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– ¿Preferís comenzar vos?

– Es tan cansado, comienza tú misma -suspiró la condesa relamiéndose los labios con voluptuosidad ante su presa indefensa, y se echó en su cama.

Dorkó golpeó una vez la blanca espalda de Anaíd, que nunca hubiera creído que un latigazo pudiera ser tan doloroso. Sintió cómo las púas le arrancaban la piel y penetraban en su carne. Un dolor agudo, lacerante, la dejó sin aliento. El segundo fue mucho peor. La nueva herida ahondó en la anterior y le arrancó pedazos de carne. Esa vez gritó. Y la otra, y la otra. Y probablemente hubiera continuado gritando hasta caer exhausta cuando la puerta se abrió y entró la atribulada Jo Ilona arrastrando el cuerpo exánime de Dorizca. Tenía las muñecas cortadas y la sangre manaba lentamente, goteando por sus brazos y ensuciando el suelo de la sala. Anaíd quiso correr a su lado y socorrerla, pero no podía moverse.

– Señora, señora, han llegado invitados y esta muchacha lo está poniendo todo perdido.

– ¿Invitados?

– Acaban de llegar, señora, los están acomodando en el ala este.

La condesa abrió sus ventanas y su rostro se ensombreció. En efecto. Dos calesas de caballos nobles habían llegado al patio y de ellas habían salido cortesanos. ¿Cómo osaban llegar a su castillo a esas horas de la noche? Era una descortesía llegar al castillo de una viuda una vez puesto el sol. Deberían haberse alojado en una posada y solicitar su hospitalidad a la mañana siguiente.

– Decid que estoy cansada y que no puedo recibir a nadie.

– Señora, es vuestro primo lejano, el palatino Turzhó. Y dice que quiere veros.

Anaíd, esperanzada, vislumbró una posibilidad. Si quien había llegado era Turzhó, a lo mejor Dorizca y ella podrían salvar su vida. Pero la vida se escapaba del cuerpo de la joven Omar.

– ¡Prima Erzebeth! -se oyó rugir en el patio.

Erzebeth se alejó de la ventana e indicó a Jo liona que se asomase ella misma.

– Dile que estoy indispuesta.

– Mi señora está indispuesta -voceó Jo liona haciendo embudo con sus manos.

– Vengo con un médico, puede atenderla.

Erzebeth se puso más nerviosa.

– Estoy dormida, me van a despertar.

– Mi señora está dormida y no se la puede molestar.

– ¿La señora duerme con luz?

– Ese impertinente metomentodo -rugió la condesa-. Dile que me estabais dando la tisana puesto que tenía fiebre.

– Mi señora tiene fiebre.

Y esa vez el palatino cedió a las excusas repetidas.

– Está bien. Preguntadle si estará dispuesta a recibirnos al amanecer.

El amanecer estaba aún muy lejos, faltaban muchas horas, y Anaíd supo que, si no intervenía inmediatamente, ni Dorizca ni ella llegarían a ver la luz del nuevo día. Ése era su momento.

Cerró los ojos y dejó fluir toda la fuerza que todavía poseía a través de sus brazos. Sus brazos se convirtieron en hierros y el hierro luchó contra las argollas y, tras un forcejeo, las arrancó de la pared. Anaíd, liberada, se lanzó a una carrera alocada y se precipitó hacia la ventana.

– ¡Auxilio! -gritó-. ¡Auxilio, sálvenos!

No llegó a saltar porque la garra poderosa de Dorkó la sujetó y se la ofreció a Erzebeth, que tomó el látigo de manos de Dorkó y comenzó a arremeter salvajemente contra ella.

– ¡Insensata! ¡Desgraciada! ¡Miserable!

Pero Anaíd ya había conseguido vencer su miedo y, cuando las púas hirieron el dorso de sus brazos con los que se protegía la cara, su rabia no tuvo parangón y convocó a la tormenta.

El rayo entró violentamente por la ventana y pasó sobre la desconcertada Odish causando la destrucción a su paso y desapareciendo por el hueco de la chimenea. El trueno, potente, sacudió los cimientos del castillo y Anaíd se creció y se creció. O entonces o nunca. Así pues, sacó de su pecho la mecha mágica, oprimió la yesca y se abalanzó sobre Erzebeth dispuesta a quemar su macabro talismán. Sin embargo, la condesa no estaba ni mucho menos indefensa y desvió la llama hacia las cortinas, que prendieron al instante. La condesa gritó. Acababa de reconocerla.

– ¡Eres tú! ¡Eres la elegida!

Y desenvainó su atame mágico dispuesta a acabar con su vida. En ese mismo instante la puerta se abrió y, junto con el palatino Turzhó y el alguacil, en la alcoba se coló una niña delgada y rauda que se interpuso entre el brazo terrible de Erzebeth y el cuerpo herido de Anaíd.

– ¡Noooo! -chilló Dácil antes de caer gravemente herida en el pecho por la mano de Erzebeth.

El grito de desesperación de Anaíd no fue el único. Una mujer de grandes pechos, con la mirada límpida de las personas honradas, se arrodilló sobre el cuerpecillo exánime de Dorizca.

– ¡Dorizca, Dorizca! -gritó llorosa-. Dorizca, hija.

Los soldados y el alguacil se arracimaban en la puerta y se tapaban la boca conteniendo las náuseas al contemplar tanta sangre. Las llamas que habían prendido las cortinas habían llegado hasta el baldaquín de la cama. La madera crepitaba y el humo espeso y negro hacía llorar y toser. Todos retrocedieron ante el peligro del fuego.

– ¡Alto en nombre de la autoridad! -proclamó el palatino Turzhó sujetando a Erzebeth Bathory.

Estaba horrorizado por el macabro espectáculo. Dos muchachas moribundas y otra que había sido apuñalada ante sus mismos ojos.

Anaíd no atendió a la sonrisa burlona de la condesa ni a su complacencia en el momento de ser detenida. Estaba demasiado ocupada sujetando a Dácil, desmayada, y arrastrándola fuera de la habitación presa de las llamas. Y cuando impuso sus palmas sobre el cuerpo de Dácil dispuesta para curar su herida, a su lado, la bruja Omar Orsolya, la madre de la pobre Dorizca, se levantó con su hija en los brazos y exclamó:

– Mi niña ha muerto, ha muerto… Yo maldigo a la que bebió la sangre inocente de mi niña. La maldigo hasta que los espíritus hagan de ella lo que deseen en los infiernos de Om.

Anaíd se horrorizó. ¿Dorizca muerta? ¿Había muerto por su culpa?

No podía ser cierto. Era una pesadilla.

Cerró los ojos y volvió a abrirlos.

Estaba despierta y viva. Todo lo que veía y oía había sucedido.

La sangre de su copa era de Dorizca. Y ella, Anaíd, había bebido la sangre de una Omar.

CAPÍTULO XV

No te mirarás en el espejismo del lago

Selene giró bruscamente el volante hacia la izquierda en una maniobra insensata. El coche patinó sobre el asfalto y se salió de la carretera. A punto estuvo de perder el control, pero la pericia de la conductora lo enderezó y las ruedas siguieron obedientes por la pista forestal, apenas señalizada, que se bifurcaba a la izquierda y conducía al refugio del lago.

Selene conducía alocadamente, pero no había perdido la cabeza. Tenía que despistar a Gunnar. Así de simple. Sin abandonar ni por un segundo la vista de la lejanía, musitó unas palabras en la lengua antigua y levantó tras ella un conjuro de ilusión. Milagrosamente, el sendero que acababa de tomar y el indicador que anunciaba el refugio forestal quedaron ocultos tras una frondosa haya.

Gunnar la había sorprendido acortando su distancia durante la noche. Hasta ese mo-mento habían seguido la persecución respetando unas normas del juego tácitas que se habían ido instalando en el ánimo de los participantes. Se detenían por las noches, al poco de ponerse el sol. Descansaban, se duchaban, paseaban, cenaban y dormían profundamente sin temor a ser cazados o perder a la presa. Continuaban su carrera a la mañana siguiente. Selene tuvo tentaciones de romper ese ritual absurdo de etapa ciclista un par de veces, pero no pudo.

Ahora, en cambio, ya casi en los dominios de Urt, Gunnar había hecho trampa saliendo en su persecución de madrugada y había reducido distancias. Estaba a punto de atraparla, apenas los separaban diez kilómetros. La quería interceptar antes de llegar a su destino, y eso significaba que Anaíd estaba en Urt.