Selene había hecho caso de su intuición, y no había sido gratuita. Aunque había intentado por todos los medios dar un rodeo y despistar a Gunnar haciéndole creer que se dirigía a otro lugar, ya no podía dilatar más su regreso. Estaba inquieta. La comunicación con el clan no podía ser más preocupante: Elena había desaparecido, Roc había sido víctima de un envenenamiento, y una tal Dácil, una joven emisaria de las guanches de la isla de Chinet, estaba involucrada en ese turbio asunto relacionado con un bebedizo y una Odish.
Selene sospechaba que Anaíd estaba tras todos esos sucesos, pero no podía confirmarlo hasta llegar a Urt. A través del teléfono notó a Karen superada por los acontecimientos y muy asustada. No era la única. Selene también percibía el miedo atenazándola por las noches. Anaíd había cortado toda comunicación y era desesperante. ¿Qué hacía? ¿Dónde estaba? ¿Con quién? ¿En manos de quién estaba el cetro?
La angustia fue remitiendo a medida que aumentaba la distancia con Gunnar. Lo sintió pasar de largo por la carretera principal camino del puerto que conducía a Francia y aplau-dió como una niña que comete una travesura. Nadie podía verla y por eso se permitió derrapar con su coche para expresar su alegría. Lo había confundido: en esos momentos la había adelantado e iba en una dirección equivocada, camino de Somport. Disminuyó la presión de sus dedos, que estaban agarrotados al volante como garfios, suspiró y miró hacia las montañas cubiertas de nubes.
A pesar de la claridad, el sol estaba ya muy bajo. El tiempo la confundía. Los días eran largos, sin embargo el crepúsculo estaba próximo. Aspiró la fragancia de sus bosques. Había añorado tanto el color verde de sus valles, la humedad en su piel y la vista majestuosa de sus montañas. Pero sobre todo había echado de menos sus árboles: sus hayas, sus robles, sus encinas y castaños, sus pinos negros y hasta los pocos abetos que jalonaban las ascensiones a las cumbres. No concebía una tierra sin árboles, una tierra desnuda y yerma como la que acababa de recorrer. Y sin embargo, las gentes del desierto eran acogedoras y sus ojos oscuros y sus jaimas eran tan hospitalarios como los iglús y la risa ingenua de los maravillosos inuits.
Pasaría la noche en el refugio del lago, sola, en compañía de las marmotas y las nutrias. Aullaría a la luna en el claro del bosque. Tal vez le respondiese la madre loba. Había luna llena y tenía la sangre rebosante de vida, como siempre que los ciclos lunares culminaban su periplo.
El refugio era un lugar seguro. Estaba aislado, no era conocido y el guarda no llegaría hasta el verano. Se relajó, puso la radio del coche y se permitió tararear una cancioncilla. Se rió a solas al imaginar el desconcierto de Gunnar. No podría encontrarla, se había acabado el juego. A su alrededor había levantado un sólido conjuro de ocultación. Necesitaba pasar esa noche a solas meditando antes de regresar a Urt y enfrentarse con la comunidad de su coven. Las matriarcas le exigirían responsabilidades, estaban en su derecho.
Encontró la cabaña algo polvorienta, pero bien pertrechada para pasar una noche. En las alacenas se amontonaban absurdamente las latas de atún, fabada y piña en almíbar, y en la pequeña despensa encontró sobres de sopa jardinera y paquetes de galletas, azúcar, café y leche en polvo. Le esperaba un original festín que alegraría su cena solitaria. No se entretuvo en abrir y cerrar puertas. Hizo uso de la magia. Estaba harta de atender a todos los peligros y al mismo tiempo no levantar sospechas. Las Omar necesitaban a veces huir del control estricto del clan y dar rienda suelta a la magia. Pequeños deseos, pequeños caprichos que las niñas Omar se concedían a solas, a espaldas de sus madres. La misma Deméter se refugiaba en el robledal y allí, amparada en sus árboles amigos, formulaba conjuros inocuos a sabiendas de que los robles guardarían el secreto de sus flaquezas.
Selene era una bruja Omar. Había luna llena, estaba exultante de magia y sentía un optimismo impropio, tal vez por la proximidad de sus amadas montañas.
Trasladó su equipaje imprescindible del coche, puso un cazo a hervir y abrió una lata de sardinas con tan mala fortuna que se cortó un dedo. La hemorragia no cesaba y la botella de agua estaba vacía, así que se acercó al lago para mantener el dedo sumergido en agua helada. Al arrodillarse en la orilla sintió un deseo urgente de lanzarse a sus aguas y nadar hasta caer exhausta.
¿Por qué no?, se preguntó, desnudándose sin ni siquiera discutir con su otro yo razonable para regatearle ese capricho inmediato que cualquiera con dos dedos de frente hubiera calificado de locura.
Un segundo después braceaba con fuerza y respiraba con jadeos cortos para no perder el aliento. Era el tipo de absurdos impulsos que Deméter se esforzó en reprimir. Pero a sus treinta y tres años, Selene ya no tenía una madre que frunciese la nariz ante sus desmanes. En lugar de obligarla n salir del agua, el frío intenso que mordía su piel como un cuchillo la despabiló y le transmitió la energía que necesitaba para sentirse más viva.
Justo iba a salir del agua ya, cuando una sombra se cernió sobre el lago y oscureció los reflejos tímidos de la luna. El estremecimiento fue instantáneo. No era la niebla que bajaba de las montañas, ni las nubes que barría el viento. Era algo más inquietante. Era un manto mágico y, tras ese velo de telaraña sutil que impedía el paso de la luz, sintió una mirada penetrante que la buscaba a través de la oscuridad. Unos ojos controlaban sus movimientos, la perseguían y, de pronto, a traición y sin avisar, notó una opresión súbita en el pecho. No era ninguna invención, sintió ese mismo dolor de niña, cuando una Odish fijó sus ojos en ella.
…Una Odish.
Se quedó inmóvil y aspiró el aire. Cierto. El olor acre flotaba a la deriva en la oscuridad. La Odish debía de estar escudriñando la orilla, después de haber descubierto sus ropas, su coche, su comida. Y ella estaba desnuda e inerme, atrapada en las frías aguas del lago.
Rauda como una carpa, se zambulló de nuevo abriendo los ojos bajo las aguas turbias y conteniendo la respiración, mientras imaginaba las maravillas del fondo lacustre, cenagoso y tapizado de algas en el que la vida, bajo escamas brillantes, se escurría y se ocultaba a la vista de los humanos. No podría aguantar mucho más. El oxígeno se le acababa, pero algo la conminaba a continuar oculta bajo la superficie. Un peligro. Efectivamente, sin previo aviso, una gran explosión conmocionó la tranquila vida del lago. Las aguas retumbaron y se hicieron eco del estrépito. La onda expansiva aterró a los seres vivos que poblaban rocas y juncos, y en el camino de Selene se cruzaron infinidad de pececillos que huían a lo loco extrañados por ese zumbido y ese movimiento anómalo que había conmocionado su remanso de paz.
Selene ya no pudo aguantar más, braceó hasta la superficie y sacó la cabeza con precaución. Apenas pudo aspirar oxígeno ni abrir los ojos. Un espectáculo fantasmagórico ensuciaba la idílica imagen que recordaba al zambullirse. Una nube negra cubría buena parte del lago… y surgía del lugar donde había aparcado su coche. No gritó pero a punto estuvo. Su coche había explotado. Y tal vez la cabaña también, puesto que no se veía nada.
Una Odish poderosa había dado con ella.
Inmediatamente, se puso en guardia y aguzó la vista para localizar su silueta. No vio nada. Llevaba demasiado rato en el agua helada y su circulación comenzaba a resentirse. Casi no notaba las manos ni los pies, y movía las piernas con dificultad. Tenía que salir del lago. Pero ¿por dónde? La Odish la atraparía en cuanto pusiese los pies en la orilla. Súbitamente la luna iluminó la playa de guijarros que se abría hacia poniente. Un centenar de metros, a lo sumo, la separaba de ahí. Llegaría, claro que llegaría.
Sin embargo, no contó con el entumecimiento. Fue casi repentino y no pudo luchar contra la sensación de rigidez de sus miembros. Simplemente, estaba congelándose. Pronto perdería el tacto, el conocimiento…, se hundiría en las frías aguas. Se aferró a un conjuro de ilusión y pronunció para sí las palabras que revitalizaban las células del cuerpo, sabiendo que el conjuro no podía engañar a su sangre congelada, que ya no circulaba.