

– Eres como ella.

Se armó un revuelo. Todas las chicas hablaban a la vez y parloteaban tocando a Anaíd, mirando su cuerpo, su cabello. De pronto se habían dado cuenta de su diferencia.

– Eres noble y muy hermosa.

– Eres culta.

– ¿Vienes de tierras lejanas?

– Nos has colmado de regalos, eres rica.

– Y tus ojos son extraños -insistió la joven Omar penetrando en su pupila-. Miras raro, muy raro, y tu olor…

Las demás no notaron nada. Y con razón, puesto que lo que sí que notaba Anaíd era el hedor del encierro.

Necesitaba una aliada para su plan. Se dirigió a la joven Omar.

– ¿Cómo te llamas?

– Dorizca -respondió.

Anaíd aventuró con desparpajo.

– ¿Dorizca? Creo que somos parientes. ¿Eres quizá hija de Clara?

– No. Soy hija de Orsolya.

– Ah, ya caigo. Orsolya. Tengo un mensaje para ti de mi madre.

Anaíd la cogió de la mano y se la llevó a un rincón. Nadie se extrañó. Era habitual que las parientes lejanas charlasen entre ellas. De esa forma se transmitían mensajes y se enteraban de las novedades; así era cómo se sabían las muertes, los nacimientos y las bodas.

– Anaíd Tsinoulis, hija de Selene, nieta de Deméter, del clan de la loba, de la tribu escita -susurró Anaíd presentándose con el protocolo de las Omar-. Vengo de muy lejos, de los Pirineos.

Dorizca se quedó sin aliento.

– Dorizca Lèkà, hija de Orsolya, nieta de Majorova, del clan de la marta, de la tribu dacia -recitó a su vez maravillada por haber encontrado a una compañera poderosa.

Anaíd suspiró.

– ¿Sabes quién es la condesa así pues?

– Una Odish -musitó Dorizca-. Si descubre que soy una Omar acabará conmigo la primera. Las Omar la fortalecen más que las humanas.

– ¿Y cómo te has protegido hasta ahora?

– Mi cinturón y el conjuro que formuló mi madre me protegen de su mirada, pero no me salvaron de Ficzkó -ante la extrañeza de Anaíd, se apresuró a concretar-: Ficzkó, el enano contrahecho al servicio de la condesa. A veces emprende cacerías de chicas para complacer a su ama. A mí me atrapó en el bosque con sus haidukos mientras buscaba bayas.

– Muy bien, Dorizca, serás mi aliada.

Un brillo leve de esperanza saltó como una chispa en los ojos de la niña.

– ¿Tú crees que podremos vencerla?

Anaíd se vio obligada a darle ánimos.

– Tenemos que destruir su talismán. Es el que le da la fuerza y el poder. Es el que la hará invencible para siempre.

– ¿Su talismán?

– Lo ha alimentado con cabello y sangre de sus víctimas. La protegerá durante los próximos cuatrocientos años hasta la llegada de la elegida. Y cuando añada la sangre y el cabello de la elegida, será invencible, gobernará a las Odish y se hará dueña del cetro de poder.

Dorizca la miró con extrañeza.

– Sabes muchas cosas, cosas muy raras.

– Necesito que me ayudes a arrancárselo. Lo quemaré con esta mecha. Sólo el fuego que surja de esta mecha será capaz de destruir el conjuro de su talismán.

– ¿Y qué debo hacer?

– Librarte de tu escudo. Conseguir que se fije en ti y acompañarme esta noche a sus habitaciones. Luego, cuando estemos las dos ahí, la distraeremos y quemaremos su talismán.

Dorizca palideció.

– ¿Sabes lo que significa eso?

– Claro.

Dorizca negó con la cabeza.

– Las chicas que lleva a sus habitaciones mueren entre horribles tormentos. Las oímos gritar desde aquí. Algunas no pueden soportarlo y acaban con su vida en el calabozo. Se cuelgan de sus cinturones.

– No nos pasará nada, ya verás.

Dorizca no estaba tan segura.

– Nadie sobrevive. Mi única salvación es permanecer invisible y comunicarme con mi madre para que me saque de aquí.

– ¿La has llamado?

– Continuamente.

– ¿Y ella?

– Me ha respondido. Está cerca, velando por mí. Lo sé.

Anaíd sintió que se quitaba un peso de encima.

– ¿Es poderosa?

– Mucho, pero yo no, aún no he sido iniciada.

Anaíd la consoló.

– Ya verás como saldremos vivas. Tienes que ponerte bonita, para que se fijen en ti. Anda, déjame que haga un poco de magia.

Y musitando una letanía, pasó la palma de sus manos sobre el cuerpo y el cabello de la joven Dorizca y la llenó de luz. Retornó el color a sus mejillas, el brillo a su cabello rubio y sus manos rudas se tornaron blancas y suaves.

Cuando Jo Ilona apareció esa noche para escoger, junto a Anaíd, a la candidata a ser sacrificada para su ama no lo dudó ni un instante. Esa niña rubia y blanca de mejillas saludables era perfecta. ¿Cómo podía haberle pasado inadvertida antes?

Anaíd y Dorizca, vestidas de blanco y con zapatos bordados en plata, peinadas con tirabuzones y maquilla das con polvos de arroz, fueron introducidas a empujones en los aposentos de la condesa. El dormitorio era amplio, con chimenea, presidido por una gran cama con un baldaquino con cortinas cerradas. En la antesala tapices de terciopelo y damascos con dibujos rojos a la moda italiana cubrían las frías paredes, y pieles de oso se esparcían por el suelo. A pesar de los candelabros encendidos y la chimenea humeante, un frío glacial reinaba en las estancias y la luz apenas amortiguaba la oscuridad tenebrosa que lamía sus altísimos techos. Sobre una mesilla, una bandeja de frutas confitadas dulces, tan preciadas en aquellos lugares inhóspitos.

Admirada, la joven Dorizca se acercó a la fuente y olisqueó una pera. Era una pera de verdad cubierta de azúcar, dura, apetecible, quizá traída de otras latitudes, madurada al calor de otros soles. Sin darse tiempo a reflexionar se la llevó a la boca y la mordisqueó. Y en ese momento la condesa empujó la puerta y lanzó un grito terrible: