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– ¿Qué haces?

La pobre Dorizca dejó caer la fruta al suelo, paralizada de horror.

– ¡Eres una ladrona! -bramó la condesa sin dejar de mirarla fijamente.

Jo Ilona la acompañaba unos pasos más atrás. Esperaba ansiosa su opinión sobre su obra de arte; al fin y al cabo había transformado dos rudas campesinas en dos deliradas damitas y había conseguido un resultado magnífico. Y ahora, una de esas estúpidas estropeaba las felicitaciones que confiaba obtener de boca de Erzebeth Bathory por culpa de su gula. Pensaba que la obsequiaría con dinero o tal vez le regalase uno de esos vestidos de seda carmesí bordados en perlas que tanto la fascinaban. Pero la condesa, fuera de sí antes de tiempo, gritaba y echaba espumarajos de saliva zarandeando a la estúpida campesina.

– ¡Eres una desagradecida, una ratera miserable!

Jo Ilona no intervino. Sabía que cualquier comentario o gesto irritaría terriblemente a la condesa. En esos casos era mucho mejor dejar que la ira fluyese sola y recayese directamente sobre la sirvienta de turno que cometía el desaguisado.

– Mírame cuando te hablo. ¡Mírame!

Dorizca levantó los ojos asustada. Erzebeth Bathory la olisqueó como a una presa y acercó su brazo tierno y joven a sus labios tintados de escarlata. Presta a morder, presta a

mostrar su crueldad. Anaíd sintió crecer su fuerza y se dispuso a pelear contra la bruja Odish. Y entonces, algo alteró terriblemente a la condesa, que se llevó las manos al pecho

angustiada.

– ¿Quién eres? Dime, ¿quién eres?

Y su mirada hosca envolvió de tinieblas a la joven Dorizca, que se estremeció y sintió un agudo pinchazo en su corazón.

– ¿Me estás desafiando? -bramó la Odish traspasando a la pobre Dorizca con sus ojos como alfileres-. ¡No oses desafiar mi poder! -insistió amenazante.

Anaíd supo que la condesa palpaba su magia y la atribuía a la pobre y desamparada Dorizca. Y entonces se interpuso entre ambas. Con descaro, con valentía.

– Está asustada.

Y sus ojos se desviaron hasta el talismán que lucía la condesa sobre su vestido de brocado y su escote generoso, que se movía angustiado al ritmo de las palpitaciones de su pecho.

– ¿La defiendes? Eres valiente.

Anaíd no respondió. No sabía si su plan podía o no ser llevado a cabo ahora. ¿Qué sucedería si en esos momentos robase el talismán a la condesa? ¿Rompería con los sucesos encadenados del pasado? Esperaría, aunque la espera fuese complicada.

Sintió un fuerte tirón en su cabeza y se dio cuenta de que la condesa le había arrancado un pequeño mechón de pelo. Hizo lo mismo con Dorizca y, ante sus mismos ojos abrió su medallón, escogió cuidadosamente un cabello de cada mechón y los introdujo dentro.

Anaíd tragó saliva.

La condesa había firmado su sentencia de muerte y la de Dorizca. Todos los cabellos que guardaba eran de jóvenes muertas a sus manos.

– ¡Llévatela y prepárala! -ordenó a Jo Ilona señalando a Dorizca-. Luego decidiremos su castigo -añadió con retintín, como si la ceremonia del castigo especial formase parte de todas sus noches y culminase sus veladas.

Anaíd siguió con los ojos a la aterrorizada Dorizca, que fue literalmente arrastrada por una furiosa Jo Ilona fuera de la habitación. No derramó una lágrima, no gritó, no suplicó. Se comportó como una verdadera Omar.

Eso no estaba en el guión, pensó Anaíd asustada. Tendría que actuar con rapidez. No sabía cómo ni cuándo la condesa decidiría acabar con la chiquilla.

– Tú siéntate aquí -le indicó con voz autoritaria.

Estaba acostumbrada al mando. Erzebeth Bathory era incapaz de hablar, sólo ordenaba y se hacía servir. Efectivamente, tras un silencio embarazoso durante el cual Anaíd calculó todas las posibilidades para destruir el amuleto y huir, entraron unas doncellas con la cabeza baja y el miedo impreso en el rostro, y dejaron sobre la mesa las viandas calientes y una jarra con dos copas.

Erzebeth hizo escanciar la bebida, le indicó que cogiese su copa y levantó a su vez la suya.

– Bebe conmigo y brinda por mi belleza.

Anaíd flaqueó. Su abuela Deméter le había inculcado desde niña el rechazo de cualquier alimento ofrecido por manos ajenas. Las Odish envenenaban a las niñas Omar engañándolas con dulces y golosinas y luego bebían su sangre y, aunque Anaíd no supiese que ella misma era una bruja, aprendió educadamente a decir que no. Anaíd recordó ese «no gracias» que su abuela le enseñó a decir cada vez que alguien le ofrecía comida o bebida.

– No gracias -musitó.

– ¿Acaso no te parezco bella?

Anaíd había cometido una imprudencia. Se había negado a brindar por su hermosura. Eso era una ofensa. No podía precipitar su rabia tan pronto.

– ¡Bebe conmigo he dicho! -su hosca mirada no admitía excusas.

Anaíd pensó con rapidez mientras acercaba la copa a sus labios lentamente: si se trataba de algún veneno, no tenía recursos para fabricar un antídoto; pero difícilmente se trataría de un veneno, pues la condesa se había servido de la misma jarra y bebía sedienta.

Anaíd delicadamente mojó sus labios y dejó que unas pocas gotas descendieran por su garganta. Era una bebida caliente y espesa, algo salada, pero rica. Su color era oscuro, de un rojo intenso violáceo. Algún néctar libado de flores agrestes, algún jarabe de frutos salvajes recolectados en las laderas de los Cárpatos, pensó. Y sin más recelos dio un trago.

Al levantar la vista y ver el rostro de Erzebeth, el asco y el miedo se apoderaron de su ánimo. Por la comisura de los labios de la condesa se escurría una gota de sangre. Eso significaba que en la jarra había…

– ¡Sangre! -gritó lanzando la copa lejos de ella.

Su gesto instintivo de horror fue recibido por una risa estentórea de la condesa.

– ¿No te gusta la sangre?

Anaíd sintió deseos de vomitar, pero el pánico y la mano de la condesa le atenazaban la garganta. La condesa se había acercado a ella y había cerrado su mano sobre su cuello.

– ¿Cuál es tu nombre, muchacha? -siseó con voz ronca acercando su amuleto peli-grosamente a la mejilla de Anaíd.

En ningún caso podía ponerla en antecedentes acerca de su verdadero nombre. Y recordó el hermoso nombre de la madre de Dorizca.

– Orsolya -musitó.

Tal vez se equivocó porque la excitación de la condesa no tuvo límites.

– Orsolya, claro, eres la hija de Orsolya, una Omar culta. Lo sabía, eres vibrante, poderosa…, tu sangre será mi mejor despedida.

Y con la rapidez que otorga la práctica, sacó un alfiler que sujetaba su moño, lo clavó en la mano de Anaíd y recogió la minúscula gota de sangre que cayó en su talismán.

Anaíd ahogó un grito. Tenía su cabello y su sangre. Era prisionera de la Odish y lo peor de todo, en esos momentos, con su talismán al cuello, era indestructible. Porque los suyos no eran una sangre ni un cabello normales, eran la sangre y el cabello de la elegida. Quiso acercarse a la condesa pero se sintió débil, y más débil aún cuando Erzebeth apretó su medallón contra su pecho.

– Eres mía. Harás lo que yo quiera. Me perteneces.

Anaíd había caído víctima de un conjuro de posesión.

La condesa palmeó las manos y su sirvienta Dorkó, grande y fuerte, cargó a Anaíd en sus espaldas, la llevó hasta un rincón de la sala que había permanecido en penumbra y que ocultaba unas argollas sujetas a la pared. De su ancho cinturón sacó una llave enmohecida, abrió la cerradura e introdujo en ellas sus muñecas. Anaíd intentó resistirse, pero cada vez que trataba de pronunciar un conjuro, la condesa oprimía su talismán y Anaíd agonizaba.

La vieja Dorkó le arrancó parte de su vestido de seda blanco y ofreció a la condesa un látigo.